Circo, Maroma y Teatro


“Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;  y toda la ciudad se agolpó a la puerta. [...] Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1: 32-33, 35).

Marcos capítulo 1 nos narra el principio del ministerio de Cristo en la región de Galilea. La misión de Jesucristo es simple: predicar el Evangelio del Reino, el cual se nos es dado en el capítulo 1, versículo 15: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”.

Sin embargo, la gente de Galilea no parece estar muy interesada en el mensaje central del Evangelio, el cual tiene que ver con su vida espiritual (arrepentirse y tener fe); más bien la gente se interesa en el poder sanador de Cristo. Después de que Cristo sana a la suegra de Pedro, la gente se entera de lo sucedido y pronto toda la ciudad se amontona a la puerta de la casa de Pedro para ser sanados por el Señor.

Uno pensaría que la situación era ideal. De la noche a la mañana Cristo se ha convertido en una celebridad, tanto que muchísima gente quiere verlo para ser sanado. ¡Excelente! ¿No?

Cristo no piensa igual que nosotros. De hecho, el próximo día se aleja a un lugar solitario. Al parecer ni siquiera les avisa a sus discípulos ya que éstos tienen que irlo a buscar (“rastrear”, en Griego). En el Evangelio de Marcos, Jesús se aleja a un lugar solitario en tres diferentes ocasiones, siempre en relación con alguna crisis.

¿Cuál era la crisis en este caso? Que la gente lo buscaba para ser sanada físicamente, pero no espiritualmente. La gente prefería ser sanada de su ceguera física antes de su ceguera espiritual.

¿Y no es igual hoy en día? La gente viene a Cristo porque piensa que encontrará prosperidad, dinero, etc. Pero poca gente viene a Cristo por su mensaje. Poca gente viene a Cristo para ser sanada de su pecado. Para ser reconciliada con Dios. Los estadios se llenan cuando viene un supuesto (y farsante) hacedor de milagros, pero cuando se trata de la predicación del Evangelio, es difícil atraer a las multitudes. La gente quiere ver lo espectacular. Quiere ver a los cojos saltar. Quiere ver a los mudos gritar. Pero no le interesa ver a un alma ser trasformada espiritualmente. Eso no es emocionante. Preferimos el circo, maroma y teatro.

Cuando Pedro y otros encuentran a Jesús, uno casi puede escuchar la exasperación en su voz: “Todos te buscan”. Como diciendo, «Señor, ¿qué haces aquí? ¡Tengo una casa llena de gente, y tú aquí en medio de la nada!»

Cristo les responde: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (1:38). Aquí vemos la importancia que Cristo le da a la predicación del Evangelio del Reino.

Hoy en día la verdadera predicación ya no es popular en el Cristianismo. Ha sido suplantada por monólogos, obras de teatro, películas, coros, etc. No que éstas cosas sean malas en sí (excepto tal vez los monólogos, sobre todo cuando el que habla parece más un comediante que un predicador), pero cuando suplantan, hacen a un lado, o menosprecian la pura y santa predicación de la Palabra, entonces se ha perdido el Evangelio; lo hemos puesto a un lado ya que es demasiado ofensivo, demasiado aburrido, demasiado impráctico en nuestra sociedad post-moderna. En su lugar preferimos un poco de circo, unas cuantas maromas, y mucho teatro.


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