Cornelius: un extracto

Este es un extracto de mi nueva novela en progreso, titulada: Cornelius.


Cuando el cielo se tornó negro a medio día, supo que algo andaba mal.

—Mal presagio, mal presagio— dijo Servius, su optio centuriae, el segundo al mando de la legión y su mejor amigo, al ver cómo repentinamente y de la nada habían surgido nubes negras que cubrieron el firmamento—. Estas nubes no son de lluvia. Algún dios está muy enojado— continuó Servius.

Cornelius, centurión y comandante de la compañía, no podía quitar su vista del crucificado. Había algo en él. Algo extraño que lo ponía nervioso. No estaba seguro qué, pero probablemente tenía que ver con su mirada. La forma en que veía a las personas a su alrededor. Con… ¿acaso era compasión?

Antonio Cornelio Tadius, nacido en Macedonia, había visto cientos de crucifixiones en su vida. Quizá miles. Vio su primera crucifixión a los cuatro años. Y la recordaba bien. Después de todo, esa era la forma en la que los romanos demostraban su superioridad sobre cualquier cultura. Desde niños eran adiestrados a apreciar la crueldad con la que se trataban a cualquier persona —sin importar nación o lengua— que se atreviera a ir en contra de la paz del imperio. De la pax romana. 

Cuando se unió al ejército, a los 16 años, como aprendiz y paje de armas de aquel famoso centurión, Aurelio Antonio de Roma, algunos de sus primeros encargos fueron clavar a los crucificados. Con el paso del tiempo se había hecho inconsciente de los gritos del dolor y los gemidos de angustia.

No, no sentía compasión. Sentía indiferencia. Si bien al principio las pesadillas lo despertaron en las madrugadas a la voz de muchos gritos dentro de lo profundo de su mente, ya no sucedía más. Ya era un viejo centurión listo para retirarse. Listo para largarse de esta terrible tierra llena de gente extraña que se rehusaba a adorar a los dioses que le habían dado a Roma la primacía en el mundo.

Tan sólo tres horas antes Cornelio había comenzado a sentirse extraño con respecto al condenado, llamado Yeshúa de Nazaret.

Pilato, el desgraciado, le encomendó una última misión antes de que pudiera retirarse a Cesarea Marítima, la ciudad más romana y decente en toda la provincia de Judaea, donde había adquirido una extensa porción de tierra cerca del mar. Era, de hecho, una ciudad preciosa. No en vano vivía ahí el procurador Félix, y el prefecto Pilato.

Pero gracias a esa antigua riña que tenía con el prefecto, le había encargado crucificar al nazareno. Le dio una inscripción para poner encima de la Cruz, y lo encomendó para darle muerte.

Verdaderamente no entendía a los judíos. Eran un pueblo extraño. Adoraban a un Dios cuyo nombre no podían pronunciar, que les prohibía comer ciertos alimentos y vestir ciertas ropas. Los pueblos judíos eran pocilgas malolientes comparadas con las grandes ciudades romanas. En realidad, lo mejor que tenían era Jerusalén y su templo. El templo era magnífico, gracias a Herodes que lo había embellecido. Además de eso, la nación de Israel era una gran incomodidad para el imperio. Roma la mantenía bajo jurisdicción por su posición estratégica. Era imposible llegar a Egipto y Africanas en caravana a no ser por Judaea. O por lo menos, era la vía más rápida.

No entendía por qué no habían simplemente aplastado a todos y cada uno de ellos. Algún día sucedería. No le cabía duda. Eran un pueblo rebelde, y sus zelotes y sicarios eran cada vez más atrevidos y sanguinarios.

—Muy bien, nazareno —le había dicho Cornelio horas antes—. Deberás llevar tu cruz hasta Gólgota.

El Nazareno no respondió. ¿Como podía? Estaba completamente desfigurado. Lo habían hecho pulpa. Sangraba por todo el cuerpo, con los ojos tan hinchados que le sorprendía que pudiera ver. La barba se la habían arrancado, y por si no fuera suficiente, una corona de espinas le desgarraba la frente. 

Cornelio no había tenido nada que ver con eso. Era una tontería.

Se preguntaba… si lo reconocía. Esperaba que no.

--:Fin del extracto::--

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