Historia Navideña: Capítulo I

Así que hoy comienza la historia navideña, dividida en mini-capítulos. Es una comedia navideña romántica, y la escribo por pura diversión (y porque estoy de vacaciones ¡y tengo tiempo de escribir!). Espero que ahora que terminan las clases, este cuento les haga sonreír un poco.

Antes de comenzar, quisiera decir que la mejor y verdadera historia navideña se encuentra en la Biblia. Allí encontramos el significado y propósito de la Navidad.

Yo creo que la diversión es una forma legítima de pasar el tiempo, y que lo que hacemos, para disfrutarlo, debe ser divertido.

Así que bueno, ya basta de prólogos.

Se abre el telón.

Esta es la tercera llamada.

Comenzamos.

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

Una historia Navideña

Por Emanuel Elizondo Orozco

I

—Mira, Pinocho, eso es completamente imposible. No puede pasar. Vivimos en Monterrey, en el mero norte de México, así que es imposible. Im-po-si-ble.

Miré a Violeta por un segundo, decidí no responder, y bajé la mirada de nuevo al reloj que estaba componiendo. Una bella pieza. Un reloj antiguo, de muñeca, de oro puro, de un tal Sr. Jiménez, quien lo había dejado a mi encargo no sin antes asegurarme que era una valuable posesión que había estado por años en su familia (me llegan muchos relojes de ese tipo), y que si algo le llegara a pasar, él se aseguraría de personalmente modificar con su puño mi expresión facial.

Bueno, tal vez exagero algo, pero estoy seguro que eso es lo que estaba pensando. Ustedes no le vieron la cara cuando me dijo: «Que no le pase nada, ¿eh, hijo?». No se preocupe, Señor, estuve a punto de contestarle, prefiero conservar mi cara, así de fea como está, sobre todo porque ya le vi esos tres gigantescos anillos en la mano derecha.

—¿Qué, ya te convencí?—me dijo Violeta.

—Nop.

—Eres imposible, Pinocho—dijo meneando un poco la cabeza y tratando de no sonreír—. Eres una de las personas más ilógicas sobre la faz de la Tierra.

—Gracias—le contesté—. Aunque no creo que conozcas mucha gente alrededor de la faz de la Tierra, porque si no, de seguro que encontrarías alguien peor que yo.

—No empieces, Pinocho, ¿eh? No empieces.

¿Ya me presenté? Creo que no. Mi nombre es Pinochet Péres Padua, pero de cariño me dicen Pinocho. No por mentiroso (eso espero, al menos), sino porque suena mejor que Pinochet. Aparentemente Pinochet fue el apellido de un hombre que vivía allá para el sur de México y que supuestamente hizo muchos estragos, y esa es la razón de mi apodo.

¿Por qué rayos me nombraron así mis papás, te preguntas? Bien, la respuesta es simple: Ni idea.

Ni idea porque no tengo ni idea quienes son mis papás.

Tomé mis lentes de aumento, los coloqué bien sobre el puente de mi nariz, y examiné bien los adentros del reloj, buscando ese engrane, esa tuerca, ese problema que impedía a ese buen señor de tres anillos en la mano poder consultar la hora y ser un hombre feliz.

—Entonces si sucede, ¿cuánto me vas a dar?—dije.

Levanté la mirada. Los ojos azules de Violeta, que se veían algo morados al reflejar su suéter de ese color, me miraban fijamente.

Regresé la mirada al reloj, por miedo de que si fijaba mi vista por mucho tiempo en los ojos de Violeta, mis mejillas se tornaran algo rosadas.

—¿Quieres apostar?—dijo Violeta riéndose un poco.

Yo me encogí de hombros.

—Cien pesos—dijo.

—¿Tan poquito?

—Doscientos.

—Hmmm…

—Doscientos cincuenta.

La miré. Extendí mi mano. —Hecho.

Ella comenzó a extender su mano, pero la detuvo antes de estrechármela. —¿Seguro?

—Nunca he estado más seguro en mi vida—dije.

—Sí, claro.

—¿Entonces?

Violeta me estrechó la mano. —Está bien. Doscientos cincuenta pesos a que no nieva en Navidad.


continuará...


El capítulo II, ¡muy pronto!

Siéntanse con libertad de dejar comentarios, por cierto.

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