Fe es Confiar

Dios obra de formas que no entendemos. Cuando suceden cosas en nuestra vida que nos traigan gozo o tristeza, hay un punto en el que simplemente debemos decir, “Sucedió porque Dios quiso”. Encontrar la razón por la cual Dios hace lo que hace es tan misterioso como le sería un sudoku a un niño de un año.

Dios no piensa como nosotros. Dios no actúa como nosotros. Decir “Si yo fuera Dios, yo…” es absurdo. Nadie es ni puede ser como Él. Él es perfecto en sus decisiones y perfecto en sus razonamientos. Aún cuando no entendemos por qué decreta lo que quiere, no tenemos el derecho de cuestionarlo (Rom 9:20). Después de todo Él es Dios.

Muchas veces me pongo a pensar qué sería si Dios fuera un Dios malvado, como algunos de los dioses paganos. Si Dios fuera Todopoderoso y malvado, ¡hay de nosotros!

Sin embargo una y otra vez la Biblia nos enseña la naturaleza de Dios. Dios es clemente y misericordioso (Ps 145:8). Él es bueno para con todos (Ps 145:9). No solamente es amoroso, Él es amor (1 Jn 4:8).

No puedo negar que cuando suceden tragedias, a veces mi corazón se entristece y soy tentado a preguntarle a Dios, “¿Por qué?”. Y sigo en el proceso de confiar. Ya lo he dicho antes, pero con mucha razón decimos que somos de la Fe Cristiana. Uno no puede decir que tiene fe y al mismo tiempo decir que tiene duda. ¡Fe es creer, es confiar!

Así que cuando vienen las pruebas, las tragedias, las tristezas, no digas “Por qué”, sino más bien “Gracias”, porque el Señor sabe lo que hace y jamás ha cometido un error; y nunca lo hará.

Re:Post. Dibujando a Dios

Hoy me levanté pensando en éste episodio, así que decidí publicarlo de nuevo. Fue publicado originalmente en Agosto del 2009.
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Me metí a la camioneta porque no había otro lugar para descansar, y yo estaba absolutamente exhausto. Era la quinta semana de viaje misionero, y el calor en Tamazunchale, una ciudad en las montañas de San Luís Potosí, México, era casi insoportable. Algunos miembros del equipo habían salido al centro para comprar nieve, pero yo no quería nieve. Yo quería una Coca-Cola fría, o meterme a una alberca, o tomarme una siesta dentro de un refrigerador, o algo parecido.

Pero estábamos en una iglesia, a unas dos horas de que comenzara la reunión, y mis ojos se cerraban por la falta de descanso. Y en esos momentos, descansar era más importante que un refresco, o inclusive un vaso con agua fría. Así que tomé las llaves de la camioneta blanca para catorce pasajeros, me senté en el asiento del conductor, bajé las ventanas, me recliné hacia atrás, y cerré los ojos.

Segundos después sentí las gotas de sudor brotar en mi frente y encima de mis labios. Vaya calor.

A los diez minutos salió de la iglesia el misionero al que ayudábamos allí. Era un hombre bajito, de origen indígena, inteligente y buen predicador.

El misionero, a quien llamaré Hernán, entabló conversación con un niño de unos ocho años que se asomaba por encima de la barda que separaba el terreno de la iglesia con el de la casa vecina. El niño, vestido con una camisa roja, pedía algo de dinero "a los hermanos". El Sr. Hernán le dio un poco de comida y lo invitó a venir a la iglesia esa noche. El niño respondió algo, y segundos después el Sr. Hernán le preguntó al niño si tenía a Cristo en su corazón. El niño dijo que no.

"No te preocupes", respondió el Sr. Hernán, "métete allí a la camioneta, porque el muchacho allí dentro te va a decir cómo".

Abrí los ojos. ¿Eh? "Además" continuó el misionero, "él sabe dibujar. Dile que te enseñe a dibujar". ¿Yo, dibujar? Digo, sí me gusta dibujar, siempre y cuando se limite a hacer monitos de palitos, y—ya, es todo lo que sé dibujar, casi creo. El niño abrió la puerta de la camioneta, y me pidió que dibujara algo. En el carro había un pequeño pintarrón, un juguete que pertenecía a la hija de nuestro líder del equipo misionero. Lo tomé.

"¿Qué quieres que dibuje?" "Un animal". "¿Cuál?" "Eh, pues, un perro".

Dibujé un perro. O un oso. O una mascota alienígena. No estoy seguro.

Seguí dibujando por unos cinco minutos, hasta que el niño me pidió que dibujara algo que jamás me esperé.

"¿Puedes dibujar a Dios?"

La pregunta me tomó por sorpresa. "¿A Dios?" repetí. "Sí", me dijo. Nunca jamás imaginé que alguien me pediría algo así. El niño me miraba con expectación; su pregunta había sido completamente honesta.

Le dije, "A Dios nadie lo puede dibujar. Dios es tan grande que no cabe en ningún pizarrón. Dios es tan grande que no cabe en el mundo. ¡Dios es increíblemente grande!"

Y esa fue la perfecta transición para hablarle a ese niño de Dios, de su Hijo Jesucristo, y de Su muerte en la cruz por nosotros. Increíble cómo a veces el Señor nos pone en bandeja de plata la oportunidad de hablar el evangelio.

Dos horas después súbí al púlpito a predicar, y unos diez minutos después, en medio de la prédica, el niño de camisa roja entró a la iglesia y se sentó en el suelo junto a la puerta, a escuchar la predicación de la Palabra.