El Dios Que Nos Conoce

Salmo 139

 

Comía con mi hermana en el comedor de la universidad cuando ella me preguntó si me había molestado con un comentario que cierta persona había hecho. Como el comentario había sido inofensivo, sólo un poco sarcástico, yo intenté ocultar mi leve fastidio, sin embargo mi hermana lo notó. Al preguntarle, «¿Cómo te diste cuenta?», me respondió, «Te conozco».

 

Hay personas que nos conocen bien; inclusive muy bien. Sin embargo, nadie jamás puede conocer nuestros pensamientos y sentimientos más internos sino Dios. El Salmo 139 es increíblemente poético. En el, David narra la omnipotencia de Dios para no solamente crearnos, sino conocernos profundamente. Dios sabe a dónde vamos y por qué; Él sabe el motivo de nuestras palabras. Me encanta la frase del versículo 5: «Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano». ¡La presencia del Dios Altísimo nos rodea como la gallina cubre a sus polluelos! ¡Nada se escapa de su presencia! Jonás intentó escapar del ojo de Dios al escabullirse por la noche, pero a Dios «lo mismo [le] son las tinieblas que la luz». Dios fue quien nos formó desde el principio, antes de nacer, antes de soltar el primer grito en manos del doctor. David revienta en alabanza (vs. 14) y exclama: «¡Cuan preciosos me son , oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuan grande es la suma de ellos!» (17).

 

David está tan anonadado por la increíble grandeza de Dios que su única reacción es la que nosotros debemos tener ante el Dios omnipotente: un corazón humillado y deseoso de vivir en santidad. «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón» dice David. «Pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (23-24).

 

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