Agradecido


En el otoño del 2004, yo caminaba rumbo al comedor de la universidad en donde ahora trabajo, pensando en lo tonto que había sido.

“Estoy loco”, pensé. Había dejado mi familia, amigos, país, ciudad, y lenguaje para estudiar en un lugar nuevo en donde sólo conocía a una persona. Para ser sincero, yo prefiero las cosas normales. No soy muy aventurero, y aunque no me asusta el cambio, esta vez me había excedido.

Recuerdo perfectamente el lugar en donde me invadió ese pensamiento: a unos quince metros de llegar al comedor, junto al estacionamiento detrás del museo de la universidad. Por varias semanas seguí pensando en lo mismo. Tal vez todavía podía regresar. Decir que todo había sido un error.

Sin embargo algo me detenía: estaba seguro que la voluntad de Dios era que me quedara en donde estaba. Y prefería estar en donde Dios quería y no donde yo en esos momentos deseaba.

Siete años después le doy gracias a Dios porque usó muchas situaciones, además de darme un fuerte deseo en mi corazón, para quedarme. Por supuesto, sigo con los ojos fijos en regresar a mi país para predicar el evangelio, pero éstos años no los cambio por nada. Dios ha bendecido en sobreabundancia con amigos, excelentes profesores, un trabajo que me encanta y una iglesia que es como mi familia.

Así que con estas breves palabras quiero dar testimonio y decir que Dios es bueno y que para siempre es Su misericordia.

Una historia como ninguna otra

Contar y escuchar historias es uno de mis pasatiempos favoritos. Me encanta leer, ver o escuchar buenas historias. También me gusta escribir ficción, es decir, escribir historias inventadas. Recuerdo el primer cuento que escribí cuando tenía ocho años. Todavía lo tengo guardado, con un sin número de faltas de ortografía y letra que se asemeja a antiguos jeroglíficos.

En aquel entonces unos amigos de la escuela andaban con la novedad de escribir y vender cuentos por $1.50 pesos, así que yo compré uno y al leerlo me di cuenta que no parecía ser algo muy difícil de hacer. Si ellos podían, ¿por qué yo no? Así que escribí un cuento titulado: “Cuidado con los Dinosaurios”. Desde entonces no he parado de escribir.

Me fascina ver cómo Dios ha creado a ciertas personas con la habilidad de crear mundos, personajes, y situaciones que mantienen a uno interesado. Inclusive los que dicen “A mí no me gusta leer, prefiero ver películas” deben darse cuenta que toda película está basada en un guión escrito por—escritores, vaya.

Al leer a Dickens, me sorprendo por su habilidad de contar largas historias con diversos personajes. Cuando leo a Tolkien, me pregunto cómo pudo imaginar tantos lugares, nombres, lenguajes, y al mismo tiempo entrelazarlo todo con una trama tan sencilla: destruir un anillo. Y tantas cosas que se podrían decir de Lewis, Christie, Conan Doyle, Verne, Tolstoy, o autores contemporáneos como King, Koontz, Dekker, Perretti, o Jenkins.

Pero hay un escritor que los sobrepasa a todos. No daré rodeos: hablo de Dios. Qué increíble es que Dios sea un escritor. Y no solamente eso, sino que dejó un libro lleno de historias. Allí se recuenta la vida de héroes y villanos; hay romance, asesinato, espionaje, decepción y emoción. Todos los elementos de una buena historia están presentes.

Y no olvidemos a Cristo, a quien le encantaba contar historias. Historias acerca de tesoros, de perlas, de ovejas, de banquetes, de ricos y pobres, de religiosos y pecadores, de padres corriendo a abrazar a hijos arrepentidos . . .

A Dios le gusta contar historias.

Y por encima de todas las historias de la Biblia, hay una historia entretejida la cual sujeta cada palabra a otra, cada oración a la que sigue, hasta llegar a un punto sucedido hace dos mil años: la cruz.

Es una historia como ninguna otra. Es una historia acerca de rebelión y de reconciliación; de un amor intenso y sin igual; de un amor perdonador.

La historia de Cristo Jesús.

De cómo Dios, aun cuando nosotros habíamos pecado contra Él, mandó a su único Hijo para reconciliarnos con Él mismo. Y Cristo vino a los suyos, a su creación, amándolos y anunciándoles las buenas nuevas, pero los suyos no le recibieron. Antes bien lo negaron, capturaron y crucificaron, avergonzándolo públicamente hasta morir.

Pero como toda magnífica historia, ¡hay un twist! Cristo no se quedó en la tumba, sino que resucitó: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Ésta es la historia de Redención. El que se arrepiente y cree en Jesucristo, recibe la vida eterna. Así que esta historia es como ninguna otra. Cuando uno termina de leer una novela, uno la deja en el librero y la vida sigue.

Pero cuando uno cree en la historia de Cristo, ya nada es igual. La vida cambia para siempre.