Muertos a la Ley

“Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios” Romanos 7:4.

Imagina que un día abres tu correo electrónico y recibes una noticia que te deja aturdido. Un amigo te informa que la policía te está buscando, y que estás en la lista de los más buscados del país.

Al principio crees que es broma, así que buscas la lista de los más buscados, y para tu horror, allí está tu fotografía. Aún peor, te das cuenta de que la policía ya lleva cinco días buscándote… ¡y ni siquiera lo sabías!

Este ejemplo es ficticio, y quizá un poco exagerado. Pero escucha esto: sin Cristo todos están bajo condenación lo sepan o no. Pablo nos enseña que la ley se enseñorea de las personas mientras que estén vivas (Rom 7:1). La Ley de Dios nos juzga por nuestro pecado, nos maldice y nos condena.

Sólo hay una forma de estar libres de la condenación de la Ley. La muerte de Cristo. Por eso dice Pablo que lo que nos libró de la Ley fue “el cuerpo de Cristo”—una referencia a su muerte corporal en la Cruz.

Algunos Cristianos erróneamente creen que la libertad de la Ley es una libertad absoluta, pero más bien es una transferencia. Dios nos libra de la ley “para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos”. En lugar de estar bajo la condenación de la Ley, estamos ahora bajo el señorío de Cristo, en donde reina la gracia.

Pero la gracia reina para darnos el poder de llevar “fruto para Dios”. En otras palabras, la libertad de la Ley te ha hecho libre para obedecer a Dios y llevar fruto—es decir, llevar una vida santa y recta ante Él.

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