Libertad

El doctor entró al cuarto donde estaba yo sentado y después de presentarse me pidió que cerrara el ojo izquierdo. Me analizó el párpado, en donde tenía una pequeña bolita.
—Hmmm, sí—dijo el doctor—. Es un orzuelo—. Me explicó las causas y me hizo algunas preguntas rutinarias, como por cuánto tiempo lo había tenido y si sentía dolor. Me dijo que la única forma de deshacerme de él era con fomentos de agua caliente, o si quería algo más rápido, cirugía.

Le mostré dos botecitos con medicina, unas gotas y una pomada, y le expliqué que me la había estado poniendo a diario por un mes y medio. —Ya no las necesitas—me contestó—. Eso ya no te está haciendo efecto alguno. Esa medicina era para la infección, y tú ya no tienes infección.

—¿Entonces no tiene caso que me la siga poniendo?

—No. Probablemente te la has estado poniendo sin necesidad por algún tiempo.

Me había puesto la medicina en el ojo casi religiosamente cada día, y aunque tenía la sospecha de que ya no me hacía efecto alguno, no fue hasta que el doctor me lo dijo que pude dejar por completo el medicamento. Es increíble que, si no fuera por ésas simples palabras de parte de un profesional—"ya no las necesitas"—tal vez hoy seguiría usando un medicamento innecesario en mi ojo.

Las palabras tienen poder, incluso poder de liberación. Y sin embargo, no hay palabras más poderosas que las del Señor Jesucristo. Ellas tienen verdaderamente el poder de libertar.

En Juan 8, Jesús está hablando con judíos que habían creído en Él, y les dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Cristo pone muy en claro que un verdadero discípulo no es aquel que simplemente dice serlo, sino es aquel quien verdaderamente cree y hace lo que Cristo dijo. Aquellos que permanecen en su palabra, la cual es la verdad (ya que Cristo mismo es la verdad [Juan 14:6]), son libres. Es decir, la Palabra de Cristo, la cual está perfectamente representada en la Biblia y no existe fuera de ella, puede liberar a las personas.

Los judíos en el v. 33 responden rascándose la cabeza. —Un momento—dicen—. ¡Nosotros ya somos libres! Nadie es nuestro dueño, no hemos sido comprados por nadie o mucho menos capturados por nadie. Jesús… ¿de qué estás hablando?

La respuesta de Cristo es tan resonante hoy como en aquel entonces. “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v. 34, 36).

Allí está el punto. Los judíos estaban confundidos debido a sus ideas mesiánicas. Para ellos el Mesías vendría como un libertador quien pondría a Israel como la potencia mundial. Así que obviamente, cuando Cristo habló de libertad, ellos pensaban que se refería a opresión física.

Pero no. Cristo no se refería a esclavitud física, sino espiritual.

“Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”.

Muchos de nuestros países latinoamericanos acaban de celebrar su día de independencia. México celebró 200 años de independencia. Si Cristo viviera hoy y caminara por las calles de México, y dijera lo mismo que dijo hace 2,000 años, la gente probablemente respondería: —Un momento. ¡Nosotros ya somos libres! ¡Hemos sido libres por 200 años! ¿Qué no ves las luces y los colores? ¿Qué no ves las estatuas de los padres de la patria? Jesús… ¿de qué estás hablando?

Pero la respuesta de Jesucristo hoy es la misma. Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

Si tan sólo pudiéramos ver con ojos espirituales. Al salir a la calle no veríamos libertad, sino esclavitud. Gente cargando la pesada carga de la deuda, esposada con la lujuria y la pornografía, arrastrando la cadena del amor al dinero y la corrupción. Algunos tan esclavizados por su pecado que ya no se pueden ni mover, están dentro de una camisa de fuerza siendo acarreados por los demonios directo al infierno.

La respuesta es Cristo. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.

¿Conoces a Cristo? ¿Permaneces en su Palabra? ¿Conoces la verdad?

¿Eres libre?


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