Un Galón de Leche

Ayer por la noche realicé uno de mis infames viajes al supermercado. En esta ocasión la meta principal era comprar un galón de leche. En mi cuarto nos turnamos la compra de leche entre tres: mi compañero de cuarto, su amigo, y yo. Puesto que la relación interpersonal entre mi compañero de cuarto y yo es directamente proporcional al diario suministro de leche para su rutinario cereal matutino, salí a las diez y media de la noche para comprar el dicho producto lácteo.


Afuera llovía levemente, pero decidí salir sin paraguas para mojarme un poco. Había sido un día largo, diez horas de trabajo, así que un poco de agua en mi cara sería un buen cambio a la rutina, y además refrescante. Llegué al supermercado, tomé mi carrito, y saludé a esa señora de cabello hasta la cintura, con una cara arrugada y sin expresión alguna, cuyo único trabajo parece ser el de darle a uno la bienvenida al lugar. En mi opinión bien podría dar la bienvenida a una mansión de terror en algún parque temático, y probablemente tres o cuatro niños se negarían a entrar con tan sólo verla. Pero esa es sólo mi opinión.


Saqué mi pequeño memorándum en donde había escrito cuatro cosas que necesitaba. Leche, crema para el café (en porciones individuales sin necesidad de refrigeración), filtros para la cafetera, y cereal. Con esas cuatro cosas saldría de ese lugar feliz.


Comencé mi marcha por los pasillos llenos de galletas, jugos y latas, tomando rápidamente lo que mi memorándum indicaba. Memorándum, por cierto, que pronto regresó a mi bolsillo pues, después de todo, eran sólo cuatro cosas que necesitaba.


Poco tiempo después llegué a la estación de self- check out, y después de pagar, puse los artículos ya embolsados de vuelta a mi carrito. Fue allí en dónde me di cuenta de la terrible tragedia.


Faltaba la leche.


«No. . . puede. . . ser. . .» murmuré. Sacudí la cabeza estupefacto, le pedí a una señorita de delantal azul que si me cuidaba por favor mi carrito pues había olvidado comprar algo, y cinco minutos después la lluvia me salpicaba la cabeza y caminé a. . .


¿Dónde dejé el auto?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

JAJA...Q BARBARO....AL FIN EMANUEL....

ME ATAQUE DE LA RISA CON LA SRA DE PELO LARGO.....UUY

Anónimo dijo...

Hey hola recién hoy descubro tu blog preparando un pequeño pensamiento para la reunión de jovenes de hoy.
Que malo sos jaja la pobre señora no tiene la culpa de tener tan pobres atributos jaja, en fin ..

Ivone-Argentina-