“¡Que Él venga a mí!” (Parte B)

Serie: Frases Míticas que los Cristianos Dicen. Parte 3b

Supongamos que alguien, un Cristiano o Cristiana, te ha ofendido. ¿Ahora qué vas a hacer? Tienes muchas opciones (aunque no todas correctas). Puedes hacer un feo berrinche al estilo Don Ramón de la vecindad del Chavo; puedes tomar el teléfono y hablarle a algún amigo para decirle lo mal que te cae la persona que te ofendió; puedes planear tu dulce venganza; puedes simplemente tratar de olvidar lo sucedido; o puedes hacer lo que Cristo dijo: ve y arréglate con tu hermano.
“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mateo 18:15-17).
Ya que se han escrito libros con respecto a este tema, en este artículo sólo veremos un pequeño resumen de lo que Cristo nos manda.
 
Paso 1: Confrontación Personal
 
La Fe Cristiana es una fe activa. Lo primero que Cristo dice que debemos de hacer cuando una persona peca contra nosotros es ir personalmente con esa persona para reprenderla. En el Cristianismo no hay lugar para chismes. Ahora, cuando dice que reprendamos a la persona, no quiere decir que vayamos y le gritemos y le digamos todo lo que tenemos en mente. Eso iría en contra de la Biblia misma (Col 4:6). El amor debe de siempre regir en toda conversación, inclusive en la reprensión, ya que el fin de la reprensión es la reconciliación (por eso dijo Cristo, “si te oyere, has ganado a tu hermano”. Ver también: Mt 18:15 y 2 Cor 2:5-8).
 
¿Pero qué pasa si la persona que pecó contra ti no se arrepiente?
 
Paso 2: Confrontación con Testigos
 
El segundo paso es tomar a otras personas para que ellos sean testigos de todo, y se aseguren que todo está en regla. Los testigos deben ser personas espirituales que puedan juzgar correctamente la situación. Si tomas como testigos a tus mejores amigos, por supuesto que van a estar de tu lado. Pero la función del testigo es poder ver que la situación se está llevando a cabo de forma correcta.
Otra función de los testigos es—si ven que la persona verdaderamente está en pecado—implorarle que se arrepienta y confiese su pecado, para así restaurar su comunión con Dios y con la persona a quien ofendió.
 
Paso 3: La Iglesia
 
Si el pecado continúa, y si los testigos se dan cuenta que la persona en pecado no se arrepiente, entonces el asunto se debe llevar a la iglesia. Dios ha dado autoridad a la iglesia para juzgar a sus miembros con justo juicio y en la autoridad de Cristo. Una de las funciones principales de los pastores es la de disciplinar a miembros que, llamándose Cristianos, niegan a Cristo con sus actos (1 Cor 1:1-15; 2 Thess 3:6-15). ¿Pero, si no hay arrepentimiento?
 
Paso 4: Exclusión
 
Cristo dice que aquel que no oye a la iglesia debe ser tomado como “gentil y publicano”. Quiere decir que debe ser considerado como si no fuera Cristiano (no está diciendo necesariamente que no lo es, sino que debe ser considerado por la iglesia como si no lo fuera).
 
Cuando una persona es expulsada de la iglesia, los miembros deben seguir orando por esa persona para que Dios tenga misericordia de ella y se arrepienta, y así vuelva a la iglesia y pueda ser restablecida delante de todos. El punto siempre es la reconciliación y restauración; nunca la venganza o represalia. Una iglesia que usa la excomunicación indebidamente (como lo hacía Diótrefes en 3 Jn 9-10) ha abandonado la verdadera Fe.
 
Cristo, como vemos, toma bastante en serio cuando hay pecado entre aquellos que lo siguen. Él toma bastante en serio cuando dos miembros de su Iglesia están en enemistad. La excusa de “Si él pecó contra mí, él debe venir a mí” no es válida. Cristo quiere que tú seas activo en re-establecer tu comunión con otro hermano en Cristo.
 
Toma la oportunidad para, en amor, reprender a tu hermano y ayudarle a crecer en su vida cristiana.
 
¿Ha pecado alguien contra ti? ¿Qué vas a hacer?
 

Un excelente libro que aborda este tema más a fondo es: “Capacitado para Orientar” por Jay Adams.
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Otros posts en la serie (da click en el nombre):

La Biblia, un Tesoro

Me he tomado una breve pausa de la serie de posts que he estado escribiendo ya que he cambiado de computadora, así que no he tenido computadora hasta ayer, y por lo tanto no tuve mucho acceso a internet. ¡Es increíble cómo uno se puede sentir casi desesperado sin la computadora!

Por otra parte, esta semana en la Universidad en la que estudio y enseño tuvimos una semana entera de conferencias bíblicas, las cuales terminan hoy. He aprendido mucho, escuchando tres sermones al día y meditando en lo que Dios quiere de mí.
 

Una de las predicaciones que me ha hecho meditar fue basada en el libro de Santiago, y sin ir a muchos detalles, el predicador nos hizo ver la gran bendición que es escuchar, leer, y estar expuestos a la Santa Palabra de Dios.
 

Me encanta pensar que Dios es un escritor. Él decidió expresarse a través de escritores; algunos más preparados que otros, de diferentes trasfondos, nativos de diferentes regiones, pero todos inspirados por el Espíritu del Dios viviente. Y lo increíble es que nosotros tenemos todos los libros completos. Tenemos la completa revelación de Dios. Dios nos habla hoy a través de la Biblia.
 

Me da vergüenza decir que a veces tomo a la ligera la Palabra. Tal vez estoy acostumbrado a ella, a tener muchas Biblias, en diferentes versiones e idiomas. Y por ello me olvido que la Biblia es mucho más que un libro, es un mensaje, es una carta del Creador a Sus criaturas, una carta de un Padre a sus hijos. ¡Ayúdanos, Señor, a amar, atesorar y deleitarnos en tus dichos, de la misma forma que el salmista se deleitaba en ellos!
 

Te pregunto lo mismo que me pregunto a mí mismo: ¿atesoras la Palabra de Dios? ¿La lees, memorizas, la amas?

"¡Que venga él a mí" (Parte A)


Serie: "Frases Míticas que los Cristianos Dicen". Parte 3a

Tú y yo hemos ofendido a otros muchas veces. Y probablemente hemos sido ofendidos un buen número de ocasiones también. La Biblia dice, “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Santiago 3:2).

¿Cual es tu reacción cuando alguien te ofende? Hace algunos años una persona me contó de un problema que tenía con un amigo. “Me dijo esto y aquello, así que estoy molesto con él”.

“¿Vas a ir a hacer la paces con él?”, le pregunté.

“No”, me contestó. “Él me ofendió a mí. ¿Por qué voy a ir yo a él? ¡Que venga él a mí!”.

Ése actitud es incorrecta a la luz de las Escrituras. Obviamente es lo que nos gusta, porque lo que queremos muchas veces no es reconciliación, sino humillación. Queremos que la otra persona se sienta mal y nos pida perdón para que podamos sonreír internamente y sentirnos superiores. Sentirnos que estábamos en lo correcto, y que la persona que nos ofendió recibió su merecido.

Vamos a contestar dos preguntas. Primero, ¿cuántas veces hay que perdonar? Segundo, ¿cual es el método a seguir?

Remontémonos al tiempo de Cristo y sus apóstoles. En Lucas 17, Cristo decide enseñarle a sus discípulos acerca del perdón. “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (vv. 3-4).

Trata de imaginar el escenario puesto por Cristo. Digamos que una persona que conoces--miembro de la iglesia--trabaja contigo. Por la mañana al llegar al estacionamiento te grita porque inadvertidamente te estacionaste en su puesto. Minutos después te pide perdón: “No debí haber reaccionado así, perdóname”. Así que lo perdonas. Una hora después te vuelve a gritar por algo, y esta vez en público. Media hora después te pide perdón. A la hora de la comida, ésta persona decide hacerse la graciosa y “sin querer” te golpea en la espalda cuando tomabas tu refresco, el cual se derrama en tu camisa. Todos se ríen. Pero después, sí, viene arrepentido y te pide perdón.

¡Y así siete veces! ¡En un mismo día! Cristo no dice, “A la cuarta, ya se la puedes regresar”. “A la quinta, te puedes enojar”. “A la sexta, dile que ya le queda solamente una”. Jesús no dice que le puedes poner condiciones. "Si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti diciendo: Me arrepiento; perdónale".

Los discípulos no lo podían creer. ¡Lo que Cristo pedía era demasiado radical! Su respuesta fue: “Auméntanos la fe” (Lucas 17:5). En los siguientes versículos (6-10) Cristo deja en claro que no se trata de cantidad de fe, sino de obediencia.

Ahora bien, el propósito de Jesús no era limitar el perdón a sólo siete veces. Esto es claro en Mateo 18, en donde Pedro le pregunta a Jesucristo, “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (18:21). 

Para Pedro, perdonar siete veces era el límite. Tal vez pensaba que eso era lo que Cristo quería. Además, los Rabinos de aquel entonces pensaban que perdonar más de tres veces era innecesario, ya que según ellos Dios había solamente perdonado tres veces a los enemigos de Israel.

Cristo le responde en hipérbole: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (18:22). El punto de Cristo no es que solamente se deba perdonar 490 veces, o siete a la setenta potencia, el punto es que hay que perdonar siempre.

“¿Cómo siempre?” te preguntarás. Así como se oye: siempre.

“¡Pero eso es imposible!” Déjame preguntarte: ¿cuántas veces te ha perdonado Dios? ¿Siete? ¿Cuatrocientos noventa? ¿Miles? Pero Dios no se cansa. Te perdona, te perdona, y te vuelve a perdonar.

Si Dios nos ha perdonado tanto (todos nuestros pecados), ¿cómo no podemos nosotros perdonar?

Sí, la enseñanza acerca del perdón que Cristo enseña es radical, pero su amor también lo es. Te aseguro que jamás perdonarás a nadie en el mundo más veces de las que Cristo te ha perdonado a ti.
Así que hay que perdonar siempre.


En el próximo post examinaremos el patrón específico que Cristo nos da a seguir cuando alguien ha pecado contra nosotros.

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Parte 2: "¡Así soy yo!"


¡Así Soy Yo!

Serie: "Frases Míticas que los Cristianos Dicen". Parte 2.

Muchos—inclusive yo—somos culpables de la frase mítica que quisiera analizar hoy a la luz de la Biblia.

Recuerdo que una vez escuché a una persona a quien llamaré Fulanita (no se me ocurre nada mejor) relatar cómo había herido verbalmente a otra persona en respuesta a algo que la dicha persona le había comentado. Fulanita decía ser una Cristiana. En mi mente, yo pensaba, “Qué increíble que esté confesando su pecado delante de nosotros ¡y ni siquiera le da vergüenza!”

Pero Fulanita tenía una justificación. “Lo que pasa es que ¡así soy yo!”.

Ahora, lo que Fulanita dijo es verdad… ¡pero una malísima excusa!

Por supuesto que así es ella. ¡Así somos todos! La Biblia dice que todos tenemos una predisposición a pecar. El pecado nos resulta atractivo y seductor. Es por eso que Pablo escribió,

Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne [naturaliza pecaminosa], no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí (Romanos 7:18-20).

¡Vaya que tiene razón! Es por eso que Fulanita respondió en pecado en lugar de en santidad. Es por eso que cuando alguien se te atraviesa mientras manejas se te vienen a la mente todo tipo de maldiciones. Es por eso que te trae deleite burlarte de otros. Es por eso que piensas en hacer trampa cuando no estudias bien para un examen. Es por eso que la lujuria y la pornografía son difíciles de vencer. El pecado mora en nosotros.

Entonces sin duda: hay en nosotros una tendencia a pecar. ¿Pero es esa tendencia una buena excusa? ¿Podemos excusar nuestro pecado como Fulanita, con un simple así soy yo?

Santiago nos dice, “Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15, NVI).

Básicamente, Dios dice que todos somos responsables por nuestro pecado. Sí, es verdad que tenemos una naturaleza pecaminosa, pero la Biblia dice que aún así somos responsables por nuestras decisiones.

Tal vez te preguntas, está bien… ¿pero ahora qué hago?

Aquí van las buenas noticias: Si alguna vez viene a tu mente la frase, “Es que así soy yo”, entonces combátela con ésta: “¡Pero así no tengo que ser!”

La vida del Cristiano nunca es estática. Es una de constante cambio. El Cristiano está siendo transformado día con día por el poder del Espíritu Santo, con el fin de conformarnos más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (2 Cor 3:18). A esto le llamamos la doctrina de la santificación progresiva, ya que si bien no sucede de un día para otro, no se detiene. Es progresiva. Es continua.

Sólo piensa en el cambio que ya ha ocurrido en tu vida: pasaste de las tinieblas a la luz (1 Pe 2:9); has sido libertado del pecado (Jn 8:36); has sido lavado, santificado y justificado (1 Cor 6:11); has sido transformado (2 Cor 5:17); has sido hecho un hijo de Dios (Jn 1:12); y eres un co-heredero con Cristo (Rom 8:17).

El proceso de transformación no se detuvo al momento de que te arrepentiste de tus pecados y creíste en Cristo. Dios no termina su labor allí, Él quiere cambiarte por completo. La Biblia dice que el proceso de santificación es compartido con Dios; nosotros hacemos nuestra parte mientras que Dios hace la suya (Phil 2:12-13). Ni por un momento creas que tú sólo puedes cambiar tu vida. Necesitas la gracia de Cristo Jesús para poder hacerlo. Debes clamar a Él cuando estás en medio de la tentación, y rogarle en tus momentos de oración que te muestre lo que debes cambiar. Y después, ¡manos a la obra!

Ya es hora de hacer guerra a nuestra naturaleza pecaminosa. Es verdad que somos como somos, pero no tenemos que ser como somos.


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Para ver la parte uno, da click: "Sigue tu Corazón".


¿Sigue tu Corazón?

Serie: "Frases Míticas que los Cristianos Dicen". Parte 1.


Probablemente has escuchado la frase, “Sigue tu corazón”. Esta frase, dicha en forma figurada, básicamente nos insta a no ponerle mucha cabeza a la situación o dificultad en la que uno se encuentra, sino más bien tomar la decisión basada en nuestros instintos.


Esta frase tiene muchas derivadas, la mayoría las hemos escuchado en la televisión. Los medios de comunicación nos dicen que hay que simplemente seguir nuestros instintos; que no hay que esperar para tomar decisiones; que solamente hay que hacerlo; en otras palabras… ¡sigue tu corazón!


No es de sorprender que los medios quieren que tomemos decisiones basadas en impulsos. Si lo pensáramos bien probablemente no compraríamos tantos refrescos, tantas barras de chocolate o tantos ténis caros.

Lo peor es que la mencionada frase es a veces dada como el consejo a la pregunta: “¿Con quién debo casarme?” Entonces, ¿es esa la respuesta? ¿Hay que seguir el corazón?

Bueno, en una palabra la respuesta es: ¡No!

¿Por qué? Veamos qué dice Dios acerca de nuestro corazón. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Este pasaje nos da tres características de nuestro corazón:
  1. Es engañoso. ¿Qué tanto? Más que todas las cosas. La razón por la que el corazón es más engañoso que cualquier cosa es que todo engaño procede del corazón (eso es lo que Cristo argumenta en Mat 15:18-19; ver también Lu 6:45; Jms 4:1).
  2. Es perverso.
  3. Es imposible de descifrar. El único que lo puede hacer es Dios (Jer 17:10; también 1 Chron 28:9; Rom 8:27).

La forma de tomar decisiones no es siguiendo el corazón, sino más bien siguiendo la Palabra de Dios (Ps 119:105), deleitándonos en Él (Ps 37:4), y tomando decisiones sabias (muchos pasajes aplican aquí, sobre todo en el libro de los Salmos, Proverbios, y Santiago).

Pero entonces… ¿qué hacemos con el corazón? La Biblia dice, “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). No sigas tu corazón, más bien guárdalo; es decir, protéjelo, nútrelo, aliméntalo (espiritualmente, por supuesto).

Deja las decisiones a la luz de la Palabra, y no al engaño de tu corazón.


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Este es el primer post de la serie, "Frases Míticas que los Cristianos Dicen". La siguiente frase mítica a examinar será: "¡Así soy yo!".

Dios El Todo


Oh Dios, cuya voluntad lo conquista todo,

No hay confort en nada aparte de deleitarse en ti
y estar ocupado en tu servicio;

Tú lo eres Todo en todo, y todo deleite es para mí lo que tú decidas, y nada más.

Estoy satisfecho en tu voluntad, sea cual sea,
o la que será en cualquier aspecto,

Y sí tú quieres que decida por mí mismo en algún asunto,
escogería remitirlo todo a ti,
porque tú eres infinitamente sabio y no puedes equivocarte,
y yo estoy en peligro de hacerlo.

Me regocijo en pensar que todas las cosas están a tu disposición,
y me deleita dejarlas allí.

Entonces la oración se torna completamente en alabanza,
y todo lo que puedo hacer es adorarte y bendecirte.

¿Qué puedo darte por tus beneficios?

Estoy indeciso entre dos cosas, sin saber qué hacer;

Anhelo regresarte algo, pero no tengo nada que ofrecer,
y sólo puedo regocijarme en el hecho de que tú lo haces todo,
que no hay nadie en el cielo o en la tierra que comparte tu honor;

Yo, en mí mismo, no puedo hacer nada para glorificar tu bendito nombre,
pero puedo a través de la gracia rendir con gozo toda mi alma y cuerpo a ti.

Sé que tú eres el autor y consumador de la fe,
que toda la obra de redención es tuya solamente,
que toda buena obra o pensamiento que se encuentra en mí es el efecto de tu poder y gracia,
que el sólo motivo por el cual trabajas en mí el querer como el hacer es para tu buen deleite,

Oh Dios, es increíble que los hombres hablan tanto
del poder y la bondad humana,
cuando, si tú no nos refrenaras cada momento, seríamos demonios encarnados.

Esto, por amarga experiencia, es lo que me has enseñado acerca de mí mismo.

(De The Valley of Vision. Mi traducción)