Un Buen Cambio.

Mi vida cambió hace seis meses. Después de cinco (largos) años estudiando las maestrías en el seminario, regresé a mi ciudad a enseñar teología e inglés en la Universidad Cristiana de las Américas.

Estar del otro lado del escritorio es diferente. Antes me preocupaba por estudiar para el examen, ahora me preocupo por escribir un buen examen. Antes me preocupaba por terminar la lectura, ahora me preocupo por qué lectura encargar. Antes me desvelaba seguido… ahora no. ¡Eso no lo extraño para nada!

Uno de los “problemas” de la docencia es que, como es bien sabido, no es un trabajo remunerado. Depende de cómo definimos “remunerar”. Si estamos hablando estrictamente de dinero, sin duda alguna, no es bien remunerado. Pero si agregamos a esa definición la habilidad de impactar personas, impactar la sociedad, y cambiar vidas para el bien, entonces es un trabajo soñado.

Los que son docentes saben de qué hablo. No puedo decir que tenga mucha experiencia en esto (tengo poco enseñando), pero pocas cosas se comparan con ver en un estudiante el momento “¡Eureka!” en sus ojos. O cómo se arquean las cejas cuando escuchan algo nuevo o interesante. O inclusive cómo se tornan los ojos vidriosos cuando das un ejemplo emocional.

Y no olvidemos que nuestro Señor Jesucristo era un rabí, un maestro. ¡Las enseñanzas de Cristo han cambiado millones de vidas, y el mundo entero!

No importa en qué ámbito te desempeñes. De alguna manera puedes impactar a otros. Si enseñas, produces, cuentas, investigas, curas, o planificas, puedes usar tus talentos para Dios.


Dios nos usa en donde estamos. ¿De qué manera te está usando a ti?


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