Historia Navideña: Capítulo III

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad


Capítulo III


Me asomé por la ventana, pero no vi más que oscuridad.

Saqué las llaves de la casa y abrí la puerta. Busqué a tientas el interruptor de la luz, y por un momento pensé que tal vez sentiría una fría mano sobre la mía, seguido por una risa maniática y los ojos desorbitados de algún loco.

Pero no. La luz reveló la sala de mi casa en perfecta quietud y normalidad, excepto por Violeta y Fernandito, sentados en el sofá, con una extraña expresión en la cara.

Súbitamente Violeta y Fernando estallaron en risas.

Yo me quedé inmóvil por unos momentos, sorprendido por el la contradicción de mi miedo hace unos cuantos segundos y las risas de ellos.

—Hay, Pinocho—dijo Violeta entre risas—, ¡qué cara más chistosa pusiste!

—¡Ahora sí que te asustamos!—dijo Fernando.

Me acerqué a ellos y me senté en el sillón, en mi favorito, con sus manchas de café y coloridos parches por todos lados. Suspiré y meneé la cabeza. —Ahora sí que me asustaron, ingratos.

Fer se rió aún más. Traía puesta una gorra roja estilo El Chavo del Ocho y unos guantes verdes. —Pero tía Violeta fue la de la ventana. Se le ocurrió a ella. Dijo que te daría más miedo.

—¿Con que sí, eh?—dije yo.

Violeta levantó una mano solemnemente. —Soy culpable—. Y se rió de nuevo.

Sacudí mi cabeza. —No tienes remedio—le dije, intentando imitarla. Ella me dice a mí esa frase bastante a menudo.

—Ya somos dos, entonces—me dijo. Luego se sentó bien en el sofá y agregó: —Tienes que ponerle rejas a esa ventana, por cierto, porque a como están las cosas en la ciudad, se va a meter un ratero un día de estos.

—Que se meta. Le va a dar lástima y capaz me deja un dinerito.

—Te preparamos café, tío Pinocho—dijo Fer—, ¿quieres?

—Sí. Huele bien.

—Yo te lo preparé—me dijo emocionado, con sus ojos grandes brillando.

—Ehh... ¿sí?—dije titubeando un poco.

—Yo le ayudé, no te preocupes—dijo Violeta.

Fer corrió a la cocineta y encendió el foco.

Violeta se recargó en el sillón. Bostezó y se estiró. Luego me miró y permaneció en silencio. —¿Cómo estás?—me dijo.

—Bien. Ya sabes. Normal. Como siempre.

—Compusiste el reloj.

—Sipirirí.

—Fer se va a quedar conmigo hasta después de Navidad, porque su papá salió de la ciudad.

—¿En plena Navidad? ¿No está de vacaciones?

—Ya sabes cómo es. Me habló hace rato rogándome que lo cuidara, y que me va a pagar doble. Aunque no me importa, ya sabes que quiero a Fer, pero un poco más de dinero no está mal.

—¿Para qué quieres más?—le dije tomando la taza de Fer, quien tenía una sonrisa más grande que su cara—. Tienes de sobra.

—Pinocho, ya sabes que no lo quiero para mí. Ahora en Navidad es buena época, hay mucha necesidad. Le hablé ya a la Señora Guerrero, le dije que le daría algo despuesito de Navidad. Dijo que lo va a usar para comprar leche, porque no ha tenido para darles a los niños últimamente.

La Sra. Guerrero, encargada de la Casa Hogar Milagros, era buena amiga de Violeta.

Le di un sorbo al café. Bastante bueno. Tenía un poco de canela, algo de miel, y un balance perfecto de azúcar y café. Me gusta el café dulce, no agrio, menos negro. Dicen que los hombres toman el café negro. Yo digo que los mensos toman el café negro, además que seguramente no pueden disfrutar de nada porque su lengua es un órgano inservible incapaz de identificar los buenos sabores de la comida.

—Entonces qué, Pinocho—dijo Violeta tomando su propia taza de café, la cual había estado humeando sobre la mesita junto al sofá, en donde yacía también mi copia de la nueva novela de García Márquez—, ¿sigue la apuesta vigente?

—Tan vigente como la crisis financiera.

—Que mal chiste, Pinocho.

—Que yo sepa la crisis financiera no es nada de qué reírse.

—Irremediable. Eres simplemente irremediable.

Fer dijo, —Tío, hace ratito checamos el pronóstico del tiempo para noche buena, y no creo que vaya a nevar. Dijeron que iba a estar frío, que tal vez llueve, pero no nieve. ¿Verdad tía?

—Sip. La verdad.

—Yo que tú mejor no, tío, porque de seguro pierdes.

—Pues no les creo a esos del pronóstico—dije yo—. ¡Siempre se equivocan!

Me levanté y me acerqué a la ventana. Miré al cielo. Gris, tornándose negro. —Van a ver. Mañana por la noche, vamos a tener una blanca navidad. Van a ver.


continuará...

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