Tributo a Sir Arthur Conan Doyle

Siempre he sido un fan de las novelas de misterio. En mi opinión, nadie como el incomparable Hercules Poirot de Christie, y el gran Sherlock Holmes de Conan Doyle.

 

Recuerdo la primera vez que llegó mi papá de un viaje a los Estados Unidos con una copia de The Casebook of Sherlock Holmes. Era un libro de tapa dura, con hojas amarillentas e impresión antigua. Un libro diseñado para transportar al lector a la calle Baker, al número 221b, donde Holmes y el Dr. Watson comenzaron muchas de sus aventuras.

 

Ese libro me lo devoré, e instantáneamente me convertí en un fan de Holmes. Hice una página de internet dedicada a él cuando era chico, y por un tiempo fue relativamente popular por ser una de las pocas páginas en español creadas por un fan. Puse varias de sus frases más populares, y algunas imágenes.

 

Compré toda la colección en inglés, y terminé de leer todos los cuentos y las cuatro novelas antes de terminar la preparatoria. Y de hecho, uno de mis regalos (por la familia Ponce) fue la colección completa en español. ¡Increíble regalo!

 

Pues hoy, hace 150 años, nació Sir Arthur Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes. Aunque desgraciadamente su filosofía y la mía chocan fuertemente, sus libros me trajeron mucho placer.

 

Ese detective alto y delgado, con manos huesudas y manchadas con químicos; con su nariz puntiaguda, y sus piernas largas—seguirá en la imaginación de muchos, y sin duda alguna en la mía, pues hasta hoy, aunque he leído las diferentes aventuras varias veces, me encanta regresar a esa época y revivir esas noches oscuras en las calles de Londres, con Holmes y Watson, revolver en mano, listos para resolver el caso. Puedo ver a Holmes mirar a Watson, y con un destello en los ojos decir, «Vamos, Watson, ¡el juego está en pié!».

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