Aterrizando se aprende.



“No, nunca. Pero siempre hay una primera vez”.

Esas palabras me daban vuelta en la cabeza mientras descendíamos en la avioneta CESSNA de una hélice, que, aunque era para seis pasajeros, con cuatro íbamos como sardinas.

El vuelo comenzó en Monterrey con destino a Comitán, Chiapas, lugar al que nunca habíamos ido antes y que no conocíamos mas que por Google Maps.

Propósito de viaje: dar una conferencia a pastores rurales.

Piloteando el avión va el Dr. L., teólogo, misionero, aventurero extraordinario. El hermano R. es el copiloto, con su cabeza golpeando el techo cada vez que el avión se sacude, cosa que viene sucediendo por unos 15 minutos ya. Atrás, con las rodillas casi en el pecho, va el pastor Z. y yo. No se me olvida que cuando vimos la avioneta por primera vez sentí cómo literalmente la sangre de mi cara salió huyendo para otros lugares de mi cuerpo, y no pude evitar pensar:

—¿En eso vamos a volar?

No porque fuera una mala avioneta, sino porque estaba mucho más pequeña de lo que pensé. Un juguete, casi. El Hot-Wheels de los aviones.

Así que mientras descendíamos por encima del pueblo de Comitán, el doc L. nos dio la instrucción:

—Busquen la pista.

Esto debido a que —no es broma— no sabíamos dónde estaba la pista. Junto a un supermercado (si mal no recuerdo), de acuerdo a Google Maps. Bendito Google Maps.
Con el pequeño aeroplano sacudiéndose como nunca había experimentado en mi vida, buscamos todos la pista de aterrizaje, y fue el mismo doc el que la vio, a lo lejos. Yo no podía verla, pero tampoco tenía ojos de halcón como evidentemente tenía el doc.

La avioneta giró hacia la izquierda, y nos dirigimos hacia la pista.

El doc y yo, después de aterrizar.


Unos meses antes, el doc y yo habíamos tenido una conversación precisamente sobre ese aterrizaje. Estábamos en su oficina, con esa mesa rústica de café claro y objetos de recuerdo en los libreros, de su tiempo como misionero en África. Unos elefantes de madera. Fotografías. Un mapa de Guinea Ecuatorial.

—La pista es más pequeña de lo reglamentario —me dijo—. Además es de tierra, no asfalto.

—¿Más pequeña se refiere a…?

—Como la mitad.

—¿La mitad?

—Además, como la pista está en medio del pueblo, termina en una barda de cemento. Si no aterrizamos bien, nos estrellamos.

Estas cosas no pueden inventarse.

Pero el doc era un piloto experto, había aterrizado en pistas africanas, así que seguramente, observé, ya había aterrizado en una pista así.

—No, nunca —me contestó—. Pero siempre hay una primera vez.

Comenzamos el descenso. Puedo ver la pista. Efectivamente, es de tierra. Efectivamente, termina en una barda de cemento. Efectivamente, estoy nervioso.

Bajamos, bajamos, bajamos. Estamos por aterrizar. Sucede algo que nunca hubiera adivinado excepto que lo experimenté. Cuando aterrizas en una avioneta, para que las llantas caigan primero, la nariz del avión apunta ligeramente hacia arriba, de manera que por unos momentos no pude ver nada mas que el cielo azul, en esos segundos infinitos en donde esperas el golpe del aterrizaje, preguntándote si ese cielo azul sin nubes, en lugar de la tierra, será tu destino final.

Se escucha el golpe de la llanta contra la pista, todo vibra, el tiempo se toma una siesta, y finalmente el aeroplano se detiene.

Aterrizaje perfecto.

Y aunque soy mexicano, no aplaudo el aterrizaje, no porque me falten ganas, sino porque todavía intento tragarme el corazón que llevo atorado en la garganta.

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