Historia Navideña: Capítulo II

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

un cuento por Emanuel


Capítulo II

Soy un relojero. Es lo que más me gusta hacer, porque es lo mejor que sé hacer, y algunas veces me pregunto si es lo único que puedo hacer.

Puse la relojería hace tres años, cuando tenía veinte, y aparentemente mi habilidad como relojero se ha divulgado, porque he recibido muchos personajes bastante interesantes, los cuales ponen sus relojes a mi encargo, y más de una vez me he metido en situaciones bastante extrañas gracias a ello.

Uno de los personajes que entró una vez a mi relojería fue Violeta. Cuando la vi supe que era una muchacha con un buen corazón. No sé cómo lo supe. No tengo un sexto sentido, ni nada parecido. No veo fantasmas, tengo poderes supernaturales, nunca me ha picado un insecto radioactivo, nada de eso. Pero simplemente al verla supe que, aunque acababa de llegar en auto último modelo (un BMW color plateado), y aunque su ropa era probablemente de marca y el maquillaje que usaba sin duda era caro, tenía buen corazón.

Violeta entró esa tarde para que le arreglara un reloj. Casi no me gusta entrar en detalle acerca de los tipos de reloj que recibo, porque estoy seguro que si estás leyendo esto, no sabrás de lo que te hablo; pero que baste con decir que era un reloj muy caro.

Ella regresó al siguiente día, y le entregué su reloj ya bien arreglado. Ella regresó al siguiente día, y platicamos. También regresó el próximo día, y así por dos años.

La puerta se abrió y entró el Sr. Jiménez, con sus tres anillos y todo. Se acercó al mostrador y se frotó las manos. Por un momento pensé que era su forma de prepararse para golpearme por si acaso encontraba su reloj como una pieza de metal inservible, pero cuando exhaló un poco de aire en ellas, supe que intentaba calentarlas del frío de afuera; frío que, por cierto, se había metido sin mi permiso a mi pequeña relojería.

—Buenas tardes, joven.

—Le tengo su reloj listo, Sr. Jiménez. Está vivito y dando la hora como debe ser.

—Excelente, muchacho. Nunca dudé de tu habilidad.

Al decir eso, se me hizo que flexionó un poco su mano derecha. Seguramente mi imaginación.

Le di su reloj, él lo examinó, y miró a mi reloj de pared para cerciorarse de que daba bien la hora.

—No se preocupe, la da perfectamente bien—le dije—. Lo comparé con mis relojes—agregué mostrándole los cuatro relojes en mis dos muñecas.

El Sr. Jiménez miró mis relojes y levantó ambas cejas. —Eh, te gustan los relojes, creo.

—Mucho.

—¿Dos en cada mano?

—Sí. Y cada uno tiene su propia historia.

—Seguro que sí—dijo con la misma mirada algo perpleja, y rápidamente agregó—, ¡Gracias!

—¡Feliz Navidad! Regrese cuando lo necesite.

Medio minuto después el Sr. Tres Anillos ya estaba fuera de mi relojería y dentro de su auto con calefacción y asientos de piel diseñados para mantenerse calientitos.

Ningún cliente entró a mi relojería, y yo esperé los trece minutos restantes para cerrar mi negocio. Exactamente a las cinco de la tarde puse el seguro a la puerta y me retiré.

Mi relojería está en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal, la llamada macro plaza. Me tardo poco menos de treinta minutos en llegar a mi casa, normalmente porque camino despacio para admirar la catedral y el faro del comercio, las cuales son dos bellos pero muy diferentes edificios arquitectónicos en la macro plaza. Además de eso, me detuve para saludar a doña Graciela que regresaba de la tienda («Leche, tortillas, y frijoles, Pinocho. Con eso sobrevivo por una semana»), llegué a mi casa a las 5:27, así que esperé a que dieran las 5:28 (un número par), y entonces di un paso a la puerta y…

…Si esta fuera una historia de espionaje, la puerta estaría entre abierta. Entonces yo sacaría mi pistola, y ustedes los lectores se darían cuenta que aunque simulaba ser un relojero, en realidad yo era un espía de la INTERPOL, del M16 o algo así, con una misión súper importante que incluiría en las próximas páginas muchos disparos, autos robados y chocados, algún lugar exótico, y un final lleno de explosiones. Ah, y salvar al mundo, claro.

Lamentablemente no soy un espía, y la puerta estaba cerrada.

Pero la ventana junto a la puerta estaba abierta.

Y lamentablemente, no recordaba haberla dejado así.


continuará...

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