La Ciudad Musulmana.

El muchacho que manejaba la camioneta entró al estacionamiento de un edificio que me recordaba el palacio de la caricatura Aladín. Yo y otros seis seminaristas en la camioneta nos agachamos un poco para ver bien el edificio. Tenía varias cúpulas doradas que terminaban en un pequeño mástil con la figura de una luna en la punta, y la parte de arriba de la puerta principal tenía forma similar al As de Picas en un juego de naipes. "Es la mezquita más grande de aquí," nos dijo el conductor, un muchacho de cabello rojo, barba de candado y acento sureño.

 

Al recorrer las calles y ver los anuncios en Árabe y las mujeres vestidas hasta los pies y con un velo que sólo revelaba sus ojos, pensé que fácilmente podríamos estar en Afganistán, Pakistán o Irán.

 

Pero no. Estábamos en medio de la llamada Ciudad Musulmana en Detroit.

 

Yo había viajado al Norte de EUA para asistir a unas conferencias, visitar a unos amigos y preguntar por un programa de estudios, y aprovechamos la visita para recorrer algunas de las misiones que los seminaristas del Detroit Baptist Theological Seminary intentan comenzar o seguir. Nos subimos a la camioneta, y dos de los muchachos del seminario, quienes cursan una Maestría en Divinidades, nos dieron el tour.

 

"Ya por un buen rato he intentado mudarme al corazón de la ciudad musulmán" nos contó el muchacho al volante, Richard. "Pero cada que llamo para pedir informes a una casa en renta, cortan la línea al escuchar mi inglés. Una vez intenté comenzar la conversación saludando en árabe, pero cuando escucharon mi inglés, me colgaron de nuevo".

 

Pasamos por una gasolinera, y Richard la apuntó. "Allí fue donde se hizo la gran fiesta cuando Saddam Hussein fue ejecutado. Yo y un amigo vinimos, y al principio pensaron que éramos de la policía. Cuando les dijimos que veníamos a celebrar con ellos, nos dijeron, '¡Son los primeros blancos que vienen a celebrar!' Así que nos invitaron a la fiesta y nos presentaron con algunos de sus líderes".

 

Richard, desde que lo conocí mi segundo año de mi licenciatura, tenía un corazón por los musulmanes. En ese tiempo nos contaba a mí y a otros compañeros de nuestro grupo de oración acerca de los muchachos musulmanes con quienes tenía una buena amistad y por quienes oraba para ganarlos a Cristo. Richard y su esposa desean mudarse al corazón de la ciudad, y mientras tanto, siguen teniendo compañerismo con sus conocidos musulmanes en el área. "Para darles el evangelio a veces toma tiempo", nos dijo. "Lo importante es mantener una buena amistad con ellos".

 

La ciudad musulmana en Detroit es una de las más grandes en Estados Unidos. Es impresionante estar allí. Yo nunca había visto nada parecido, aunque había escuchado de la famosa China Town o de los barrios Mexicanos. "Yo puedo escuchar el llamado a la oración desde mi casa", nos contó Richard. "Es muy… interesante".

 

Creo que algo impactante del viaje fue el ver tan claramente la necesidad del Evangelio. Todos lo necesitan, sin importar la nacionalidad, etnia o lengua. Y segundo, el mundo se está encogiendo. Aunque sin duda alguna sigue habiendo una gigantesca necesidad de misioneros en otros continentes, no debemos ignorar que mucha gente de esos continentes está viniendo a nosotros (y nosotros a ellos).

 

La mies es mucha. Los obreros pocos. ¡Roguemos al Señor, para que haya más obreros!

 

 

 

 

 

 

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