Misericordiosos y Justos


Me detuve cuando el semáforo cambió a rojo. A mi izquierda, las vías del tren. Frente, junto y detrás de mí, muchos autos. Eran las diez de la noche y manejábamos rumbo a la casa de mi abuelita para celebrar la nochebuena y Navidad. Ya que toda mi familia vive en la misma ciudad, siempre dividimos el tiempo entre las dos familias en nochebuena.

El semáforo continuaba en rojo, y entonces vi que se acercaba a nosotros un hombre caminando a tientas, con un bastón en su mano derecha con el cual se guiaba, y lo que parecía una lata en la mano izquierda, posiblemente para escuchar el sonido de las monedas al golpear la base. El hombre se acercó. Sus ojos blanquecinos no miraban en mi dirección.

Aquí estaba yo, sentado en mi auto, vestido en ropa confortable y relativamente nueva, listo para celebrar la Navidad con comida en exceso, mientras que éste hombre mendigaba en las calles.

Rápidamente saqué dinero y lo puse en la lata. Clank. “Que Dios lo bendiga”, le dije.

Mi ciudad, como todas, está llena de pobreza. Hay gente mendigando en muchos de los cruceros, y las montañas están llenas de casas mal construidas en donde vive gente que a penas y puede vivir.

Me he percatado que lamentablemente muchos Cristianos ignoran— conscientemente o no—la responsabilidad que tenemos hacia aquellos que se encuentran en necesidad. Cuando he hablado de este tema con algunos, me sorprendo al escuchar respuestas como, “Si son pobres es porque se lo merecen”; o, “es que son flojos”; o peor aún, “la Biblia nunca manda que ayudemos a los pobres”.

Este tema, acerca de la responsabilidad cristiana hacia la pobreza, comenzó a interesarme cuando llegué en mi lectura diaria al libro de los Salmos. Encontré que Dios se preocupa por los pobres. Por ejemplo, Dios dice, “Por la opresión de los pobres, por el gemido de los menesterosos, ahora me levantaré, dice Jehová” (Salmo 12:5). El Salmo 72, el cual habla de las características de un rey justo, dice en los vss. 12-13, “Porque él [el rey justo] librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres”. Y el Salmo 112, el cual considero que es, por así decirlo, el capítulo del “hombre virtuoso”, dice en el v.9, “reparte, da a los pobres; su justicia permanece para siempre”.

Pronto me di cuenta de que la Biblia está llena de mandamientos a ser misericordiosos y justos con aquellos que padecen necesidad. La Ley contiene varios mandamientos específicamente para ayudar a los pobres. Y esto no sólo en el Antiguo Pacto, ¡sino también en el Nuevo!

Por ejemplo, cuando los discípulos de Juan le preguntaron a Jesús si era el Mesías, ¿cómo respondió? “Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados […] y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:4-5). Jesucristo se preocupaba por aquellos en opresión. De hecho, algunas de las enseñanzas de Cristo en cuanto a la actitud de los creyentes hacia los oprimidos son radicales. ¡Cristo habla de hacer banquetes e invitar específicamente a los necesitados (Lu 14)! Y si alguien cree que Cristo nunca mandó dar limosna, es porque no ha leído Mateo 6:3, en donde Cristo dice, “mas tú, cuando des limosna…” No dice “si das”, sino “cuando des”.

En fin, al analizar las Escrituras, he llegado a la conclusión que un Cristiano que no se preocupa por hacer justicia en la Tierra no ha comprendido bien la Biblia. ¿Debemos, entonces, repartir dinero, comida, y ropa sin dar el evangelio? Por supuesto que no. La una cosa no niega ni excluye la otra. Pero una persona que le da el evangelio a un pobre y no le ayuda en su pobreza, es un mal representante de Cristo.

Recomiendo la lectura del excelente libro, Generous Justice: How God’s Grace Makes us Just (Justicia Generosa: Cómo la Gracia de Dios nos Hace Justos) por Tim Keller, quien es un evangélico conservador y pastor de la iglesia Presbiteriana Redeemer en Nueva York. Espero tener una reseña del libro pronto en el blog.

Agradecido


En el otoño del 2004, yo caminaba rumbo al comedor de la universidad en donde ahora trabajo, pensando en lo tonto que había sido.

“Estoy loco”, pensé. Había dejado mi familia, amigos, país, ciudad, y lenguaje para estudiar en un lugar nuevo en donde sólo conocía a una persona. Para ser sincero, yo prefiero las cosas normales. No soy muy aventurero, y aunque no me asusta el cambio, esta vez me había excedido.

Recuerdo perfectamente el lugar en donde me invadió ese pensamiento: a unos quince metros de llegar al comedor, junto al estacionamiento detrás del museo de la universidad. Por varias semanas seguí pensando en lo mismo. Tal vez todavía podía regresar. Decir que todo había sido un error.

Sin embargo algo me detenía: estaba seguro que la voluntad de Dios era que me quedara en donde estaba. Y prefería estar en donde Dios quería y no donde yo en esos momentos deseaba.

Siete años después le doy gracias a Dios porque usó muchas situaciones, además de darme un fuerte deseo en mi corazón, para quedarme. Por supuesto, sigo con los ojos fijos en regresar a mi país para predicar el evangelio, pero éstos años no los cambio por nada. Dios ha bendecido en sobreabundancia con amigos, excelentes profesores, un trabajo que me encanta y una iglesia que es como mi familia.

Así que con estas breves palabras quiero dar testimonio y decir que Dios es bueno y que para siempre es Su misericordia.

Una historia como ninguna otra

Contar y escuchar historias es uno de mis pasatiempos favoritos. Me encanta leer, ver o escuchar buenas historias. También me gusta escribir ficción, es decir, escribir historias inventadas. Recuerdo el primer cuento que escribí cuando tenía ocho años. Todavía lo tengo guardado, con un sin número de faltas de ortografía y letra que se asemeja a antiguos jeroglíficos.

En aquel entonces unos amigos de la escuela andaban con la novedad de escribir y vender cuentos por $1.50 pesos, así que yo compré uno y al leerlo me di cuenta que no parecía ser algo muy difícil de hacer. Si ellos podían, ¿por qué yo no? Así que escribí un cuento titulado: “Cuidado con los Dinosaurios”. Desde entonces no he parado de escribir.

Me fascina ver cómo Dios ha creado a ciertas personas con la habilidad de crear mundos, personajes, y situaciones que mantienen a uno interesado. Inclusive los que dicen “A mí no me gusta leer, prefiero ver películas” deben darse cuenta que toda película está basada en un guión escrito por—escritores, vaya.

Al leer a Dickens, me sorprendo por su habilidad de contar largas historias con diversos personajes. Cuando leo a Tolkien, me pregunto cómo pudo imaginar tantos lugares, nombres, lenguajes, y al mismo tiempo entrelazarlo todo con una trama tan sencilla: destruir un anillo. Y tantas cosas que se podrían decir de Lewis, Christie, Conan Doyle, Verne, Tolstoy, o autores contemporáneos como King, Koontz, Dekker, Perretti, o Jenkins.

Pero hay un escritor que los sobrepasa a todos. No daré rodeos: hablo de Dios. Qué increíble es que Dios sea un escritor. Y no solamente eso, sino que dejó un libro lleno de historias. Allí se recuenta la vida de héroes y villanos; hay romance, asesinato, espionaje, decepción y emoción. Todos los elementos de una buena historia están presentes.

Y no olvidemos a Cristo, a quien le encantaba contar historias. Historias acerca de tesoros, de perlas, de ovejas, de banquetes, de ricos y pobres, de religiosos y pecadores, de padres corriendo a abrazar a hijos arrepentidos . . .

A Dios le gusta contar historias.

Y por encima de todas las historias de la Biblia, hay una historia entretejida la cual sujeta cada palabra a otra, cada oración a la que sigue, hasta llegar a un punto sucedido hace dos mil años: la cruz.

Es una historia como ninguna otra. Es una historia acerca de rebelión y de reconciliación; de un amor intenso y sin igual; de un amor perdonador.

La historia de Cristo Jesús.

De cómo Dios, aun cuando nosotros habíamos pecado contra Él, mandó a su único Hijo para reconciliarnos con Él mismo. Y Cristo vino a los suyos, a su creación, amándolos y anunciándoles las buenas nuevas, pero los suyos no le recibieron. Antes bien lo negaron, capturaron y crucificaron, avergonzándolo públicamente hasta morir.

Pero como toda magnífica historia, ¡hay un twist! Cristo no se quedó en la tumba, sino que resucitó: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Ésta es la historia de Redención. El que se arrepiente y cree en Jesucristo, recibe la vida eterna. Así que esta historia es como ninguna otra. Cuando uno termina de leer una novela, uno la deja en el librero y la vida sigue.

Pero cuando uno cree en la historia de Cristo, ya nada es igual. La vida cambia para siempre.

Fe es Confiar

Dios obra de formas que no entendemos. Cuando suceden cosas en nuestra vida que nos traigan gozo o tristeza, hay un punto en el que simplemente debemos decir, “Sucedió porque Dios quiso”. Encontrar la razón por la cual Dios hace lo que hace es tan misterioso como le sería un sudoku a un niño de un año.

Dios no piensa como nosotros. Dios no actúa como nosotros. Decir “Si yo fuera Dios, yo…” es absurdo. Nadie es ni puede ser como Él. Él es perfecto en sus decisiones y perfecto en sus razonamientos. Aún cuando no entendemos por qué decreta lo que quiere, no tenemos el derecho de cuestionarlo (Rom 9:20). Después de todo Él es Dios.

Muchas veces me pongo a pensar qué sería si Dios fuera un Dios malvado, como algunos de los dioses paganos. Si Dios fuera Todopoderoso y malvado, ¡hay de nosotros!

Sin embargo una y otra vez la Biblia nos enseña la naturaleza de Dios. Dios es clemente y misericordioso (Ps 145:8). Él es bueno para con todos (Ps 145:9). No solamente es amoroso, Él es amor (1 Jn 4:8).

No puedo negar que cuando suceden tragedias, a veces mi corazón se entristece y soy tentado a preguntarle a Dios, “¿Por qué?”. Y sigo en el proceso de confiar. Ya lo he dicho antes, pero con mucha razón decimos que somos de la Fe Cristiana. Uno no puede decir que tiene fe y al mismo tiempo decir que tiene duda. ¡Fe es creer, es confiar!

Así que cuando vienen las pruebas, las tragedias, las tristezas, no digas “Por qué”, sino más bien “Gracias”, porque el Señor sabe lo que hace y jamás ha cometido un error; y nunca lo hará.

Re:Post. Dibujando a Dios

Hoy me levanté pensando en éste episodio, así que decidí publicarlo de nuevo. Fue publicado originalmente en Agosto del 2009.
--------------------------------------------
Me metí a la camioneta porque no había otro lugar para descansar, y yo estaba absolutamente exhausto. Era la quinta semana de viaje misionero, y el calor en Tamazunchale, una ciudad en las montañas de San Luís Potosí, México, era casi insoportable. Algunos miembros del equipo habían salido al centro para comprar nieve, pero yo no quería nieve. Yo quería una Coca-Cola fría, o meterme a una alberca, o tomarme una siesta dentro de un refrigerador, o algo parecido.

Pero estábamos en una iglesia, a unas dos horas de que comenzara la reunión, y mis ojos se cerraban por la falta de descanso. Y en esos momentos, descansar era más importante que un refresco, o inclusive un vaso con agua fría. Así que tomé las llaves de la camioneta blanca para catorce pasajeros, me senté en el asiento del conductor, bajé las ventanas, me recliné hacia atrás, y cerré los ojos.

Segundos después sentí las gotas de sudor brotar en mi frente y encima de mis labios. Vaya calor.

A los diez minutos salió de la iglesia el misionero al que ayudábamos allí. Era un hombre bajito, de origen indígena, inteligente y buen predicador.

El misionero, a quien llamaré Hernán, entabló conversación con un niño de unos ocho años que se asomaba por encima de la barda que separaba el terreno de la iglesia con el de la casa vecina. El niño, vestido con una camisa roja, pedía algo de dinero "a los hermanos". El Sr. Hernán le dio un poco de comida y lo invitó a venir a la iglesia esa noche. El niño respondió algo, y segundos después el Sr. Hernán le preguntó al niño si tenía a Cristo en su corazón. El niño dijo que no.

"No te preocupes", respondió el Sr. Hernán, "métete allí a la camioneta, porque el muchacho allí dentro te va a decir cómo".

Abrí los ojos. ¿Eh? "Además" continuó el misionero, "él sabe dibujar. Dile que te enseñe a dibujar". ¿Yo, dibujar? Digo, sí me gusta dibujar, siempre y cuando se limite a hacer monitos de palitos, y—ya, es todo lo que sé dibujar, casi creo. El niño abrió la puerta de la camioneta, y me pidió que dibujara algo. En el carro había un pequeño pintarrón, un juguete que pertenecía a la hija de nuestro líder del equipo misionero. Lo tomé.

"¿Qué quieres que dibuje?" "Un animal". "¿Cuál?" "Eh, pues, un perro".

Dibujé un perro. O un oso. O una mascota alienígena. No estoy seguro.

Seguí dibujando por unos cinco minutos, hasta que el niño me pidió que dibujara algo que jamás me esperé.

"¿Puedes dibujar a Dios?"

La pregunta me tomó por sorpresa. "¿A Dios?" repetí. "Sí", me dijo. Nunca jamás imaginé que alguien me pediría algo así. El niño me miraba con expectación; su pregunta había sido completamente honesta.

Le dije, "A Dios nadie lo puede dibujar. Dios es tan grande que no cabe en ningún pizarrón. Dios es tan grande que no cabe en el mundo. ¡Dios es increíblemente grande!"

Y esa fue la perfecta transición para hablarle a ese niño de Dios, de su Hijo Jesucristo, y de Su muerte en la cruz por nosotros. Increíble cómo a veces el Señor nos pone en bandeja de plata la oportunidad de hablar el evangelio.

Dos horas después súbí al púlpito a predicar, y unos diez minutos después, en medio de la prédica, el niño de camisa roja entró a la iglesia y se sentó en el suelo junto a la puerta, a escuchar la predicación de la Palabra.

Libertad

El doctor entró al cuarto donde estaba yo sentado y después de presentarse me pidió que cerrara el ojo izquierdo. Me analizó el párpado, en donde tenía una pequeña bolita.
—Hmmm, sí—dijo el doctor—. Es un orzuelo—. Me explicó las causas y me hizo algunas preguntas rutinarias, como por cuánto tiempo lo había tenido y si sentía dolor. Me dijo que la única forma de deshacerme de él era con fomentos de agua caliente, o si quería algo más rápido, cirugía.

Le mostré dos botecitos con medicina, unas gotas y una pomada, y le expliqué que me la había estado poniendo a diario por un mes y medio. —Ya no las necesitas—me contestó—. Eso ya no te está haciendo efecto alguno. Esa medicina era para la infección, y tú ya no tienes infección.

—¿Entonces no tiene caso que me la siga poniendo?

—No. Probablemente te la has estado poniendo sin necesidad por algún tiempo.

Me había puesto la medicina en el ojo casi religiosamente cada día, y aunque tenía la sospecha de que ya no me hacía efecto alguno, no fue hasta que el doctor me lo dijo que pude dejar por completo el medicamento. Es increíble que, si no fuera por ésas simples palabras de parte de un profesional—"ya no las necesitas"—tal vez hoy seguiría usando un medicamento innecesario en mi ojo.

Las palabras tienen poder, incluso poder de liberación. Y sin embargo, no hay palabras más poderosas que las del Señor Jesucristo. Ellas tienen verdaderamente el poder de libertar.

En Juan 8, Jesús está hablando con judíos que habían creído en Él, y les dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Cristo pone muy en claro que un verdadero discípulo no es aquel que simplemente dice serlo, sino es aquel quien verdaderamente cree y hace lo que Cristo dijo. Aquellos que permanecen en su palabra, la cual es la verdad (ya que Cristo mismo es la verdad [Juan 14:6]), son libres. Es decir, la Palabra de Cristo, la cual está perfectamente representada en la Biblia y no existe fuera de ella, puede liberar a las personas.

Los judíos en el v. 33 responden rascándose la cabeza. —Un momento—dicen—. ¡Nosotros ya somos libres! Nadie es nuestro dueño, no hemos sido comprados por nadie o mucho menos capturados por nadie. Jesús… ¿de qué estás hablando?

La respuesta de Cristo es tan resonante hoy como en aquel entonces. “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v. 34, 36).

Allí está el punto. Los judíos estaban confundidos debido a sus ideas mesiánicas. Para ellos el Mesías vendría como un libertador quien pondría a Israel como la potencia mundial. Así que obviamente, cuando Cristo habló de libertad, ellos pensaban que se refería a opresión física.

Pero no. Cristo no se refería a esclavitud física, sino espiritual.

“Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”.

Muchos de nuestros países latinoamericanos acaban de celebrar su día de independencia. México celebró 200 años de independencia. Si Cristo viviera hoy y caminara por las calles de México, y dijera lo mismo que dijo hace 2,000 años, la gente probablemente respondería: —Un momento. ¡Nosotros ya somos libres! ¡Hemos sido libres por 200 años! ¿Qué no ves las luces y los colores? ¿Qué no ves las estatuas de los padres de la patria? Jesús… ¿de qué estás hablando?

Pero la respuesta de Jesucristo hoy es la misma. Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

Si tan sólo pudiéramos ver con ojos espirituales. Al salir a la calle no veríamos libertad, sino esclavitud. Gente cargando la pesada carga de la deuda, esposada con la lujuria y la pornografía, arrastrando la cadena del amor al dinero y la corrupción. Algunos tan esclavizados por su pecado que ya no se pueden ni mover, están dentro de una camisa de fuerza siendo acarreados por los demonios directo al infierno.

La respuesta es Cristo. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.

¿Conoces a Cristo? ¿Permaneces en su Palabra? ¿Conoces la verdad?

¿Eres libre?


Scrivener ahora también en Windows

Srivener es, en mi opinión, el mejor software que existe para escritores. Personalmente estoy enamorado de éste programa, tanto así que extraño escribir porque extraño usar Scrivener. Es uno de esos programas que son el sueño de todo escritor, que tiene las cosas necesarias para escribir sin distracciones, y además no es muy caro y tiene descuento educativo. He usado Scrivener para escribir posteos, trabajos académicos, y sobre todo mis cuentos y novelas. Cuando salga la versión 2.0, seré uno de los que la compran.

Ahora, por primera vez, Scrivener estará disponible en versión PC, ya que hasta ahora solamente era un programa para computadoras superiores, es decir, Mac. :)

Así que si todavía usas una PC, y te gusta escribir, pronto Scrivener estará disponible para ti. Algunos links:

Con los Ojos en Cristo

Asistí por dieciocho años a una escuela cristiana en la cual teníamos una competencia anual deportiva, la cual llamábamos las “Mini-Olimpiadas”. Todos los alumnos concursábamos unos contra otros en diversas categorías como lanzamiento de bala, ajedrez, salto, y otros.
Pero para mí, sólo una competencia importaba: los cien metros planos.
Mi máxima ambición una vez al año era ganar la competencia de los cien metros planos, sin importar si sacaba otras medallas o no. ¿A quién le interesa una medalla de primer lugar en salto? ¡A mí no! ¿Pero los cien metros? Ohhh, sí, a mí. Y no solamente a mí, sino a muchos otros de mis compañeros, ya que por alguna razón ésa era considerada una de las competencias más importantes de la Mini-Olimpiada.
Así que yo me tomaba muy en serio la carrera. Es por eso que algunas semanas antes de la competencia, mi papá y yo (él también se tomaba la competencia en serio pues sabía lo importante que era para mí) salíamos a algún parque a entrenar.
Mi papá tomaba un cronómetro, y medía el tiempo que me tomaba correr cien metros. Además se aseguraba que tuviera una salida rápida. Una vez inclusive trajo a un entrenador deportivo para que me diera tips.
Pero había una enseñanza, un mandamiento de mi papá que era el más importante de todos. Mi papá me decía: “Yo me voy a poner al final de la carrera, exactamente frente a ti, y cuando corras, tienes prohibido mirar a otro lado. Tienes que mantener tu vista fija en mí por toda la carrera. No te distraigas. No mires quién va atrás, adelante o junto a ti, pues si lo haces vas a perder tiempo. Fija tus ojos en mí”.
Así que llegaba la carrera, y con ella la adrenalina. Nos poníamos en posición, y yo podía ver a mi papá justo frente a mí en la línea de meta. Repentinamente sonaba el silbato, y las porras desaparecían, y por ésos segundos que la carrera duraba yo solamente veía a mi papá saltando y agitando los brazos mientras gritaba vamos, vamos, vamos, vamos. Y en un dos por tres terminaba la carrera al llegar a mi papá.
Aunque no soy muy veloz, puedo decir sinceramente que gané muchas más veces de las que perdí.
Hebreos 12:1-2 dice, “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,” y luego mi parte favorita: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”
La vida cristiana es una carrera. Antes de nosotros han corrido grandes hombres y mujeres de la fe, quienes como lo escribió el autor de Hebreos de una manera que siempre trae lágrimas a mis ojos, “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra” (Hebreos 11:37-38). Ellos son la grande nube de testigos. Ellos son quienes, por decirlo así, están en las gradas observando nuestra carrera.

¿Pero es en ellos en donde debemos de fijar nuestros ojos? No. Ni siquiera en los que corren con nosotros. Puestos los ojos en Jesús. ¡En Jesús! No en los meros humanos, sino en el Dios-hombre, Cristo Jesús, quien es el que comenzó y consumó nuestra fe, quien sufrió por nuestros pecados sin importarle la vergüenza, y ahora está sentado en majestad como el Rey de reyes y Señor de señores.
¿Dónde tienes tu mirada? ¿En quién has fijado tus ojos? Un himno dice, Fija tus ojos en Cristo… y lo terrenal sin valor será a la luz del glorioso Señor.

Que esta sea una realidad en tu vida y en la mía.

La Palabra de Dios

Para una de mis clases he estado leyendo Christ-Centered Preaching (Predicación Cristo-céntrica) por Bryan Chapell, quien es el presidente del Covenant Theological Seminary, y el libro es excelente. 

Mientras el autor hablaba de la importancia de la Biblia y su poder transformador, Chapell dice que Cristo y la Palabra son uno. Es decir, la Biblia es el perfecto reflejo de Cristo mismo. La Biblia jamás contradice a Cristo, como algunos especulan diciendo que la teología de los Apóstoles y la que enseñó Cristo no concuerdan. 

Un versículo que me pareció muy interesante fue 1 Pedro 1:23, que dice: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. En este capítulo Pedro está hablando de la poderosa redención de Cristo, y de acuerdo a Chapell, es muy probable que en el vs. 23, al hablar de la “palabra de Dios”, Pedro está jugando con palabras, es decir, éste pasaje se se refiere a la Biblia y también a Cristo, quien es el Verbo, o la Palabra (en griego, logos; en este pasaje Pedro usa la expresión logou theou, que quiere decir la Palabra de Dios). 

Así que cuando leemos la Biblia, podemos estar seguros que concuerda perfectamente con Cristo, y que tiene el poder sobrenatural de darnos vida.
 

Nuevo Semestre

Pues las clases han comensado de nuevo. Es mi tercer año en el seminario (de cinco) y el primero de profesor. Hasta ahorita ningún alumno se ha dormido en mis clases, así que vamos bien.

Hoy he estado meditando en la bondad de Dios, y en lo bueno que es con sus hijos. "Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12). Increíble que uno pueda recibir la potestad de ser un hijo de Dios tan sólo por creer y recibirle. Es uno de los misterios del infinito amor de Dios.

Este año será uno ocupado ya que como siempre tengo que leer cientos de hojas, componer muchos trabajos, memorizar versículos, nombres y lugares, seguir aprendiendo Griego (materia que sigue siendo la más dificil), y además de todo, la gran responsabilidad de enseñar español en una universidad de alto grado académico.

Pues bien, un nuevo año en el seminario, y una nueva etapa en la docencia; no se me quita la emoción. Termino con una frase de William Carey, el gran misionero: "Espera grandes cosas de parte de Dios; procura hacer grandes cosas para Dios". 




Lo que México desesperadamente necesita.

Un candidato brutalmente asesinado. Un alcalde muerto. Setenta y dos indocumentados acribillados por grupos delictivos. México está viviendo una ola de delincuencia y brutal violencia sin precedentes.
¿Qué es lo que se necesita para que todo esto cambie?
¿Mejor educación? Sí, México necesita mejor educación.
¿Mejores penas a los criminales? Sí, México lo necesita.
¿Mejores gobernantes? Sin duda.
La lista podría continuar. México necesita de todo esto para mejorar. Pero éstas cosas no son lo que México necesita desesperadamente.
Lo que México necesita desesperadamente es que la Iglesia despierte y con verdadero amor y convicción comparta el Evangelio a toda persona y haga discípulos de aquellos que creen.
Lo que México necesita desesperadamente es el poder transformador del Evangelio de Jesucristo.

No te la creas

A mi departamento llega mucho correo basura, el cual inevitablemente termina en el cesto de reciclaje. Esta semana me llegó uno que tenía pegado una llave de un auto, y me llamó la atención el pensar cuánto habría gastado la compañía en mandar fabricar posiblemente miles de llaves genéricas para llamar la atención de la gente, cosa que habían logrado conmigo.
Entonces vi que en ese mismo panfleto había una sección de “Rasca y gana”, con un premio de 25,000 dólares, y como tenía la llave en mano lo hice y los números que aparecieron eran los mismos que los números ganadores.
No, no me emocioné, en serio. Después de todo, este panfleto era de una compañía de autos usados, y no es por querer ser un “estereotipador” (¿palabra inventada?) pero cuando pienso en un negocio confiable, un lote de autos usados no es lo primero que se me viene a la mente.
Leí la letra pequeña y vi que había que hacer algo más, pero estaba redactado de una forma suficientemente vaga como para que me entrara la curiosidad.
Le conté a un amigo lo sucedido y me preguntó, “Digamos que sí te ganas el dinero. ¿Qué harías con 25,000 dólares?” Buena pregunta. Pensé en dar el 10% a misiones, el 10% para gastos personales, y el resto para pagar el seminario (aunque eso de pagar el seminario con dinero ganado al azar… hmmm…). O tal vez gastarlo todo en comprar una mega biblioteca del tamaño de la de el monstruo de la Bella y la Bestia, ¿quién no sueña con tener una biblioteca así? (Iva a escribir: “una biblioteca del tamaño de la de la bestia”, pero eso suena mal por muchas razones. Pista: Apocalipsis).
Bueno para no hacerla larga, en lugar de ganar 25,000 dólares, los cuales me pertenecían, gané tres monedas doradas las cuales valen la exhorbitante cantidad de $1 cada una.
¿Moralejas? 1) Los estereotipos nos son buenos, pero por algo son estereotipos. 2) Si no te lo estás ganando con el sudor de tu frente, probablemente no deberías de querer tener ese dinero.
¿Salió algo de bueno de esto? Sí. Ahora tengo tres monedas doradas para mi próximo truco de magia.

Seguidor de Cristo

Por lo menos para mí (y creo que para muchos otros también), el pecado que  ocurre en la mente es el más fácil de cometer. Allí, en la parte más recóndita de nuestro cerebro, nos sentimos a gusto y a salvo, lejos del ojo acusador de cualquiera, y en nuestra ignorancia creemos que tal vez, quizá, Dios tampoco pueda vernos.
Ayer por la tarde algunos pensamientos querían invadir mi mente, y doy gracias a Dios que se encontraron con un muro: un versículo.
Este versículo vino de la nada—por decirlo así—, ya que no le he leído últimamente. Son las ventajas de la memorización.
Fue Lucas 9:23, “Y [Jesús] decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.
Las palabras de Cristo pueden ser algo escandalosas. Si uno se pone a pensar qué es lo que Jesús está pidiendo de aquellos que quieren seguirlo, parece demasiado exigente. ¿Negarse a uno mismo? ¿Tomar la cruz—cada día? 
Negarse a sí mismo.
El mensaje del mundo secular es el de auto-satisfacción. Conocemos algunos de los slogans famosos, los cuales nos dicen que cuando se trata de nuestra vida, debemos de “sólo hacerlo” o “seguir nuestros instintos”.
Y sin embargo Cristo dice algo completamente opuesto. “Si quieres ser mi seguidor” dice Cristo, “niégate a ti mismo”. ¿Puedes imaginar si un producto tuviera esta frase como su slogan? ¿Que dijeran algo como: “Sólo niégate”? ¡No se vendería el producto!
Pero eso es exactamente lo que Cristo pide de aquellos que quieren ser Cristianos. Es interesante que en ese versículo Cristo usa dos palabras que significan lo opuesto en Griego: “niéguese” vs. “sígame”.
Negarnos a nosotros mismos incluye muchas cosas, pero creo que una de las principales es negarnos el supuesto derecho a controlar nuestra vida. Es cederle el timón al Señor. Es darle el control de nuestras acciones, palabras y pensamientos. Es pensar, “Aunque este pensamiento inmoral me traerá placer inmediato, voy a negarme este placer porque no me sirvo a mí mismo, sirvo a otro”.
A aquellos que piensan que esto es pedir demasiado, la respuesta es simple: no puedes ser un discípulo de Cristo.
Tomar la Cruz.
En aquel tiempo la cruz era un símbolo de vergüenza y sufrimiento. Se dice que aquel que era sentenciado a muerte por crucifixión debía de cargar con por lo menos uno de los postes de madera hasta el lugar de su ejecución. Era como tortura que culminaba con una muerte lenta, dolorosa y cruel.
Cristo nos llama a estar dispuestos a vivir una vida de sufrimiento—la cual puede inclusive culminar en la muerte terrenal. Y aún más, nos llama a renovar esa disposición cada que damos el primer parpadeo del día: “tome su cruz cada día”.
Pero eso no es lo que el mundo nos dice. Cada nuevo gadget tiene como propósito hacernos la vida un poco más fácil. El sueño de toda persona es tener un buen trabajo, una casa grande y un carro nuevo.
Si pudiéramos personificar al mundo, diría: “Si alguno quiere ser mi discípulo, satisfágase a sí mismo, simplifique su vida cada día, y sígame”.
El Costo de ser Cristiano.
No creo que como Cristianos debamos de deshacernos de nuestras computadoras, comprar un auto último mugrero y mudarnos a una casa sin luz y agua. Sin embargo, creo que sin duda se nos pide negarnos los placeres mundanos, pecaminosos y terrenales, y estar dispuestos a vivir una vida de sufrimiento si Dios lo quiere.
Si alguien no está dispuesto, la respuesta es simple: dejarse de llamar Cristiano.
Así que aunque las tentaciones son duras y el placer inmediato del pecado nos seduce, debemos de negarnos a nosotros mismos. Nuestro dueño es Cristo. Él nos salvó, y los placeres de la vida santa son aún mayores que cualquier deleite pasajero. Las promesas y recompensas que Cristo da a aquellos que hacen lo que Él manda son infinitamente superiores a cualquier cosa que Satanás y el pecado puedan ofrecer. Pero la pregunta es, a la hora de la hora, ¿estamos dispuestos?
Tal vez tú te llamas Cristiano. Si piensas que lo que Cristo pide de ti es algo que no estás dispuesto a dar, te recomiendo pensarlo dos veces antes de presentarte como un seguidor de Cristo.

Conferencia: Doctrinas Básicas de la Fe

En un mundo lleno de información, es importante que el Cristiano sepa lo que cree, por qué lo cree, y por qué es importante creerlo. En estas conferencias se expondrán algunas de las bases de la Fe Cristiana desde un punto de vista Bíblico, para así equipar a los asistentes con no solamente conocimiento, sino también pasión por Dios.

Conferencista: Emanuel Elizondo

Temas:
La Trinidad: ¿Cómo puede ser un Dios en tres Personas?
Dios: ¿Existe Dios?
Cristo: ¿Cómo puede ser Dios y hombre al mismo tiempo?
La Biblia: Su inerrancia, inspiración y autoridad.

Fechas: Miércoles 11, Jueves 12, Viernes 13 de Agosto, 2010.

Hora: 7:30 p.m.

Lugar: Iglesia Vida Nueva, Emaús Sur.

Costo: ¡Gratis!

Qué traer: Una Biblia, libreta y pluma.

Invitados:

Invitación abierta. Primordialmente cristianos, pero incrédulos pueden asistir.

Orando por la iglesia perseguida


“Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo” (Hebreos 13:3).

Creo que la gran mayoría, si no es que todos los lectores de este blog viven en algún país en donde ser cristiano no es un crimen. No es así en todo el mundo. Desde hace tiempo he tratado de orar frecuentemente por la iglesia perseguida, y para ello tengo como recordatorio un mapa justo encima de mi estudio en donde aparecen en rojo aquellos países en donde ser cristiano trae encarcelamiento, tortura, o muerte.

Para ver un mapa donde aparecen países restringidos, haz clic aquí.

En la página en inglés de La Voz de los Mártires (www.persecution.com), uno puede ayudar a financiar el contrabando de Biblias en donde es prohibido imprimir o tener una, también mandar cartas a hermanos y hermanas en prisión, mandar “paquetes de acción” con literatura y ayuda humanitaria como ropa y comida, y mantenerse al tanto de la situación de la iglesia perseguida.

Yo estoy suscrito gratuitamente a la revista de la Voz de los Mártires en inglés, y en español se pueden leer algunos de los boletines aquí.

Debemos pensar que hay gente muriendo y siendo torturada por creer lo mismo que tú y yo creemos—que Cristo es el Salvador del mundo, y que la salvación es solamente a través de Él (como Cristo mismo lo dijo en Juan 14:6). No olvidemos a nuestros hermanos en cadenas, sino apoyémolos como podamos, ya sea en oración o monetariamente, sabiendo que nuestro sentimiento debe ser “como si estuvierais presos juntamente con ellos”.

¿Cuándo fue la última vez que oraste por la iglesia perseguida en China, Belarús, India, Paquistán, Comoros, Sudán, Afganistán, y todas las demás naciones restringidas? Puedes hacerlo al terminar de leer esta línea.

Cuidado al Hablar


Quisiera darle seguimiento a mi artículo de antier acerca de cómo debe ser nuestro hablar y escribir como cristianos.

¿Qué no era Cristo bastante fuerte en su hablar?
Es cierto que Cristo en ocasiones usó lenguaje fuerte en contra de algunas personas, en especial los fariseos y los escribas. Por ejemplo, en Mateo 12:34 Cristo llama a los fariseos "víboras". En Mateo 23 los llama repetidas veces "hipócritas", además de "ciegos" (23:26) y "sepulcros blanqueados" (23:27). Juan el Bautista llamó a la gente que venía a ser bautizada por él "generación de víboras" (Lucas 3:7).

Algunos se toman de éstos ejemplos y algunos otros para justificar su vocabulario rudo hacia cristianos e incrédulos. Ven en éstos pasajes el permiso para barrer y trapear el piso con aquellos que no piensan como ellos o con quienes tienen algún tipo de desacuerdo. Hay un grupo pseudo cristiano en los EUA que son famosos por tornar los apellidos de sus oponentes en algún apodo ofensivo. Algunos de ellos inclusive no temen maldecir a los que no piensan que la Biblia que ellos usan es la única inspirada que existe. 

Yo no tengo problema con usar lenguaje directo contra aquellos que están en error. Cuando algo es herejía, lo es. Cuando algo es pecado, lo es. Cuando algo es tonto, está bien decirlo. El problema es cómo lo decimos. Así que, si Cristo usó palabras fuertes, ¿debemos nosotros? Ya dije que pienso que es bueno usar lenguaje fuerte y directo en contra del error, pero creo que hay varias cosas que debemos de mantener en mente antes de hacerlo. Aquí van en ningún orden en particular, y la lista no es exhaustiva.

Cristo nos mandó a amar
Las enseñanzas de Jesús en cuanto al amor por el enemigo son radicales. Cada que leo estos pasajes quedo frío. Mateo 5:38:45a dice, 

«Ustedes han oído que se dijo: "Ojo por ojo y diente por diente." Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Si alguien te pone pleito para quitarte la capa, déjale también la camisa. Si alguien te obliga a llevarle la carga un kilómetro, llévasela dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: "Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo." Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo» (NVI).

El amor es vital en el Cristianismo. Un Cristiano sin amor es una contradicción de términos. Es más, un Cristiano que no ama, no es Cristiano ni conoce a Dios. Dijo el apóstol Juan, “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Jn. 4:7).

En el famoso capítulo del amor, Pablo nos dice que el tener un conocimiento superior de lenguajes, ser profeta e increíblemente inteligente, tener una fe extrema, ser una persona extraordinariamente caritativa, o morir como mártir no sirve de nada si no tenemos amor (1 Cor. 13:1-3).

Cuando leo algunos foros cristianos me da tristeza el ver la amargura que se expresa en los comentarios. Me da tristeza ver Cristianos que aprovechan el internet para tumbar a su iglesia, su denominación, etc., y en lugar de salirse de allí en amor, se salen gritando y chillado como niños chiquitos, haciendo todo el escándalo posible. ¿Es eso Cristianismo? ¿Es ése el ejemplo que nos dejó Cristo? ¿No hemos sido llamados a paz y a estar en paz con todos?

Nuestras palabras deben ser irrepensibles
El rey David exclamó, “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Sal. 19:14). La palabra «gratos» también se puede traducir como «aceptables». A Dios le importa mucho lo que decimos. Nuestro más sincero deseo debe ser pronunciar palabras que sean aceptables delante de nuestro Dios quien es Santo.

El apóstol Pablo nos exhorta: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). ¡Está claro como el agua! Usar malas palabras, maldiciones y groserías es pecar en contra de un estatuto claro de la Palabra de Dios. Santiago nos recuerda que la lengua es un “mundo de maldad” y que es difícil controlarla (Santiago 3), sin embargo Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para salir victoriosos en la batalla en contra de nuestra propia lengua. Nos da su presencia, su Palabra, su Espíritu, promesas, la oración, la meditación, la iglesia, pastores, hermanos, etc., etc.

Cuidado con usar a nuestro Señor como escusa
Somos Cristianos porque queremos ser como Cristo. Él es nuestro ejemplo a seguir. A Él amamos y adoramos. Sin embargo, debemos saber que nosotros no somos Él. Cristo era completamente humano y completamente Dios. Él tenía una percepción de la naturaleza humana que nosotros no tenemos. Es más, el podía ver directamente el corazón de las personas. Cristo podía leer los pensamientos de la gente (Mateo 9:4), inclusive los pensamientos más íntimos (Marcos 2:8). Así que cuando Cristo llamaba a algunos hipócritas, serpientes y sepulcros, era porque estas personas verdaderamente lo eran, y no solamente lo eran, sino que necesitaban oírlo. Cristo no decía nada sin pensar, Él sabía que éstas personas necesitaban oír ésta fuerte reprensión.

Así que nosotros que no poseemos este grado de discernimiento, debemos de tener cuidado y pensar bien lo que vamos a decir. ¿Estamos seguros que lo que vamos a decir representa bien la situación? ¿Estamos seguros que es el momento adecuado para decirlo? ¿Estamos seguros que las palabras que vamos a pronunciar no son un producto de odio o soberbia? ¿Es nuestro propósito verdaderamente reprender, o simplemente humillar para satisfacer nuestro deseo de estar en lo correcto?

Debemos de recordar que aunque Cristo reprendió a los fariseos, no se negó de hablar con Nicodemo y de predicarle el evangelio. Fue Nicodemo quien ayudó a sepultar a Cristo (Jn. 19:39), acompañado de José de Arimatea, quien era también probablemente un fariseo y miembro del Sanedrín (Lucas 23:50). Y no olvidemos a Pablo, un fariseo de hueso colorado (Fil. 3:15) a quien se le apareció Cristo en persona para llamarlo al ministerio.

Hay pocas cosas que me dan más miedo que usar al mismo Señor de nuestra Fe como escusa para usar palabras llenas de odio, soberbia, sarcasmo y malicia para aplastar a otros. Aquellos que lo hacen algun dia darán cuenta de ello. Allá ellos.

Conclusiones
¿Debemos los Cristianos usar en ocasiones lenguaje fuerte? Sí. Pero no hay ningún pasaje que nos de la libertad de ofender, maldecir, o humillar. La Biblia no dice que maldigamos a los que nos maldicen. Que abofeteemos a los que nos golpean. Sin duda, a los que pervierten la fe debemos taparles la boca (Tito 1:11); a los que nos piden razón de la fe debemos de responderles, pero hagámoslo con “mansedumbre y reverencia”. Al final, no importa lo que hagamos, si no lo hacemos con amor, de nada sirve. Así es: de nada sirve.

Ortodoxismo Humilde

Hace poco al ver un interesante comentario en el internet, yo también hice uno, y para mi sorpresa casi instantáneamente dos personas me respondieron que estaba en error. Ya que ese era un tema en el cual había estado pensando pero no había tenido el tiempo de estudiarlo a fondo, aproveché la discusión para estudiar mejor mi posición.

Al final, creo que mi posición fue la misma pero un poco más refinada, ya que pude analizar muchos pasajes y asegurarme de que lo que decía era bíblico y no solamente mis pensamientos, pero la verdad la discusión me ayudó mucho, cosa que no pasa a menudo en discusiones por internet.

Lamentablemente, una de las dos personas que criticó mi posición me respondía con sarcasmo y con ésa actitud de “hay, pobrecito”, e inclusive llamó mi posición paganismo. Con cuidado de no responder con sarcasmo (admito que me gusta usar algo de sarcasmo cuando escribo) le respondí que lo que yo creía no era nada nuevo, y que muchos hombres de Dios, incluyendo pastores, teólogos, y comentaristas, creían lo mismo y tenían varios artículos excelentes acerca del tema los cuales podían ser encontrados en línea. Le dije que había sacado mi “posición pagana” de la misma Biblia. Al final, la persona se retiró del debate sin decir una sola palabra más.

Primero que nada, voy a darle el beneficio de la duda a ésa persona. Tal vez simplemente estaba teniendo un mal día. Quizá yo mismo escribí algo que le fue molesto, no lo se. Pero me recordó a las muchas personas que se esconden detrás de la impersonalidad de la red para hacer comentarios hirientes, de mal gusto, etc.

Un ejemplo son los foros de los periódicos. A veces me pregunto si los que comentan son niños de preparatoria (sin ofender para ellos) que no tienen nada mejor que hacer más que escribir tonterías. No puedo creer que haya gente adulta que opine así, de forma tan cruda, ridícula, y de paso llena de mala ortografía.

Lo triste es que uno ve cosas similares en los foros cristianos. No importa el tema, siempre hay una banda de gente supuestamente cristiana que aprovecha que nadie ve su cara para escribir lo que opinan sin una pizca de amor por el prójimo o por aquellos con quien pasarán la eternidad.

Los que más me molestan son aquellos que quieren defender “la verdad”, y aunque a veces estoy de acuerdo con ellos, su forma de escribir es ofensiva y carece de amor.

Hay algunos que se jactan de ser honestos y de decir lo que les viene a la mente. ¿Qué opina Dios de ellos? Bueno, Dios le da más esperanza a un necio que a una persona así. Dice la Biblia, “¿Te has fijado en los que hablan sin pensar? ¡Más se puede esperar de un necio que de gente así!” (Prov. 29:20, NVI).

Jamás pensemos que tenemos el derecho a decir o escribir algo sin amor. Debemos saber que inclusive cuando debatimos con alguien que no es cristiano, ya sea un ateo, mormón o testigo de Jehová, debemos hacerlo con “mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15). Y si así debe ser con los incrédulos, ¿cómo no será igual para con los hijos de Dios?

Josh Harris ha popularizado el término “Ortodoxismo Humilde”, que aunque suena un poco extraño en español, expresa una gran verdad. El tener una “sana doctrina” no nos debe hacer jactanciosos, sino humildes. Aquellos que teniendo la verdad, la usan para enaltecerse, no han entendido la gracia de Dios. Así que ya sea que comentemos en un foro público o cristiano, ya sea que hablemos o escribamos, mantengamos en mente que como representantes de Cristo debemos de mostrar el amor que Él demostró en la cruz.


NOTA: Para leer gratis (en inglés) el capítulo titulado Humble Orthodoxy por Josh Harris, ir aquí: http://www.joshharris.com/2010/07/free_chapter_from_dug_down_dee.php

Gente Sedienta

El sol pegaba duro y no traía mis lentes de sol o una cachucha. Caminaba por el barrio de remolques solo, ya que mi amigo y una amiga habían hecho pareja para tocar puertas, pero como los demás se quedaron con los niños, a mí me tocó andar solo.

Me sentía contento ya que muchos niños habían venido a la escuelita bíblica, incluyendo a Braulio, su hermanito y su mamá, junto con muchos otros niños, algunos nuevos y otros que han estado viniendo por ya un buen tiempo. De hecho, yo soy de los nuevos ya que tengo muy poco ayudando en éste ministerio.

Llegué a una casa y toqué a la puerta. Me quedé de pie, tratando de sonreír un poco. Muchas veces la gente se asoma por la ventana antes de abrir la puerta, y siempre quiero dar una buena impresión. He estado pensando en la seguridad con la que vendedores ambulantes tocan a la puerta, ya que están seguros de su producto y de su habilidad para vender. Tocan fuertemente, sonríen, y esperan a que la gente les abra y entonces dan su presentación. Nosotros somos representantes del Reino de Dios. No vendemos ningún producto, ya que es gratuito. Anunciamos las noticias más importantes que existen, y representamos al mismísimo Dios del universo. Así que es por eso que me paro derecho, tratando de sonreír un poco si puedo (con el calor es difícil), pero aún así, quiero que si alguien se asoma por la puerta me vea de pie seguro, listo para compartir con ellos el mensaje que puede cambiar sus vidas.

Pero la puerta no se abre, así que después de esperar unos cuantos minutos paso a la siguiente casa. La verdad es que los sábados por la mañana la gente no abre la puerta. Algunos siguen dormidos, otros andan fuera y otros simplemente no quieren abrir.

Finalmente llegué a la casa de una señora chaparrita con la cual platiqué unos diez minutos. Le compartí el evangelio y ella me contó de cómo sus hijos solían ir a la clase bíblica de verano hace mucho tiempo; cómo su esposo era Presbiteriano y ella católica, pero debido a problemas en la iglesia él no había regresado al Presbiterianismo; cómo ella quería encontrar una iglesia—sin importar si cristiana evangélica o católica—a donde pudiera llevar toda la familia. Le di la dirección de la iglesia.

—Al final, lo único que la llenará es Cristo—le dije—. Él es el único que verdaderamente satisface.

Ella me dijo que trataría de ir. Me dio las gracias por tomarme el tiempo de compartir mi fe con ella. —Hay muchos que no lo hacen. La hermana de mi esposo es cristiana y cuando viene nunca le dice nada. No le dice que vuelva a la iglesia. Yo quisiera que le dijera algo, pero nada.

Es triste que haya creyentes que no comparten su fe, e iglesias que por no ser bíblicos ofenden a la gente de malas maneras. Y la realidad es que el mundo está lleno de gente sedienta, y en éste desierto nosotros somos los únicos con una cantimplora.

Nuestra Labor y la de Dios


El sábado pasado vino Braulio, su mamá y su hermanito a la Escuela Bíblica de Vacaciones. Cuando llegamos al barrio de remolques, vimos que había dos personas hablando con la mamá de Braulio y pensamos que probablemente eran de alguna otra religión.

Me hizo pensar en lo dificil que debe ser escuchar a una persona decir, “Esta es la verdad, ésto es lo que debes creer”, sólo para que la semana siguiente venga otra persona y diga, “No, le mintieron. Ésta es la verdad, ésto es lo que debe creer”. Es por eso que el Espíritu Santo es quien finalmente convence a una persona de la verdad del evangelio. Meras palabras no son suficientes, aunque sean necesarias. Sin duda alguna Dios usa argumentos y presentaciones, pero al final es el Espíritu que vivifica cuando una persona escucha la Palabra de Dios.

Cuando compartimos la Palabra de Dios con otra persona, es imperativo orar para que el Espíritu convenza a ésa persona de pecado (Juan 16:8). Es muy fácil creer que lo que salva a una persona es la “técnica” de presentación. Muchos creen que el fin de evangelizar es convertir a la persona, pero éso es incorrecto. Ése pensamiento es el que ha producido muchas falsas conversiones, ya que el que presenta el evangelio usa cualquier técnica con tal de “asegurar” a la persona al cielo. Así que usa presión, música, sentimentalismo, o si no se omiten partes del evangelio como el pecado y el arrepentimiento. La peor técnica que he visto es la de un joven en un crucero que le pedía a la gente que repitiera después de él la oración del pecador, sin siquiera explicarle a la persona qué es lo que estaba diciendo.

El fin de evangelizar es proclamar la gloria de Dios. Nosotros debemos de comunicar el evangelio fielmente, sin agregar u omitir, y es Dios quien se encarga de usar a su Espíritu para salvar a la persona. Cristo lo dijo claramente: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo” (Marcos 4:26-27). Nuestra labor es echar la semilla, es decir, compartir el evangelio; sin importar a quién, cuándo o dónde. Pero nosotros no hacemos que la semilla crezca. ¡Esa es la labor de Dios!


No querramos robarle a Dios su labor. No tratemos de modificar el evangelio, ya que es perfecto pues su diseñador es el Dios viviente. No tratemos de “asegurar” a nadie. Más bien compartamos el evangelio fielmente, y les aseguro que Dios se encargará del resto, ya que él es un Dios que se complace en salvar (2 Pedro 3:9). No por nada el nombre de Jesús quiere decir “salvador”.

No es como Nosotros

Como Cristianos, pecamos muchas veces. Tenemos una antigua naturaleza que no nos deja en paz, y muchas veces queremos gritar como Pablo, “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de éste cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24). Así que una y otra vez, día tras día, venimos delante de Dios a pedir perdón algunas veces inclusive por el mismo pecado.

Yo he sido tentado muchas veces a pensar: “Dios no me va a perdonar. Ya ha de estar cansado de mí”. ¿Alguna vez has pensado lo mismo? Casi apuesto a que sí.

Sin embargo, éste tipo de pensamiento es una ofensa a Dios. Mira, Dios no es como nosotros. Él cuando dice que hará algo, lo cumple. Mira lo que ha prometido en su Palabra: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

La Biblia manda que confesemos nuestros pecados, y Dios ha prometido fielmente que limpiará nuestros pecados por los méritos de Cristo en la cruz (1 Juan 1:7b).

Si Dios fuera como nosotros, entonces sin duda ya se habría cansado. Pero él es un Dios bueno, misericordioso y perdonador. Dijo el salmista, “Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Salmo 86:15).

Si has pecado, no desobedescas a Dios ni a tu consciencia. Confiesa tu pecado, y Dios te perdonará.

Miscelánea

Y ahora, algunos links interesantes:

  • Interesante artículo acerca de obras de arte, compradores, y falsificación (en ingles): http://tiny.cc/i4u0o