¡Compra mi novela!

Mi Mesías: Una Novela de Redención ya está a la venta en Amazon.com. Da clic aquí para comprarla.

Esta es la descripción:

Drama. Acción. Romance. Redención. "Mi Mesías" es una novela que busca tocar hasta lo más íntimo del alma.

Benjamín es un joven pastor en Belén de Judea cuya vida cambia para siempre una noche en la que el cielo se ilumina y los ángeles anuncian la venida del Mesías.


Pero aunque Benjamín está emocionado por la venida del Cristo... Yeshúa no es mas que un bebé. Y él--Benjamín--es un joven con muchos problemas. Su mamá está enferma y no tiene dinero para pagar los médicos. Su hermano, un zelote, no aporta nada a la casa.


Frustrado, Benjamín decide probar la vida de ladrón. Y luego la vida de zelote--un religioso radical.


Y así su vida comienza a dar en espiral hacia abajo...


¿Habrá algo, o alguien, que lo pueda redimir?

Cómprala en Amazon.com, y checa mi página de autor: www.amazon.com/author/emanuelelizondo

Novela: Mi Mesías- Publicación Pronta

Mi nueva novela, titulada "Mi Mesías: Una Novela de Redención", está próxima a salir en formato ebook para Kindle, de venta en Amazon.com.

Aquí les paso el primer capítulo.

-----


Capítulo Uno

Belén de Judea.

—Que Adonai maldiga a los romanos—dijo don Jacob.

—Amén—dijo Razzi.

Yo titubeé un poco, pero al final, también dije amén.

Esa noche ni el aire silbaba melodía alguna. La ciudad de Belén se preparaba para dormir. Sus calles en donde por las mañanas apenas cabían los camellos estaban ahora casi desiertas, y las lámparas en las ventanas se apagaban aquí y allá. 

Yo caminaba por una vereda rocosa al Este de la aldea, con las ovejas a nuestro alrededor y con don Jacob, el pastor principal del rebaño, caminando junto a mí. Él, aunque ya entrado en años, caminaba con vigor apoyándose en su cayado. Desde que yo lo había conocido siete años atrás, don Jacob no parecía perder su fuerza. 

Don Jacob odiaba a los romanos, quienes por ya mucho tiempo dominaban nuestros territorios, cobrándonos impuestos y oprimiéndonos. Para ser sincero, todos odiábamos a los romanos, pero no muchos se atrevían a verbalizarlo tan claramente como don Jacob.

—Esta mañana entré a la aldea para hacer unas vueltas y vi a un publicano, con su mesa y todo, robándole a la gente—me dijo don Jacob deteniéndose. Se acarició su larga barba gris antes de continuar. —No sé por qué, pero me entró un tremendo coraje. Estuve a punto de derribar su mesa.

—Lo hubieran arrestado—le dije yo—. Además, don Jacob, con todo respeto, pero usted ya está viejo para andar metiéndose en pleitos.

Don Jacob se rió. —En eso tienes razón, Benjamín. Pero habría valido la pena ¿Puedes creer que un judío... un judío, se aproveche de nosotros sus hermanos, y se haga rico con nuestro dinero? No puedo pensar en algo más... más...

—Lo entiendo, don Jacob.

—Y todo por culpa de los romanos. Son una peste que contamina esta bendita tierra santa. Pero algún día el Mesías vendrá. Él nos va a salvar. Se deshará por fin de ellos.

Preferí guardar silencio. Ya estaba algo cansado de esas pláticas de don Jacob. Era cierto que el Buen Libro profetizaba de la llegada de un Libertador, el llamado Mesías, pero ya lo habíamos estado esperando por cientos de años y no había llegado. Para ser franco, yo ya había perdido toda esperanza. Si Él no había venido antes, ¿por qué vendría ahora? Tantas oraciones, tantos ayunos, tantas lágrimas... para nada. El Mesías no había venido.

Don Jacob leyó mis pensamientos. —Vendrá, Benjamín, aunque no lo creas. ¿Apoco no, Razzi?

Razzi era el tercer pastor de nuestro rebaño. Era un hombre fuerte y alto, de piel morena y con cabello rizado. Caminaba unos cuantos pasos detrás de nosotros. —¿Cómo?—preguntó Razzi, y don Jacob repitió la pregunta.

—Vendrá—dijo Razzi. Era un hombre de pocas palabras.

—Yo sé que vendrá, don Jacob—dije yo—, solamente que no creo que nos toque verlo.

—No digas eso, Benjamín. Uno debe siempre mantener la esperanza. Hay que tener fe. Eso es algo que les falta a ustedes los jóvenes—me dijo con una sonrisa y apuntándome a mí y a Razzi con su dedo índice.

Fe. Una palabra tan pequeña, pero al mismo tiempo tan significativa. Creer en algo aunque no lo puedas ver.

Probablemente Jacob tenía razón; pero en ese momento, no me importaba mucho. Además, teniendo veintitrés años, yo tenía cosas más importantes en mente que la llegada del Mesías. Como por ejemplo cuidar bien las ovejas, aprender algún otro oficio para poder pagar todas nuestras deudas, encontrar una pareja y casarme…  

Cuando llegó el atardecer, llevamos a las ovejas a tomar agua al poso, en una planicie en donde había suficiente césped para que nuestras ovejas comieran hasta saciarse. No estábamos lejos de Belén, nuestra querida ciudad. Podíamos verla desde donde estábamos. 

Me lavé el rostro y las manos con la refrescante agua del poso. Cuando las ovejas se saciaron, dejamos que descansaran. Jacob sacó un pedazo de pan y algo de queso. Traíamos cantimploras con agua mezclada con vino. Levantó la comida al cielo, y oró: —Bendito Tú, Adonai nuestro Dios, Rey del mundo, que haces salir pan de la tierra.

Levanté mis ojos al cielo, y no fue la primera vez que me pregunté si Dios, allí sentado en su trono, nos estaba escuchando. Si en verdad nos oía, ¿en dónde estaba? ¿Por qué no se mostraba? ¿Que acaso no había dicho que nosotros éramos Su pueblo? 

¿Su pueblo? No. Nosotros éramos el pueblo de los romanos, esa era la verdad. Por un momento quise levantar mis manos y preguntar a Dios: ¿Nos estás oyendo? ¡Dónde está Tú salvación!

Mis pensamientos fueron interrumpidos por don Jacob, quien me entregó un pedazo de pan. Lo comí, pero me supo amargo. Todo mi ser estaba lleno de amargura.

Cuando llegó la noche, algunos otros pastores se acercaron a nuestros rebaños para platicar, como era nuestra costumbre. Razzi encendió una pequeña fogata para ahuyentar a los depredadores y para calentarnos del frío de la noche. 

La tierra de Israel es desértica, y las noches son frías.

Me acerqué al fuego para calentarme las palmas de las manos. Siempre me gustaba estar cerca del fuego. No sé qué es lo que me atrae tanto del fuego; tal vez es su poder, como puede arrasar con todo--pero al mismo tiempo su belleza, la forma en que las flamas se ondean como en una danza casi silenciosa.

Miré a mi alrededor, a los pastores. Muchos de ellos eran de la edad de don Jacob, con barbas largas y blancas, y caras curtidas por el sol. Uno de ellos, un poco más joven, entonaba una canción al tiempo que se acompañaba con su arpa, como quizá lo había hecho el rey David cientos de años antes.

Razzi se había sentado junto al músico, comiendo un pedazo de pan y con la vista hacia el rebaño. Siempre al tanto del rebaño. Algunas veces los ataques por depredadores son tan inesperados que, para cuando reaccionamos, ya es demasiado tarde. Era un buen pastor, Razzi.

Repentinamente sentí que me había quedado ciego. ¿Qué estaba pasando? ¡No podía ver nada más que una intensa luz! Solté un grito de horror y caí al suelo instantáneamente. Era como si repentinamente se hubiera hecho de día; una intensa luz blanca nos había rodeado inesperadamente. Cerré los ojos, pero mis párpados no podían detener la luz que entraba por mis ojos y amenazaba con quemar mis pupilas.

Escuché a don Jacob gritando una oración, lleno de pavor. Otros de los pastores comenzaron a gritar en confusión, asombro y terror. Yo estaba completamente desorientado. Con mis brazos intentaba bloquear la luz blanca, pero era imposible. 

Entonces escuchamos una voz. Una voz... ¿cómo describirla? Como la de un trueno, pero musical al mismo tiempo. La voz provenía del cielo, de la luz. 

—No teman—nos dijo—, porque he aquí les doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.

Era un ángel del Señor. Inmediatamente me di cuenta de ello. Lo sentí en mi ser, en la forma en que todo mi cuerpo vibraba, en la forma en que mi corazón se aceleró. Todos nosotros enmudecimos ante aquella potente voz. 

La voz continuó: —Que les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Al escuchar esas palabras, abrí los ojos, y en ese momento el cielo se llenó de ángeles. Aparecieron sin aviso, de la nada. Cientos... ¡miles de ángeles! Todos con vestiduras blancas y resplandecientes como brillantes estrellas, como cientos de soles iluminando el firmamento, alabando a Dios y cantando: —¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

El canto continuó por un tiempo. Yo estaba completamente estupefacto, temblando de arriba abajo. Trataba de tomar grandes bocanadas de aire, pero al parecer mi cuerpo no lograba inhalar suficiente oxígeno. En cualquier momento me iba a desmayar, lo sabía perfectamente.

Ni siquiera recuerdo cuando los ángeles se fueron. En un abrir y cerrar de ojos todo regresó a la normalidad. El cielo negro regresó como si nada hubiera pasado.

Nosotros seguíamos en el suelo, algunos postrados, otros de rodillas. Pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos ponernos en pie. Nos levantamos estremecidos, llenos de temor y de gozo al mismo tiempo. No pudimos hablar por unos minutos, permanecimos como si los ángeles nos hubieran robado nuestra voz. 

Al fin, don Jacob, con los ojos bien abiertos y la cara llena de sudor, dijo: —Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha acontecido, y que el Señor nos ha manifestado.

Llevamos rápidamente las ovejas al rebaño, todos aún estremecidos, y nos tomamos la libertad de dejarlas solas. Algo que jamás habíamos hecho. Jacob levantó una oración a HaShem, pidiendo que guardara su rebaño de las garras de cualquier depredador, y entonces partimos apresuradamente hacia la ciudad de Belén.

—¿Cómo lo vamos a encontrar?—pregunté mientras bajábamos la colina rumbo a la puerta de la ciudad.

Razzi dio su opinión. —Hay que preguntarle a quien podamos. Los ángeles dijeron que el bebé estaría en un pesebre.

—Lo cual es algo extraño, ¿no creen?—dijo otro pastor.

No lo había pensado, pero era cierto. Si habíamos entendido bien a los ángeles, se trataba del nacimiento del Christós, el Cristo. El Salvador de nuestra tierra. Pero no nos mandó buscarlo a algún castillo, o a alguna mansión, sino a un… ¿a un pesebre?

—Comencemos por los establos, entonces—aventuré yo.

Eso hicimos. Recorrimos todos los establos que conocíamos, y después de mucho tiempo de estar preguntando por aquí y por allá, por fin llegamos a un mesón justo a las afueras de la ciudad que tenía un establo en la parte de atrás, en una pequeña cueva en el monte. 

El posadero, un hombre de ojos pequeñitos y rostro amigable nos dijo, —Hay una pareja a la cual no pudimos dar alojamiento. Ya saben, el mesón está lleno por el censo, es una locura, ¡tanta gente en esta pequeña ciudad!—exclamó levantando las manos—. Pero como decía, ellos dos decidieron pasar la noche en la parte de atrás, en el establo, porque ella estaba a punto de dar a luz. El pequeñín nació esta noche.

—¡Debe ser!—dijo don Jacob emocionado—. ¿Nos puede…?

—Sí, sí, síganme—dijo el posadero. 

Nos llevó a la parte posterior del mesón, y entramos al establo, el cual era pequeño, lleno de animales, y no olía bien que digamos. Apestaba, de hecho.

La madre del niño estaba sentada junto al pesebre. Cuando entramos, ella nos volteó a ver y sonrió. Era joven y hermosa, con unos ojos grandes que brillaban.

—¿Puedo ayudarlos?—escuchamos. Era el padre, quien se puso de pie y caminó hacia nosotros. Era un hombre fuerte, de ojos penetrantes y voz firme.

Don Jacob dijo, —Venimos buscando al Salvador, al Mesías.

—¿Cómo?—dijo José algo asombrado—. ¿Cómo lo saben?

Pero todos ya nos habíamos acercado a ver al bebé. Estaba en un humilde pesebre. El niño era pequeño y de mejillas rosadas. María nos dijo que su nombre era Yeshúa.

El niño sonreía. Era como si nos estuviera esperando, con una sonrisa de oreja a oreja, enseñándonos su boca sin dientes.

Si los ángeles me habían estremecido, no se comparaba con lo que me sucedía en esos momentos. Una mezcla demasiado compleja de emociones recorría mi ser entero, haciéndolo vibrar como por escalofríos.

Nunca en mi vida me había sentido tan feliz como en aquella noche.

Don Jacob no paraba de llorar, con las manos alzadas al cielo alababa a HaShem y recitaba salmos. Razzi se había arrodillado frente al pesebre y adoraba. Los demás pastores cantaban, uno de ellos saltaba un poco, y otro más se inclinó a besar la frente del pequeño.

La pareja, José y María, nos veían con desconcierto y fascinación. Al parecer ellos no esperaban nuestra brusca visita.

Don Jacob suspiró largamente, abrió los ojos y, con lágrimas bajando por sus ojos se acercó a la pareja y comenzó a contarles lo que nos había acontecido. Yo agregué uno o dos detalles, para dar fe a la historia.

José escuchaba con la boca abierta. Su esposa miraba al pequeño con ojos llorosos, pero su ceño estaba algo fruncido, como meditando en las palabras que decíamos acerca de su hijo. José nos contó que estaban allí por el censo, pues ellos eran de Nazarét, pero como no habían encontrado lugar en ningún mesón, habían tenido que dormir allí.

Don Jacob cargó al niño en sus brazos y lo besó. —Mis ojos han visto al Cristo—dijo con la voz temblando.

Todos nos inclinamos e hicimos reverencia. Después de sostenerlo frente a él por un largo rato, Jacob regresó al bebé al pesebre.

Me acerqué. Vi al pequeñín allí, envuelto en pañales y acostado en el pesebre, justo como lo había dicho el ángel. Él era nuestro Salvador. El Hijo de Dios. HaShem había mandado a Su Hijo a vivir entre nosotros. Nuestro Mesías había por fin llegado a la tierra.

Fin del Capítulo

"Mi Mesías", por Emanuel Elizondo pronto a la venta en Amazon.com

La Importancia de Ser Bíblico

Los jóvenes hoy en día no son tontos. Y son (o somos, pues me incluyo) muy curiosos. Nuestro mundo es Google, Wikipedia, y las redes sociales. Leemos las noticias. Las columnas de opinión. Podemos hablar de política y religión, temas que para nosotros no son tabú.

En el mundo en que vivimos ya no tenemos que hacernos preguntas como, “¿Qué piensan los neo-ateos?”, “¿Cuales eran las profecías de Nostradamus?”, o “¿Cuales son las diferencias entre las filosofías Platón y Aristóteles?”. Si tienes una pregunta, la respuesta está a un clic de distancia. La respuestá está en tu celular, en tu iPad, en tu laptop. Es la realidad innegable. Estamos saturados y somos bombardeados por información de una manera que pienso que muchos de nuestros padres no lo imaginan. Inclusive de manera que nosotros mismo no percibimos.

Este acceso sin precedentes a información tiene ventajas... y desventajas. No me voy a concentrar en cuales son los pros y los contras, quizá para otro post, ya que en lo que quiero concentrarme es: ¿cómo debemos navegar en este mar de información al que tenemos acceso? ¿Cómo podemos vivir vidas santas y cristianas cuando estamos siendo sutilmente influenciados por filosofías tan diversas como los copos de nieve?

La Existencia de un Estándar.

La Biblia, la Palabra de Dios, la cual fue exhalada o soplada por Él mismo (2 Tim. 3:16-17) y por lo tanto no tiene error alguno (Jn. 10:35: Jn. 17:17;  2 Pe. 1:21; etc.), es el estándar para la vida de todo creyente. Es el compás que siempre apunta al norte de la verdad.

La Biblia debe dictar tu cosmovisión. Debes llegar a conocerla tan profundamente que cuando seas expuesto a una forma de pensar, sepas si esa filosofía es correcta o no a la luz de las Escrituras.

La Importancia de Tener un Estándar.

Me encanta leer, y trato de leer de forma variada. Leo autores que me gustan, y autores que no me gustan. Leo gente con la cual estoy de acuerdo y algunos que me dan ganas de hacer una buena fogata con su libro. Algunos dirán que eso es malo, y respeto esa opinión, pero creo que hoy en día es peor ser ignorante ya que nuestra cultura es variada, sofisticada e inteligente, y los creyentes debemos de estar preparados para conversar con cualquier persona con el propósito de llevarlos a Cristo. Dios usa a todo tipo de personas, pero yo vivo en una ciudad que parece cosmopolita, y por lo tanto pienso que es más sabio saber que ignorar.

Pero hay un peligro en leer, escuchar y ver ampliamente (por cierto, no estoy hablando de leer, escuchar o ver cosas que sean pecaminosas, como por ejemplo cualquier cosa que tenga que ver con fornicación o pornografía). Si uno baja la guardia, comienza a ser influenciado.

Es por eso que es importante poder defenderse con la Biblia. Por eso debes de leer tu Biblia, meditarla, profundizar en ella, y que se convierta en una espada hábil y no oxidada. Un buen soldado está familiarizado con su espada: conoce su longitud, su peso, su filo, qué tan rápido la puede sacar de la vaina a la hora de combate. Igual debe ser con la Biblia.

La Importancia de Entender el Estándar.

Bien, pero quizá dices, “Emanuel, quiero ser un cristiano bíblico... ¡pero hay tantas opiniones en cuanto a lo que la Biblia dice!” Es verdad. Pero eso no es una excusa.

Sí, hay diferencias de interpretación. Sí, hay diferencias en pensamiento entre creyentes. Pero no, no es una excusa correcta, déjame decirte por qué.


  • Tu responsabilidad primaria es delante de Dios. Antes que nada, tú eres responsable delante de Dios por lo que haces o no haces. Dios dice a través de Pablo, “De manera que cada uno dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12). El que tal pastor, autor, amigo, o hermano piense o no piense de cierta manera no te excusa delante de Dios. Tu responsabilidad por ser piadoso y santo, por disfrutar de lo que Dios te ha dado, por vivir una vida sin desperdiciarla y que trascienda este mundo pasajero, es una responsabilidad personal.
  • Interpretar la Biblia es una ciencia. No me malinterpretes. No estoy diciendo que debemos tratar la Biblia como un simple libro de texto. Lo que estoy diciendo es que no debes simplemente guiarte por lo que otro diga. Como los creyentes de Berea (Hechos 17:10-11), debes de escudriñar la Biblia. La Biblia se debe de interpretar de acuerdo a su contexto, dándole mucho peso a la gramática (esto es, una lectura cuidadosa de por qué algo está escrito de la manera que está escrito) y a la historia (¿Quién escribió el libro? ¿Por qué? ¿A quién? ¿En qué circuntancias? Etc.). Lo que intento decir es, sí, hay diferencias de interpretación, pero también hay mucha unidad entre verdaderos creyentes en cuanto a lo que la Biblia dice. Porque los verdaderos creyentes tenemos una pasión: en serio ver qué dice la Biblia y en qué manera impacta nuestra vida.
  • No estás sólo. Con este punto intento balanciar el anterior. Dios ha establecido pastores y maestros (Eph. 4:11) con el propósito especial de enseñarte. El cristianismo no es meramente personal, aunque tiene un aspecto personal. Somos un cuerpo. Somos una iglesia. Estamos para ayudarnos unos a otros. Dios ha ordenado a pastores, a ancianos, a maestros, para guiarte, enseñarte a entender la Biblia, regañarte cuando sea necesario, y ayudarte a vivir una vida plenamente entregada al Señor. El aspecto personal y corporal de nuestra Fe es fundamental para vivir una vida para Dios.

Mi conclusión es: debes de tener una cosmovisión Cristo-céntrica. Es decir, que veas al mundo a través de Cristo. De su Palabra. De su Evangelio. La Biblia debe ser tu estándar.

Es hora de dejar la mediocridad. Es hora de dejar la excusas. Sólo Cristo es la respuesta. Sólo Cristo es la verdad. Sólo Cristo.




Conferencia Sólo Cristo. 28 Julio, 2012

Este 28 de Julio tendremos una conferencia juvenil titulada, "Sólo Cristo: Recalibrando el Evangelio en tu Vida Diaria". El tema es cómo vivir el evangelio como jóvenes y así vivir vidas santas y de impacto en la iglesia y nuestra sociedad.

Será en el hotel Four Points Insurgentes, por Galerías Mty, el sábado 28 Julio 2012, desde las 9 a.m. - 5 p.m.

Hemos invitado como conferencista principal al Dr. A.J. Gibson, quien trabaja en el ministerio "A Toda Tribu" como el encargado de misiones a México. Él dará tres de las cinco sesiones.

También estaremos hablando mi amigo Gian y su servidor.

La entrada para invitados es totalmente gratis. Chequen nuestro sitio en facebook donde verán más detalles, videos, etc. http://www.facebook.com/events/181704731960112/

Chequen nuestro video también.

Agradecido


Le doy gracias a Dios porque este mes me gradué con una Maestría en Consejería Biblica. El Señor ha sido bueno, y éstos años me ha dado la oportunidad de no solamente estudiar sino también de enseñar a nivel universitario.

Pronto, en el blog, tendré varios artículos acerca de este tema—la consejería cristiana—de su importancia y sobre todo, de cómo usar la Biblia para resolver nuestros problemas.

Pienso que es un tema que necesitamos oír. A veces leemos la Biblia, pero no sabemos aplicarla a nuestra vida. Y eso es vital.

¿Qué sigue? Un año más de seminario. El quinto y último. Dios mediante el próximo mayo termino una Maestría en Divinidad (Teología), y creo que ahora sí me regreso a mi ciudad. Dios dirá.

Por lo pronto, este verano me concentraré en la iglesia, un viaje misionero, y prepararme para mi último año de estudios.

Por cierto, gracias por leer el blog. Espero escribir más seguido este verano.

Saber Reírse



Caminaba con unos amigos hablando de no sé que cosa cuando se me ocurrió algo gracioso qué decir. Estaba a punto de decirlo cuando me di cuenta de que era un comentario algo sarcástico en el que me burlaba—ligeramente—de uno de mis amigos con quien caminaba.

Me sorprendí al darme cuenta de que me daba un gusto el pensar en cómo reaccionarían los demás. Quería que se rieran. A expensas de mi amigo, claro. ¡Pero era un buen chiste!–al menos en mi mente.

¿Y entonces? Normalmente lo hubiera dicho, pero esta vez me detuve y decidí hacer algo diferente. En lugar de dirigir el comentario hacia mi amigo... lo dirigí a mí. Es decir, me burlé de mi mismo.

Mis amigos se rieron. El comentario tenía suficiente aguijón como para hacer sentir mal a alguien, pero como lo dirigí a mi mismo, no me importó.

Nos encanta reirnos de otros, pero muchas veces nuestro sentido del humor no nos incluye. Es decir, queremos reírnos de otros, pero no de nosotros mismos. Somos, por así decirlos, intocables, al menos en nuestra mente.

¿Pero por qué? Orgullo, sin duda. Y si alguien se ríe de nosotros, luego luego pensamos en cómo contestar, ya que el que ríe al último, ríe mejor, ¿verdad?

Acabo de leer un artículo que me hizo pensar en este tema. Me parece que como Cristianos, el Evangelio de Cristo debe darnos un sentido de humildad, y un sentido del humor.

Debemos reconocer que no somos perfectos. Que metemos la pata (o el cuerpo entero) seguido.

No estoy sugiriendo necesariamente que te burles de ti mismo. Mejor, ten cuidado con tus palabras y con lo que dices. Las palabras hieren. Un humor pesado es, generalmente, anti-Cristiano. Gente con humor pesado tiende a reírse sólo con sus amigos, porque el resto de las gente evita a dichas personas.

Pero sí, hay que mantener un sentido del humor. En esta vida hay mucho de que reírse. Y asegúrate que te incluyas a ti mismo.

Escuché un dicho: “Bendito el que se ríe de sí mismo. Nunca dejará de divertirse”.

¿El que ríe al último ríe mejor? Prefiero: El que sabe reírse, ríe mejor.

Una Muerte Celebrada


Hoy celebramos la muerte de Jesucristo. Ponte a pensar... suena un poco raro. ¿Celebrar la muerte de una persona? Normalmente celebramos la vida de las personas. Su muerte, por lo general, es vista como trágica, o como el desenlace natural e inevitable de la vida.

Con Cristo es diferente. No sólo su vida, sino también su muerte es motivo de regocijo. ¿Por qué?

La Muerte de Cristo era Necesaria
¿Tenía Cristo que morir? La respuesta es sí. De hecho, era el plan de Dios que Cristo muriera. Aunque aquellos que entregaron a Jesús y lo crucificaron son culpables por haberlo hecho, la Biblia enseña que todo esto era parte del plan soberano de Dios (Ac. 4:27-28).

Dios mandó a su Hijo a morir por nuestros pecados. Su muerte estaba profetizada (por ejemplo en Is. 53). La muerte no tomó a Dios por sorpresa. Era un plan perfectamente bien orquestrado.

La Biblia dice acerca de la muerte de Cristo, “Quien llevó él mismo [es decir, Cristo mismo] nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pe. 2:24).

Así que la muerte de Cristo era necesaria para darnos vida. Vida eterna, la cual comienza desde el día que creemos en Él.

La Muerte de Cristo nos da Victoria
La muerte de Cristo era necesaria también porque en ella el Cristiano encuentra la victoria sobre la muerte.

1 Corintion 15 es el gran capítulo en donde el apostol Pablo defiende la resurección de Cristo. Es increíble que hay “cristianos” que niegan la importancia de la resurección de Jesús.

Pablo le da suma importancia a la resurección: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1Cor. 15:14). Algo vano es hueco, sin estabilidad, una tontería. La importancia de la veracidad de la resurección es vital en el Cristianismo.

Si Cristo no hubiera muerto, tampoco hubiera resucitado. Pero si Cristo murió y resucitó, entonces Él puede hacer lo mismo con nosotros. Él nos puede dar vida.

Pablo continúa: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Cor. 15:22).

La muerte de Cristo nos da la victoria porque Cristo conquistó la muerte. Al resucitar, Él se ha declarado vencedor y por lo tanto es capaz de salvarnos por siempre.

Celebramos la muerte de Cristo porque es motivo de celebrar. Si Cristo no hubiera muerto, las profecías no se hubieran cumplido y Dios sería hallado falso. Y si Cristo no hubiera muerto, tampoco hubiera resucitado. Pero murió. Y no se quedó en la tumba.

Sí, hoy es viernes. Cristo murió un día como hoy. Como dijo un predicador, “Es viernes... pero ya viene el domingo”.

Ya viene el domingo. El día en que Jesús resucitó.

Martín Lutero


La vida de Martín Lutero me facina. El Domingo pasado me tocó dar una clase en la iglesia y mi tema fue la vida de Lutero.

En 35 minutos enseñé su vida y logros. Lo que más me impresiona de Lutero es cómo él, un hombre con muchos defectos (y muchísimas virtudes), fue usado poderosamente por Dios. Nadie hubiera pensado que un monje pudiera contra la poderosa institución Romana de su tiempo. 


Gracias a Dios a través de Lutero, comenzó la Reforma, de la cual muchos de nosotros nos hemos beneficiado.

Encontré en el internet un buen resumen de su vida, en español, así que les comparto la liga para que le den un vistazo.

Bibliaventura

Estamos en la era digital. Así que para no quedarme atrasado, mi libro para niños "Bibliaventura", que en el pasado sólo había estado disponible en pasta suave, ahora está en ebook en formato Kindle, a $.99 USD. 


No necesitas un Kindle para leer la novelita. Simplemente baja la Kindle App completamente gratis, y podrás leerlo en tu iPod, iPad, smartphone, o en tu computadora. (Para bajar la Kindle App, clic aquí).


Aquí les paso la sinopsis del libro:


Alex y Sara son dos niños ordinarios con una imaginación extraordinaria. Un día su mamá les trae un libro llamado: Bibliaventura. Usando su imaginación, Alex y Sara se trasladan a una tierra regida por la malvada reina Jezabel, quien obliga a todos a adorar a su dios Baal. Pero Alex y Sara no tienen pensado adorar a un dios falso.

Ésta es una historia de aventura y emoción, en donde Alex y Sara viven emocionantes aventuras y conocen a personajes interesantes, incluyendo al profeta Elías. Por lo más importante, aprenden el valor de la Fe en Dios.

Para niños de cero a noventa y nueve años. 



Para comprar, da clic aquí.

Cómo tratar a tu enemigo



Hace poco una persona que prácticamente no conozco me insultó. Me acusó de ser un reprobado mental, una persona con falta de iluminación, un mentiroso, engañador, y para coronarlo todo, un incrédulo. Todo porque no compartía una de sus opiniones.

¿Alguna vez has sido insultado? Probablemente sí. Muchas veces reaccionamos con enojo, incredulidad, o caemos en depresión. O una mezcla de las tres.

Éste episodio me hizo pensar: Siendo cristiano, ¿cómo debo responder a ésta situación? Aunque no considero un enemigo al hombre que me insultó, su feroz antagonizmo hacia mi persona me llevó a meditar en las palabras de Cristo narradas en Mateo 5:43-48.

(43) Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. (44) Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; (45) para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. (46) Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? (47) Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? (48) Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Fuertes declaraciones, ¿no? En este pasaje, nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos enseña una sencilla lección, pero una bastante radical. Cristo nos dice: debes amar a tus enemigos.

La pregunta es, ¿por qué? ¿Por qué debo amarlos? Bien, veamos tres razones.

Cristo lo Manda (versículos 43-44).
El mandamiento es bastante claro. Cristo dice, No debes aborrecer a tus enemigos, sino todo lo contrario. Por cierto, dice vuestros enemigos. No está hablando hipotéticamente de malas personas en el mundo, sino de personas que personalmente te odian.

Cristo entonces da cuatro acciones que debemos tener hacia nuestros enemigos. ¿Cuales son?

  • Amar. Este debe ser un amor real y no fingido. Nada de decir entre dientes, “¡Que te vaya bien!” y entre susurros, “Que te vaya mal que te pique un animal”. ¡No! Debe ser un amor verdadero que brote del corazón.
  • Bendecir. Debemos de bendecir a los que nos maldicen. Literalmente, “a los que [te] están maldiciendo”. En una ocasión me encontraba con un grupo de amigos de la iglesia en un pequeño pueblo al norte de México, compartiendo a Cristo en la calle. Un hombre en una bicicleta azul se me acercó y preguntó qué hacía. “Estamos compartiendo acerca de Jesús”, le respondí. Y así de la nada el hombre comenzó a maldecirme. Me tomó por sorpresa. No me lo esperaba para nada. Después de un rato, ya que el hombre se había desahogado, logré hablar con él un poco. Pero me maldijo de nuevo y se fue. Cristo dice, “¡Bendigan a los que los estén maldiciendo!”
  • Hacer bien. ¿A quienes? ¿A nuestros amigos, familiares y cuates? Bueno, ser bueno con ellos no es malo, pero aquí Cristo dice que debemos ser buenos con los que nos aborrecen. Ésa es una palabra bastante fuerte. Quiere decir, “Detestar; odiar”. Antiguamente, en el idioma Griego, había una expresión que se usaba con la idea de aborrecer. La expresión era, “Escupirle en el corazón a alguien”. ¡Qué imagen más horrible! Sin embargo, Jesús dice, Haz bien inclusive a los que te escupen en el corazón. Van tres y falta una más.
  • Orar. ¿Por quienes? Por los que nos abusan. Por los que nos tratan mal. Hoy en día miles de nuestros hermanos alrededor del mundo son perseguidos, torturados, y asesinados sin piedad por causa de Cristo. Oremos por nuestros hermanos, pero también por quienes los persiguen. Que Dios tenga misericordia de ellos y se conviertan.


Ya vimos que debemos amar a nuestros enemigos porque Cristo lo manda. Pero sabes, Dios no solamente manda, Él tambien pone el ejemplo. Ésa es la segunda razón por la cual debemos de amar a nuestros enemigos.

Dios lo Ejemplifica (v.45).
Dios demuestra su amor sobre buenos y malos. En la teología, hay una doctrina que llamamos la “gracia general”[1] de Dios. Se refiere a la benevolencia que Dios tiene para con todos: ricos, pobres, buenos y malos. Por ejemplo, Él hace llover sobre todos, Él da vida a todos (cuando podría fulminarnos por nuestro pecado), Él le da a todos la capacidad de amar, disfrutar, etc. Todas éstas cosas son regalos de Dios sobre todos, sin importar si la persona es un filántropo o un sicario.

No tratar a los malos con benevolencia es reflejar mal el carácter de nuestro Padre celestial. Ésto no quiere decir que Dios no sea justo y que los vaya a juzgar si no se arrepienten. Tampoco quiere decir que no debamos buscar justicia en la tierra. Sin embargo, aún así debemos de demostrar amor por aquellos que nos odian.

Hay una razón más por la cual debemos amar a nuestros enemigos.

No somos como el mundo (vv. 46-48).
En el v. 46 vemos que amar a aquellos que nos aman es lo normal. Hasta los pecadores hacen lo mismo. El versículo 47 tiene una idea similar. Ser amable con la gente que conoces es bueno... pero no tiene nada de especial. Éste comportamiento, por lo tanto, no tiene recompenza. Como dijo Cristo en otro pasaje, “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Luc. 17:10).

Jesús nos dice que no debemos de comportarnos como el mundo normalmente se comporta. El estándar del Cristiano es más alto, ya que no somos como el mundo. Jesús dice: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.

Quizá digas, "¡Eso es imposible! ¡Nadie es perfecto!" Tienes razón. Jesús aquí no está diciendo que debemos llegar a un punto de nuestra vida en la que ya no pequemos. Eso contradeciría otros pasajes de la Biblia.[2] Lo que Jesús está diciendo es que debemos de aspirar a ser perfectos ya que nuestro Padre lo es. Debemos de esforzarnos en hacer aquellas cosas que Dios nos manda.

Sin embargo, tratar de cumplir este mandamiento de ser perfectos sería completamente imposible de no ser por la gracia de Cristo. En cierto sentido, con éste mandato Cristo nos está apuntando hacia Él mismo. ¡Sin Cristo no podemos realmente amar a nuestros enemigos! Necesitas de Su gracia, de Su ayuda, del poder de Su Espíritu, de lo contrario te frustrarás mucho, o te convertirás en un legalista.

Así que, ¿cómo debes tratar a tus enemigos? Los debes de amar. ¿Por qué? Porque Cristo lo manda, Dios lo ejemplifica, y porque no somos como el mundo sino debemos ser como Cristo.

Te dejo con una pregunta. Si así debemos de tratar a nuestros enemigos... ¿qué del resto de las personas? ¿Qué de esa persona que te cae mal? ¿Qué de tu papá, mamá o hermano que te exaspera? ¿Qué de tu jefe que siempre se enoja por la nada? ¿Qué de tu hijo que no te obedece?

Pienso que la respuesta es obvia.



[1] Típicamente se le llama “Gracia común”, la cual es una referencia no a su inferioridad, sino al hecho de que es otorgada a todos por igual. No me gusta mucho el término “común” en español porque se presta para ser malentendido, es por eso que prefiero “general”.
[2] Esta forma de pensar, llamada "Perfeccionismo", contradice varios pasajes, por ejemplo, 1Jn. 1:10, “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”.

Sermón: El Pecado Imperdonable

¿Cual es el pecado imperdonable? ¿Cómo se comete? ¿Quién lo puede cometer? En este pasaje Cristo explica lo que es, y quienes lo cometen.

 

PDF del sermón: click aquí.

Más sermones en: www.sermon.net/emanuelelizondo

Sermón: El Llamado Radical de Cristo

El llamado al Reino de Dios es radical. En este pasaje, Mateo el publicano ejemplifica éste llamado. ¿Has tu respondido al llamado de Cristo?




Más predicaciones en: www.sermon.net/emanuelelizondo