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Esta es la descripción:

Drama. Acción. Romance. Redención. "Mi Mesías" es una novela que busca tocar hasta lo más íntimo del alma.

Benjamín es un joven pastor en Belén de Judea cuya vida cambia para siempre una noche en la que el cielo se ilumina y los ángeles anuncian la venida del Mesías.


Pero aunque Benjamín está emocionado por la venida del Cristo... Yeshúa no es mas que un bebé. Y él--Benjamín--es un joven con muchos problemas. Su mamá está enferma y no tiene dinero para pagar los médicos. Su hermano, un zelote, no aporta nada a la casa.


Frustrado, Benjamín decide probar la vida de ladrón. Y luego la vida de zelote--un religioso radical.


Y así su vida comienza a dar en espiral hacia abajo...


¿Habrá algo, o alguien, que lo pueda redimir?

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Novela: Mi Mesías- Publicación Pronta

Mi nueva novela, titulada "Mi Mesías: Una Novela de Redención", está próxima a salir en formato ebook para Kindle, de venta en Amazon.com.

Aquí les paso el primer capítulo.

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Capítulo Uno

Belén de Judea.

—Que Adonai maldiga a los romanos—dijo don Jacob.

—Amén—dijo Razzi.

Yo titubeé un poco, pero al final, también dije amén.

Esa noche ni el aire silbaba melodía alguna. La ciudad de Belén se preparaba para dormir. Sus calles en donde por las mañanas apenas cabían los camellos estaban ahora casi desiertas, y las lámparas en las ventanas se apagaban aquí y allá. 

Yo caminaba por una vereda rocosa al Este de la aldea, con las ovejas a nuestro alrededor y con don Jacob, el pastor principal del rebaño, caminando junto a mí. Él, aunque ya entrado en años, caminaba con vigor apoyándose en su cayado. Desde que yo lo había conocido siete años atrás, don Jacob no parecía perder su fuerza. 

Don Jacob odiaba a los romanos, quienes por ya mucho tiempo dominaban nuestros territorios, cobrándonos impuestos y oprimiéndonos. Para ser sincero, todos odiábamos a los romanos, pero no muchos se atrevían a verbalizarlo tan claramente como don Jacob.

—Esta mañana entré a la aldea para hacer unas vueltas y vi a un publicano, con su mesa y todo, robándole a la gente—me dijo don Jacob deteniéndose. Se acarició su larga barba gris antes de continuar. —No sé por qué, pero me entró un tremendo coraje. Estuve a punto de derribar su mesa.

—Lo hubieran arrestado—le dije yo—. Además, don Jacob, con todo respeto, pero usted ya está viejo para andar metiéndose en pleitos.

Don Jacob se rió. —En eso tienes razón, Benjamín. Pero habría valido la pena ¿Puedes creer que un judío... un judío, se aproveche de nosotros sus hermanos, y se haga rico con nuestro dinero? No puedo pensar en algo más... más...

—Lo entiendo, don Jacob.

—Y todo por culpa de los romanos. Son una peste que contamina esta bendita tierra santa. Pero algún día el Mesías vendrá. Él nos va a salvar. Se deshará por fin de ellos.

Preferí guardar silencio. Ya estaba algo cansado de esas pláticas de don Jacob. Era cierto que el Buen Libro profetizaba de la llegada de un Libertador, el llamado Mesías, pero ya lo habíamos estado esperando por cientos de años y no había llegado. Para ser franco, yo ya había perdido toda esperanza. Si Él no había venido antes, ¿por qué vendría ahora? Tantas oraciones, tantos ayunos, tantas lágrimas... para nada. El Mesías no había venido.

Don Jacob leyó mis pensamientos. —Vendrá, Benjamín, aunque no lo creas. ¿Apoco no, Razzi?

Razzi era el tercer pastor de nuestro rebaño. Era un hombre fuerte y alto, de piel morena y con cabello rizado. Caminaba unos cuantos pasos detrás de nosotros. —¿Cómo?—preguntó Razzi, y don Jacob repitió la pregunta.

—Vendrá—dijo Razzi. Era un hombre de pocas palabras.

—Yo sé que vendrá, don Jacob—dije yo—, solamente que no creo que nos toque verlo.

—No digas eso, Benjamín. Uno debe siempre mantener la esperanza. Hay que tener fe. Eso es algo que les falta a ustedes los jóvenes—me dijo con una sonrisa y apuntándome a mí y a Razzi con su dedo índice.

Fe. Una palabra tan pequeña, pero al mismo tiempo tan significativa. Creer en algo aunque no lo puedas ver.

Probablemente Jacob tenía razón; pero en ese momento, no me importaba mucho. Además, teniendo veintitrés años, yo tenía cosas más importantes en mente que la llegada del Mesías. Como por ejemplo cuidar bien las ovejas, aprender algún otro oficio para poder pagar todas nuestras deudas, encontrar una pareja y casarme…  

Cuando llegó el atardecer, llevamos a las ovejas a tomar agua al poso, en una planicie en donde había suficiente césped para que nuestras ovejas comieran hasta saciarse. No estábamos lejos de Belén, nuestra querida ciudad. Podíamos verla desde donde estábamos. 

Me lavé el rostro y las manos con la refrescante agua del poso. Cuando las ovejas se saciaron, dejamos que descansaran. Jacob sacó un pedazo de pan y algo de queso. Traíamos cantimploras con agua mezclada con vino. Levantó la comida al cielo, y oró: —Bendito Tú, Adonai nuestro Dios, Rey del mundo, que haces salir pan de la tierra.

Levanté mis ojos al cielo, y no fue la primera vez que me pregunté si Dios, allí sentado en su trono, nos estaba escuchando. Si en verdad nos oía, ¿en dónde estaba? ¿Por qué no se mostraba? ¿Que acaso no había dicho que nosotros éramos Su pueblo? 

¿Su pueblo? No. Nosotros éramos el pueblo de los romanos, esa era la verdad. Por un momento quise levantar mis manos y preguntar a Dios: ¿Nos estás oyendo? ¡Dónde está Tú salvación!

Mis pensamientos fueron interrumpidos por don Jacob, quien me entregó un pedazo de pan. Lo comí, pero me supo amargo. Todo mi ser estaba lleno de amargura.

Cuando llegó la noche, algunos otros pastores se acercaron a nuestros rebaños para platicar, como era nuestra costumbre. Razzi encendió una pequeña fogata para ahuyentar a los depredadores y para calentarnos del frío de la noche. 

La tierra de Israel es desértica, y las noches son frías.

Me acerqué al fuego para calentarme las palmas de las manos. Siempre me gustaba estar cerca del fuego. No sé qué es lo que me atrae tanto del fuego; tal vez es su poder, como puede arrasar con todo--pero al mismo tiempo su belleza, la forma en que las flamas se ondean como en una danza casi silenciosa.

Miré a mi alrededor, a los pastores. Muchos de ellos eran de la edad de don Jacob, con barbas largas y blancas, y caras curtidas por el sol. Uno de ellos, un poco más joven, entonaba una canción al tiempo que se acompañaba con su arpa, como quizá lo había hecho el rey David cientos de años antes.

Razzi se había sentado junto al músico, comiendo un pedazo de pan y con la vista hacia el rebaño. Siempre al tanto del rebaño. Algunas veces los ataques por depredadores son tan inesperados que, para cuando reaccionamos, ya es demasiado tarde. Era un buen pastor, Razzi.

Repentinamente sentí que me había quedado ciego. ¿Qué estaba pasando? ¡No podía ver nada más que una intensa luz! Solté un grito de horror y caí al suelo instantáneamente. Era como si repentinamente se hubiera hecho de día; una intensa luz blanca nos había rodeado inesperadamente. Cerré los ojos, pero mis párpados no podían detener la luz que entraba por mis ojos y amenazaba con quemar mis pupilas.

Escuché a don Jacob gritando una oración, lleno de pavor. Otros de los pastores comenzaron a gritar en confusión, asombro y terror. Yo estaba completamente desorientado. Con mis brazos intentaba bloquear la luz blanca, pero era imposible. 

Entonces escuchamos una voz. Una voz... ¿cómo describirla? Como la de un trueno, pero musical al mismo tiempo. La voz provenía del cielo, de la luz. 

—No teman—nos dijo—, porque he aquí les doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.

Era un ángel del Señor. Inmediatamente me di cuenta de ello. Lo sentí en mi ser, en la forma en que todo mi cuerpo vibraba, en la forma en que mi corazón se aceleró. Todos nosotros enmudecimos ante aquella potente voz. 

La voz continuó: —Que les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Al escuchar esas palabras, abrí los ojos, y en ese momento el cielo se llenó de ángeles. Aparecieron sin aviso, de la nada. Cientos... ¡miles de ángeles! Todos con vestiduras blancas y resplandecientes como brillantes estrellas, como cientos de soles iluminando el firmamento, alabando a Dios y cantando: —¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

El canto continuó por un tiempo. Yo estaba completamente estupefacto, temblando de arriba abajo. Trataba de tomar grandes bocanadas de aire, pero al parecer mi cuerpo no lograba inhalar suficiente oxígeno. En cualquier momento me iba a desmayar, lo sabía perfectamente.

Ni siquiera recuerdo cuando los ángeles se fueron. En un abrir y cerrar de ojos todo regresó a la normalidad. El cielo negro regresó como si nada hubiera pasado.

Nosotros seguíamos en el suelo, algunos postrados, otros de rodillas. Pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos ponernos en pie. Nos levantamos estremecidos, llenos de temor y de gozo al mismo tiempo. No pudimos hablar por unos minutos, permanecimos como si los ángeles nos hubieran robado nuestra voz. 

Al fin, don Jacob, con los ojos bien abiertos y la cara llena de sudor, dijo: —Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha acontecido, y que el Señor nos ha manifestado.

Llevamos rápidamente las ovejas al rebaño, todos aún estremecidos, y nos tomamos la libertad de dejarlas solas. Algo que jamás habíamos hecho. Jacob levantó una oración a HaShem, pidiendo que guardara su rebaño de las garras de cualquier depredador, y entonces partimos apresuradamente hacia la ciudad de Belén.

—¿Cómo lo vamos a encontrar?—pregunté mientras bajábamos la colina rumbo a la puerta de la ciudad.

Razzi dio su opinión. —Hay que preguntarle a quien podamos. Los ángeles dijeron que el bebé estaría en un pesebre.

—Lo cual es algo extraño, ¿no creen?—dijo otro pastor.

No lo había pensado, pero era cierto. Si habíamos entendido bien a los ángeles, se trataba del nacimiento del Christós, el Cristo. El Salvador de nuestra tierra. Pero no nos mandó buscarlo a algún castillo, o a alguna mansión, sino a un… ¿a un pesebre?

—Comencemos por los establos, entonces—aventuré yo.

Eso hicimos. Recorrimos todos los establos que conocíamos, y después de mucho tiempo de estar preguntando por aquí y por allá, por fin llegamos a un mesón justo a las afueras de la ciudad que tenía un establo en la parte de atrás, en una pequeña cueva en el monte. 

El posadero, un hombre de ojos pequeñitos y rostro amigable nos dijo, —Hay una pareja a la cual no pudimos dar alojamiento. Ya saben, el mesón está lleno por el censo, es una locura, ¡tanta gente en esta pequeña ciudad!—exclamó levantando las manos—. Pero como decía, ellos dos decidieron pasar la noche en la parte de atrás, en el establo, porque ella estaba a punto de dar a luz. El pequeñín nació esta noche.

—¡Debe ser!—dijo don Jacob emocionado—. ¿Nos puede…?

—Sí, sí, síganme—dijo el posadero. 

Nos llevó a la parte posterior del mesón, y entramos al establo, el cual era pequeño, lleno de animales, y no olía bien que digamos. Apestaba, de hecho.

La madre del niño estaba sentada junto al pesebre. Cuando entramos, ella nos volteó a ver y sonrió. Era joven y hermosa, con unos ojos grandes que brillaban.

—¿Puedo ayudarlos?—escuchamos. Era el padre, quien se puso de pie y caminó hacia nosotros. Era un hombre fuerte, de ojos penetrantes y voz firme.

Don Jacob dijo, —Venimos buscando al Salvador, al Mesías.

—¿Cómo?—dijo José algo asombrado—. ¿Cómo lo saben?

Pero todos ya nos habíamos acercado a ver al bebé. Estaba en un humilde pesebre. El niño era pequeño y de mejillas rosadas. María nos dijo que su nombre era Yeshúa.

El niño sonreía. Era como si nos estuviera esperando, con una sonrisa de oreja a oreja, enseñándonos su boca sin dientes.

Si los ángeles me habían estremecido, no se comparaba con lo que me sucedía en esos momentos. Una mezcla demasiado compleja de emociones recorría mi ser entero, haciéndolo vibrar como por escalofríos.

Nunca en mi vida me había sentido tan feliz como en aquella noche.

Don Jacob no paraba de llorar, con las manos alzadas al cielo alababa a HaShem y recitaba salmos. Razzi se había arrodillado frente al pesebre y adoraba. Los demás pastores cantaban, uno de ellos saltaba un poco, y otro más se inclinó a besar la frente del pequeño.

La pareja, José y María, nos veían con desconcierto y fascinación. Al parecer ellos no esperaban nuestra brusca visita.

Don Jacob suspiró largamente, abrió los ojos y, con lágrimas bajando por sus ojos se acercó a la pareja y comenzó a contarles lo que nos había acontecido. Yo agregué uno o dos detalles, para dar fe a la historia.

José escuchaba con la boca abierta. Su esposa miraba al pequeño con ojos llorosos, pero su ceño estaba algo fruncido, como meditando en las palabras que decíamos acerca de su hijo. José nos contó que estaban allí por el censo, pues ellos eran de Nazarét, pero como no habían encontrado lugar en ningún mesón, habían tenido que dormir allí.

Don Jacob cargó al niño en sus brazos y lo besó. —Mis ojos han visto al Cristo—dijo con la voz temblando.

Todos nos inclinamos e hicimos reverencia. Después de sostenerlo frente a él por un largo rato, Jacob regresó al bebé al pesebre.

Me acerqué. Vi al pequeñín allí, envuelto en pañales y acostado en el pesebre, justo como lo había dicho el ángel. Él era nuestro Salvador. El Hijo de Dios. HaShem había mandado a Su Hijo a vivir entre nosotros. Nuestro Mesías había por fin llegado a la tierra.

Fin del Capítulo

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