Un Tesoro Escondido

“Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” Mateo 13:44.

En mi librero hay varios libros que quiero mucho porque tienen algún valor sentimental. Uno de ellos es La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson. Es un libro de hojas amarillas que huele a viejo. Me encanta. La razón por la cual le tengo cariño a ese libro es porque fue la primera novela de aventura que leí de chico. Fue una de las novelas que me hizo querer convertirme en escritor.

La trama de la novela es fascinante: un niño que se embarca en la búsqueda de un tesoro en compañía de marineros y piratas en una isla perdida.

Las historias de aventuras, de piratas, de bucaneros y tesoros escondidos nos encantan. Quizá en los tiempos de Cristo había también leyendas de grandes tesoros, como aquellos escondidos por los Faraones y los grandes conquistadores.

La parábola del tesoro escondido es interesantísima. Hay varios elementos de suma importancia. Primero, el reino de los cielos es un tesoro. Segundo, el descubrimiento es causa de gozo. La razón del gozo es porque el tesoro es invaluable. Es por eso que, tercero, el tesoro lo vale todo. El hombre de la historia “vende todo lo que tiene” con tal de comprar el campo en donde está el tesoro.

Ahora apliquemos la parábola. El Reino de los Cielos es el dominio espiritual y físico de Dios, al cual se entra espiritualmente a través del arrepentimiento y fe en Cristo (Mar 1:15). Para heredar el Reino de Dios uno tiene que convertirse en Cristiano. Uno tiene que recibir y creer en Jesús (Juan 1:12). Si usted no ha hecho esto, no es parte del Reino.

El punto de Jesús es: tener el Reino (o en otras palabras, ser parte del Reino) es más valioso que cualquier cosa en el mundo. No hay nada mejor que ser Cristiano. No hay nada que siquiera se acerque.

Tener a Cristo lo es todo. ¡Qué gozo es ser parte del Reino de Dios!

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