Mucha Gente

Me senté en frente del puesto de libros en una de las muchas sillas dentro del aeropuerto, posicionado estratégicamente para poder ver a mi primo cuando llegara a la terminal. Lamentablemente el puesto de libros vendía más revistas (de esas que te dejan más tonto después de hojearlas) y dulces que libros. Y todos los libros eran de ficción popular que, aunque personalmente me encanta la ficción popular, alguna de ella es simplemente basura. Dos libros me llamaron la atención, pero recordé que tengo demasiados libros en mi librero esperando pacientemente ser leídos.

 

Así que permanecí sentado, decidiendo entre sacar mi iPod o cerrar los ojos y tomarme una siesta express, pero decidí no hacer nada. Solamente permanecí sentado, mirando a mi alrededor.

 

A mi derecha, no muy lejos de mí, noté a una señora ya grande de edad con cabello blanco. Lo interesante era su corte de cabello. Casi rapo. Osea, una delgada capa de cabello a penas cubría su cráneo. Hmm. Interesante. Junto a ella, su esposo: vestido en traje y con un singular sombrero gris, estilo gangster. Hmm. Interesante.

 

Segundos después pasaron junto a mí dos muchachos, con pantalones ajustados y camisas polo que a penas llegaban a su cintura. Los dos con sombreros de ala corta («¿Están de moda los sombreros?» me pregunté) y con barba recortada. No sé por qué pensé que eran argentinos o de alguna isla caribeña. Pasaron junto a mí hablando español.

 

Gente. Mucha gente. Mucha mucha gente.

 

Otro pensamiento me cruzó por la cabeza: sin Cristo. ¿Todos? Probablemente la mayoría.

 

Infierno. ¿Todos? Sin Cristo, sí.

 

Mucha gente. Mucha. Sin Cristo.

 

Danos, Señor, la valentía para  cumplir Tu comisión.

 

El mundo se pierde mientras nosotros nos perdemos en el mundo.

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