¿Dónde estarás en 50 años?


La mayoría de las personas no están concientes de su propia mortalidad. No mucha gente piensa regularmente que quizá hoy es el último día de su vida. Muchos de nosotros vivimos la vida pensando que tenemos mucho por delante, y sin embargo, sólo basta recorrer un cementerio para darse cuenta que muchísima gente ha muerto más joven de lo que ahorita tú eres.

Este no es un posteo morboso. Sería ridículo sugerir que debiéramos levantarnos cada día temblando, preocupándonos por todo, con el corazón acelerado todo el día por miedo de la muerte. ¡Para nada!

Sin embargo, ¿te has preguntado dónde estarás en cincuenta años? Tal vez respondas, “Jubilado, espero”. Quizá otra persona sinceramente diga, “Pues mi cuerpo, a un metro bajo tierra”. Tal vez tú, que lees este escrito, estarás en cama enfermo, o quizá disfrutando de la vida, o a lo mejor en la próxima vida, ya sea vida eterna o tormento eterno.

La Biblia dice, “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). ¡Qué imagen tan impresionante!

La vida es corta. De acuerdo al libro de Eclesiastés, hay por lo menos dos cosas que debes de hacer con la vida: disfrutarla (Ecl 3:13) y usarla para la gloria de Dios (Ecl 12:13-14; y por cierto el segundo más grande mandamiento tiene que ver con el prójimo, Mk 12:28-31).

La vida es como neblina. No la desperdicies.


Porque somos como somos


Ayer comí con un amigo que se dedicaba a transportar carga en México. Me contó cómo con el paso del tiempo se hizo amigo de varios federales de caminos. —No recuerdo un solo federal que no fuera corrupto—me dijo.

—Y los federales, ¿cómo eran? ¿Gente mala, buena…?—le pregunté.

—Pues, gente normal—me respondió.

No sé por qué a veces pienso que la gente corrupta debe ser de lo peor, no sé, personas machistas que golpean a su “vieja” y que lo único que saben hacer bien es tomar alcohol. Y aunque es verdad que una persona corrupta es una persona que no tiene honor, sino sólo precio, muchos (no todos) de ellos son gente normal.

Disfrutan ver juegos de futbol en familia, con una carnita asada. Se ríen de chistes. Le dan un beso a su hijo antes de mandarlo a la escuela.

Y eso es una tragedia. Es una tragedia cuando una sociedad ha aceptado la corrupción como una norma de vida. Es una tragedia cuando ser honesto es la excepción, algo que se ve como una tontería, un chiste.

Puede que yo sea un idealista, pero uno de los personajes de mi novela corta, “El Artista de la Muerte”, es un policía honesto. Creo que existen, y que hay varios. Y espero que los números sigan creciendo hasta hacer de la corrupción lo que debe ser: una anomalía.

Bien dice el dicho, “Estamos como estamos porque somos como somos”. Para que nuestros países se queden estancados, sólo se necesita que la sociedad se quede sin hacer nada.


Feliz Cumpleaños, John Wesley. Dos Cucharas de Plata. Miles de Almas

El siguiente artículo me causó mucho impacto. Fue escrito por John Piper en su blog, y lo he traducido. Espero que les sea de impacto.
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Gracias, John Wesley, por practicar lo que predicabas acerca del dinero. John Wesley nació hoy en 1703 (mismo día que Jonathan Edwards). Él fue uno de los grandes evangelistas del siglo 18. Hoy quiero celebrar su actitud al dinero.


Él es famoso por haber dicho: “Habiendo, primero, ganado todo lo que puedas, y luego ahorrado todo lo que puedas, entonces da todo lo que puedas”. (Sermón 50, “El Uso del Dinero” en Las Obras del Reverendo John Wesley [The Works of the Reverend John Wesley], 1840, editado por John Emory, Vol. I, 446). Veamos cómo es que lo puso en práctica.


En 1731 él comenzó a limitar sus gastos para tener más dinero para dar a los pobres. En el primer año sus ingresos eran 30 libras y se dio cuenta que podía vivir con 28, así que dio dos. En el segundo año sus ganancias se doblaron pero mantuvo sus gastos igual, así que tuvo 32 libras para dar (el ingreso de un buen año). En el tercer año sus ingresos saltaron a 90 libras y él dio 62 libras. En su larga vida sus ingresos avanzaron hasta tener 1,400 libras al año. Pero rara vez dejaba que sus gastos subieran más de treinta libras. Él dijo que casi nunca tenía más de cien libras en su posesión.


Esto desconcertó tanto a los Comisionados de Impuestos Ingleses que lo investigaron en 1776 insistiendo que un hombre con sus ingresos debía tener bandejas de plata y que no estaba pagando impuestos por ellas. Él les respondió:


“Tengo dos cucharas de plata en Londres y dos en Bristol. Esos son todos los platos que tengo en este momento, y no compraré más mientras que tantos a mi alrededor necesitan de pan”.
Cuando murió en 1791 a la edad de ochenta y siete, el único dinero mencionado en su testamento fueron las monedas que se encontraron en sus bolsillos y su buró. Casi todo el dinero--30,000 libras--que había ganado en su vida lo había dado a otros. Él escribió,
 “No puedo evitar dejar mis libros cuando Dios me llame; pero en lo que a lo demás concierne, mis propias manos serán mis ejecutoras”.
En otras palabras, pondré control en lo que gasto, e iré más allá del diezmo por causa de Cristo y Su reino.


(Las citas vienen de Mission Frontiers, Sep./Oct. 1994, nos. 9-10, pp. 23-24.)


Escrito por John Piper para DesiringGod.org. El artículo original en inglés se encuentra aquí: http://www.desiringgod.org/blog/posts/happy-birthday-john-wesley-two-silver-spoons-and-thousands-of-souls



Circo, Maroma y Teatro


“Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;  y toda la ciudad se agolpó a la puerta. [...] Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1: 32-33, 35).

Marcos capítulo 1 nos narra el principio del ministerio de Cristo en la región de Galilea. La misión de Jesucristo es simple: predicar el Evangelio del Reino, el cual se nos es dado en el capítulo 1, versículo 15: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”.

Sin embargo, la gente de Galilea no parece estar muy interesada en el mensaje central del Evangelio, el cual tiene que ver con su vida espiritual (arrepentirse y tener fe); más bien la gente se interesa en el poder sanador de Cristo. Después de que Cristo sana a la suegra de Pedro, la gente se entera de lo sucedido y pronto toda la ciudad se amontona a la puerta de la casa de Pedro para ser sanados por el Señor.

Uno pensaría que la situación era ideal. De la noche a la mañana Cristo se ha convertido en una celebridad, tanto que muchísima gente quiere verlo para ser sanado. ¡Excelente! ¿No?

Cristo no piensa igual que nosotros. De hecho, el próximo día se aleja a un lugar solitario. Al parecer ni siquiera les avisa a sus discípulos ya que éstos tienen que irlo a buscar (“rastrear”, en Griego). En el Evangelio de Marcos, Jesús se aleja a un lugar solitario en tres diferentes ocasiones, siempre en relación con alguna crisis.

¿Cuál era la crisis en este caso? Que la gente lo buscaba para ser sanada físicamente, pero no espiritualmente. La gente prefería ser sanada de su ceguera física antes de su ceguera espiritual.

¿Y no es igual hoy en día? La gente viene a Cristo porque piensa que encontrará prosperidad, dinero, etc. Pero poca gente viene a Cristo por su mensaje. Poca gente viene a Cristo para ser sanada de su pecado. Para ser reconciliada con Dios. Los estadios se llenan cuando viene un supuesto (y farsante) hacedor de milagros, pero cuando se trata de la predicación del Evangelio, es difícil atraer a las multitudes. La gente quiere ver lo espectacular. Quiere ver a los cojos saltar. Quiere ver a los mudos gritar. Pero no le interesa ver a un alma ser trasformada espiritualmente. Eso no es emocionante. Preferimos el circo, maroma y teatro.

Cuando Pedro y otros encuentran a Jesús, uno casi puede escuchar la exasperación en su voz: “Todos te buscan”. Como diciendo, «Señor, ¿qué haces aquí? ¡Tengo una casa llena de gente, y tú aquí en medio de la nada!»

Cristo les responde: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (1:38). Aquí vemos la importancia que Cristo le da a la predicación del Evangelio del Reino.

Hoy en día la verdadera predicación ya no es popular en el Cristianismo. Ha sido suplantada por monólogos, obras de teatro, películas, coros, etc. No que éstas cosas sean malas en sí (excepto tal vez los monólogos, sobre todo cuando el que habla parece más un comediante que un predicador), pero cuando suplantan, hacen a un lado, o menosprecian la pura y santa predicación de la Palabra, entonces se ha perdido el Evangelio; lo hemos puesto a un lado ya que es demasiado ofensivo, demasiado aburrido, demasiado impráctico en nuestra sociedad post-moderna. En su lugar preferimos un poco de circo, unas cuantas maromas, y mucho teatro.