Cornelius: Prólogo

Aquí el prólogo de mi nueva novela en progreso. Este capítulo también está en progreso. 


Jerusalén. Provincia de Judaea.
33 d. C.

Cuando el cielo se tornó negro a medio día, supo que algo andaba mal.
Cornelio se acercó a Servius, su optio centuriae, el segundo al mando de la legión y su mejor amigo, quien le dijo:
—Mal presagio, mal presagio —Miraba el cielo. Repentinamente y de la nada habían surgido nubes negras que cubrían el firmamento—. Estas nubes no son de lluvia. Algún dios está muy enojado.
Cornelius, centurión y comandante de la compañía, no podía quitar su vista del crucificado. Había algo en él. Algo extraño que lo ponía nervioso. No estaba seguro qué, pero probablemente tenía que ver con su mirada. La forma en que veía a las personas a su alrededor. Con… ¿acaso era compasión?
Antonio Cornelio Tadius, nacido en Macedonia, había visto cientos de crucifixiones en su vida. Quizá miles. Vio su primera crucifixión a los cuatro años. Y la recordaba bien. Después de todo, esa era la forma en la que los romanos demostraban su superioridad sobre cualquier cultura. Desde niños eran adiestrados a apreciar la crueldad con la que se trataba a cualquier persona —sin importar nación o lengua— que se atreviera a ir en contra de la paz del imperio. De la pax romana. 
Cuando se unió al ejército, a los 16 años, como aprendiz y paje de armas de aquel famoso centurión, Aurelio Antonio de Roma, algunos de sus primeros encargos fueron clavar a los crucificados. Con el paso del tiempo se había hecho inconsciente de los gritos de dolor y los gemidos de angustia.
No, no sentía compasión. Sentía indiferencia. Si bien al principio las pesadillas lo despertaron en las madrugadas a la voz de muchos gritos dentro de lo profundo de su mente, ya no sucedía más. Ya era un viejo centurión listo para retirarse. Listo para largarse de esta terrible tierra llena de gente extraña que se rehusaba a adorar a los dioses que le habían dado a Roma la primacía en el mundo.
Tan sólo tres horas antes Cornelio había comenzado a sentirse extraño con respecto al condenado, llamado Yeshúa de Nazaret.
Pilato, el desgraciado, le encomendó una última misión antes de que pudiera retirarse a Cesarea Marítima, la ciudad más romana y decente en toda la provincia de Judaea, donde había adquirido una extensa porción de tierra cerca del mar. Era, de hecho, una ciudad preciosa. No en vano vivía ahí el procurador Félix, y el prefecto Pilato.
Pero gracias a esa antigua riña que Pilato tenía con el prefecto, le había encargado crucificar al nazareno. Le dio una inscripción para poner encima de la cruz, y lo encomendó para darle muerte.
Verdaderamente no entendía a los judíos. Eran un pueblo extraño. Adoraban a un Dios cuyo nombre no podían pronunciar, que les prohibía comer ciertos alimentos y vestir ciertas ropas. Las aldeas judías eran pocilgas malolientes comparadas con las grandes ciudades romanas. En realidad, lo mejor que tenían era Jerusalén y su templo. El templo era magnífico, gracias a Herodes que lo había embellecido. Además de eso, la nación de Israel era una gran incomodidad para el imperio. Roma la mantenía bajo jurisdicción por su posición estratégica. Era imposible llegar a Egipto y Africanas en caravana a no ser por Judaea. O por lo menos, era la vía más rápida.
Los judíos eran un pueblo rebelde, y sus zelotes y sicarios eran cada vez más atrevidos y sanguinarios. Roma se cansaría de ellos eventualmente.
—Muy bien, nazareno —le había dicho Cornelio horas antes—. Deberás llevar tu cruz hasta Gólgota.
El nazareno no respondió. ¿Cómo podía? Estaba completamente desfigurado. Lo habían hecho pulpa. Sangraba por todo el cuerpo, con los ojos tan hinchados que le sorprendía que pudiera ver. La barba se la habían arrancado, y por si no fuera suficiente, una corona de espinas le desgarraba la frente. 
Cornelio no había tenido nada que ver con eso. Era una tontería.
Y sin embargo se preguntaba… si el nazareno lo reconocía. Esperaba que no.
Al ver que no podría con la cruz, le ordenó a un campesino que pasaba por allí que le ayudara. El campesino obedeció. Por supuesto que obedeció. De haberse rehusado le habría cortado una mano allí mismo.
Crucificarían a otros dos junto con el nazareno. Los dos estaban en mejores condiciones. Al parecer no los odiaban tanto como al pobre galileo.
Así que comenzaron la lenta marcha hacia el monte de la calavera. 
Algunos le gritaban maldiciones, y otros lo lloraban. Los fariseos y los escribas, esos hipócritas que mantenían al pueblos bajo el yugo religioso de su Deidad, miraban de lejos, sonriendo burlonamente, satisfechos de ver que el pueblo seguía incitado en contra del pobre moribundo que apenas y daba un paso.
Sin embargo, las mujeres, los niños, los pobres, los enfermos, los leprosos, ellos lo lloraban. Eso le parecía extraño, pero no demasiado. A sus cincuenta años, lo había visto todo.
Entonces escuchó la voz del nazareno. Le sorprendió la claridad con la que habló. Un discurso mientras caminaba. Pronunció las palabras lentamente, entre jadeos, pero Cornelio escuchó cada palabra, cada sílaba, y se estremeció.
—Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, sino lloren por ustedes y por sus hijos. Porque vienen días en qué dirán: bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: caigan sobre nosotros; y a los collados: cúbrannos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?
La gente había guardado silencio, sorprendidos de que pudiera hablar. Cuando terminó ese pequeño discurso, se reanudaron los gritos y vociferaciones, pero ya no como antes. Inclusive los religiosos tenían ahora el ceño fruncido, pero no de enojo. Estaban perplejos. Quizá atemorizados. 
Esas palabras crípticas… tenían algún significado profundo. Cornelio lo sabía. Su alma retumbó al escucharlas. 
«Sí, este hombre habla como un profeta», pensó Cornelio. Le recordó aquella vez que había escuchado a Juan el bautizador, antes de que le cortaran la cabeza. Si bien el tal Juan era un loco, hablaba con la autoridad de uno enviado de los dioses. Del Dios verdadero, o como lo llamaban los judíos: HaShem Adonai.
No era la primera vez que Cornelio escuchaba al nazareno. Hasta había sido testigo de uno de sus milagros… o supuesto milagro. Hasta ahora, no estaba convencido. Incluso en una ocasión logró tener una conversación personal con él. 
Pero no. No estaba dispuesto a cambiar sus dioses. Él era un romano. Adorador de los grandes dioses, y en especial de los tres antiguos: Iupiter, Mars, y Quirinus. No caería en la desgracia de Gaius, su amigo, que se había convertido a la secta de los Nazarenos después de que el galileo supuestamente sanara a su siervo. Ah, pero Gaius siempre había sido demasiado suave con ellos. Hasta les había construido una pequeña sinagoga. Un desperdicio de dinero, en realidad. Si no fuera porque Gaius se había retirado del ejército con altos honores, lo consideraría traidor.
Finalmente llegaron al lugar de la calavera. Cornelio estaba hastiado, así que le pidió a Servius que se encargara de clavarlos, a los tres.
Él, por su parte, se retiró a un tiro de piedra y le pidió a un soldado que le trajera un odre de vino. No acostumbraba tomar tan temprano. Pero esto era una crucifixión, y las crucifixiones duraban mucho tiempo.
Maldijo, de nuevo, a Pilato. Lo único que lo consolaba era pensar en su finca. En su esposa. En sus dos hijas. En pasar el resto de sus días podando su viñedo.
«Pronto todo esto pasará», pensó. 
Casi la mitad de una hora después, levantaron las cruces. Pusieron a Yeshúa en medio, con los dos malhechores a su izquierda y derecha.
—Servius, pon la inscripción.
—¿La pongo, mi señor? Causará molestia a los judíos.
—Solo a los hipócritas de allá —dijo apuntando con la cabeza a los religiosos, que miraban el espectáculo de lejos—. Además, Pilato lo mandó. No quiero hacer nada que le moleste.
—Lo que ordene, mi señor —dijo Servius delegando la orden a un soldado que, subiéndose en una escalera, clavó la insignia sobre la cabeza de el joven rabino.
El título estaba en hebreo, griego, y latín:

  יֵשׁוּעַ מִנַּצְּרַת מֶלֶךְ הַיְּהוּדִים      
Ἰησοῦς Ναζωραῖος βασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων.
IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM

No había terminado de clavar el signo cuando se le acercó uno de los principales sacerdotes.
—Protestamos contra ese anuncio —dijo con su voz grave, en un latín mal pronunciado—. Ese hombre no es nuestro rey. Nuestro rey es César. Poner ese anuncio es traición.
—Órdenes de Pilato —respondió Cornelio.
—Pilato no escuchó nuestra protesta. Pilato puede equivocarse.
Cornelio se dio la vuelta para ver de frente al hombre. Un anciano de barba larga, con el ceño marcado por tenerlo fruncido siempre. 
—Esas palabras suenan verdaderamente a traición —le dijo—. ¿Cuestiona la orden del prefecto, puesto por orden de César mismo?
El sacerdote no se intimidó. Levantó la cara y lo miró con desprecio. Finalmente se inclinó y dijo: 
—Que se haga la voluntad de mis señores —Y se retiró.
Había gente, incitada por los fariseos, que gritaba injurias.
—¡Engañador!
—¡Falso mesías!
—¡Si eres quien dices ser, desciende de la cruz!
Algunos de los principales sacerdotes y gobernantes se acercaban a ver el espectáculo, y se reían al escuchar lo que le gritaban. 
—¿Recuerdas cómo nos avergonzaba frente al templo, haciéndonos preguntas difíciles? ¿Recuerdas cuando echó a los mercaderes del templo? —dijo un sacerdote—. Ahora míralo, despreciado por todos.
—Es su castigo por cuestionar a los líderes puestos por HaShem —respondió el otro.
HaShem, que en hebreo significaba “el Nombre”, era la manera en que se referían a su Deidad.
Inclusive los dos ladrones crucificados junto a él se unían a las blasfemias. Pensó en ordenar silencio, pero no tenía por qué. Nada de esto era algo que hubiera querido. Él estaba allí solamente para cumplir con las órdenes y largarse.
Entonces se escuchó la voz del nazareno:
—Padre… perdónalos… no saben lo que hacen.
No todos escucharon lo que dijo, solo los que se encontraban más cerca: algunos soldados, sus seguidores que lo lloraban, y algunos de los religiosos.
Una vez más, la frase le parecía sorprendente. ¿Qué clase de hombre era este, que rogaba el perdón de quién es lo maldecían? Ni esto suavizó el corazón de los religiosos (aunque unos pocos tenían cara de espanto), quienes se burlaron al escucharlo.
Servius se acercó. 
—Señor, vamos a echar suertes sobre los vestidos del nazareno.
—No me interesa.
—Los podremos vender bien a sus seguidores.
—No me interesa, dije.
—Como ordene, señor.
Echar suertes. Una tradición que demostraba la superioridad romana. En otra época, participaría. Ya no. No con las ropas del nazareno.
Se quedó allí de pie, perdido en sus pensamientos, mientras que el tiempo pasaba. Hubo una conversación entre los ladrones y el nazareno, pero estaba tan perdido en su mente que no escucho más que el final:
—Amén amén te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.
El paraíso. Recordaba haberlo escuchado hablar de ese tema antes. El paraíso. El reino de Dios. El reino de los cielos. Sí, creía en ello. Si era la voluntad de los dioses, algún día llegaría a los Campos Elíseos a disfrutar de la vida después de la muerte.
Cerca de la cruz lloraban la madre y uno de sus discípulos. El más joven, quien intentaba consolarla. 
Cornelio no escucho la conversación que hubo entre ellos, porque algo extraño sucedía en el cielo. Algo muy extraño. Unas nubes negras, las más negras que jamás había visto en su vida, comenzaban a envolver el cielo entero.
—¿Qué está pasando? —dijo en voz baja.
Toda la gente alrededor de la cruz miraba el cielo con asombro, y otros con miedo. Algunos comenzaron a retirarse apresuradamente. Repentinamente había oscurecido. Como si fuera de noche. Y apenas era la hora sexta, donde normalmente el sol se ponía con más intensidad. 
Servius tenía el rostro atribulado. 
—Algo anda mal. Algo anda mal, mi señor.
—Muy mal —afirmó Cornelio. Su corazón se aceleró.
—Mal presagio, mal presagio. Estas nubes no son de lluvia. Algún dios está muy enojado.
Cornelio miraba al crucificado. Su mirada…
Un aire frío comenzó a descender sobre el monte. Tan frío que helaba hasta los huesos. El tiempo parecía avanzar más lento de lo normal. La gente estaba inquieta, hasta los soldados. Varios con miedo en los ojos. ¿Miedo, en una crucifixión? ¿De quién? ¿Del impotente crucificado? 
Sí.
Miedo de él.
—Cronos debe estar furioso —dijo Servius—, porque este día no parece terminar.
—No sé si Cronos, pero algo me dice que el Dios de los judíos está enojado.
—¿Yahvé?
—Sí. El nazareno dijo ser su Hijo.
—El nazareno dijo ser muchas cosas. 
Casi dos o tres horas después se acercó un mensajero de Pilato, quien le dijo a Cornelio:
—Mi señor, Pilato quiere saber si sus órdenes están siendo acatadas.
—Al pie de la letra.
El mensajero miró hacia el suelo, dudó un poco, y finalmente dijo:
—Una cosa más, mi señor.
—Diga.
—La esposa de mi señor Pilato me pidió encarecidamente que le suplicara a usted por la vida del nazareno. Que su muerte fuera rápida. Ella ha tenido… ciertos sueños… con respecto a… —dijo mirando hacia la cruz.
—Me es imposible apresurar su muerte. Pero haré lo posible por aliviar su sufrimiento, si es la voluntad de mi señora.
Ordenó a un soldado que le trajera vinagre y una esponja. Quizá el vinagre aliviaría un poco su dolor. A diferencia de Pilato, su esposa Claudia era una buena mujer. Cumpliría su sentimiento, aun con lo extraño del mandato.
Y entonces un grito:
Eloi, eloi, ¿lama sabactani?
El grito causó un completo silencio, ya que había sido pronunciado con gran vehemencia. No era griego, mucho menos latín. Era arameo. El idioma de la región.
Jesucristo miraba al cielo con una expresión de dolor tal, que todos los músculos en su cara se habían contorsionado. 
—Está llamando a Elías —gritó alguien. 
—Está agonizando —dijo Servius.
—Tengo sed —dijo el nazareno, esta vez casi en un susurro.
—¡Denle el vinagre! —ordenó Cornelius.
Uno de los soldados inmediatamente empapó la esponja en vinagre y la puso en una caña. Un judío se ofreció para dársela a Yeshúa. Le dieron permiso. Acercó la esponja a los labios del crucificado mientras decía: «Veamos si viene Elías a bajarle…».
No dejaba de ser un espectáculo para muchos. 
Entonces dejó de soplar el viento. Los caballos comenzaron a relinchar. Un completo silencio reinó. Un silencio que helaba no los huesos, sino el ser entero. Por un momento nadie se movió.
El nazareno gritó:
Tetelestai.
Griego. Consumado es.
Y luego, mirando hacia el cielo:
—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Expiró. Largamente, pesadamente, dolorosamente. Su cabeza reposó sobre su pecho. Sus ojos, medio abiertos, sin moverse. Su semblante, uno de completa paz. Parecía estar alegre.
Servius dijo:
—¿Está muer—?
Pero no logró terminar su oración, porque el suelo comenzó a moverse.
—¿Pero qué es esto? —dijo Cornelius.
Gritos. Alaridos. Llantos. La gente comenzó a correr. El suelo temblaba violentamente. Un sonido horrible, como si la tierra gritara indignada por lo que sucedía sobre ella. Inclusive los fariseos y escribas, quienes hacían todo muy dignamente ya que nunca querían ser mal vistos por los hombres, corrieron colina abajo gritando aterrorizados. ¿Por qué colina abajo, si todo temblaba?
«Huyen —pensó Cornelio—. Huyen del nazareno».
La únicas que no habían corrido, y ni siquiera gritaban, eran su madre y unas mujeres con ella. Estaban impávidas, mirando al crucificado, con lágrimas ya secas que marcaban sus mejillas llenas de polvo. Como si el terremoto ni siquiera las afectara, parecía que solo ellas lograban permanecer de pie.
Cornelio intentaba permanecer de pie, pero era imposible. El terremoto tenia una fuerza tal que lo obligó a caer de rodillas. Servius estaba en el suelo, maldiciendo, intentando levantarse pero sin éxito.
Gritos y más gritos. El terremoto arreciaba. ¡Se partiría la tierra!
Y así, tan repentinamente como comenzó, terminó también.
Cornelio estaba de rodillas. Levantó la mirada, y vio al nazareno.
A Yeshúa el Cristo.
Cornelio temblaba. No solo su cuerpo, sino su alma entera.
Las palabras le salieron desde lo más profundo de su ser. Le salieron como un espasmo incontrolable:

—Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.


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