Historia Navideña: Capítulo Final

Aquí está el último capítulo. Casi que no lo termino. Y ya saben que con tantas cosas en Navidad, me fue dificil tener tiempo de escribir. ¡Pero aquí está! ¡Recién salidito del horno! ¡Que les guste!


Capítulo IV


En Noche Buena nunca abro la relojería. De todas maneras nadie vendría. Así que esa mañana me levanté tarde, algo que normalmente no hago. Desayuné cereal con fruta, y me tomé un café mientras veía las noticias. Las apagué porque las únicas noticias que daban eran malas y deprimentes, de secuestros, robos, y gente sin corazón y sin escrúpulos.

Me senté a leer la novela de García Márquez que estaba leyendo, y un par de horas después me puse a envolver los regalos de Violeta y Fer.

No había mucho que hacer. Sin relojes que reparar, la vida es algo aburrida. Aún así fue refrescante tener un buen tiempo de quietud para leer, sin clientes demandantes con malas actitudes.

Inclusive me tomé la libertad de tomarme una pequeña siesta en la tarde, hasta que me despertó el teléfono. Contesté, y era Violeta. «Ya vamos para allá» me dijo. Me puse una camisa, un gorro, y metí a mi mochila los regalos y una bufanda (por su las dudas). Pronto llegaron Violeta y Fer.

Estuvimos en mi casa como por tres horas, tomando café, cenando pavo y viendo una película. A eso de las diez, salimos a caminar. Las calles estaban pobladas por niños ansiosos por tronar cohetes y abrir regalos, y por familias grandes que no cabían dentro de sus casas.

Caminamos unas cuantas cuadras rumbo a la avenida, en donde estaba el reloj: nuestro lugar favorito para pasar noches platicando. Era un reloj no muy grande, estilo el Big Ben, pero en miniatura y cuadrado. Lo suficientemente bonito como para pasar un tiempo allí, sentados en una de las bancas en la placita alrededor del reloj, con la luna encima de nosotros y las pocas estrellas que aún se ven a pesar de la contaminación.

—Esto es para ti—le dije a Violeta dándole un sobrecito blanco.

—Pero todavía no es Navidad, Pinocho—me dijo.

—Ya lo sé, ese no es tu regalo de Navidad. Pero no lo puedes abrir hasta media noche.

—Bueno—dijo ella. Lo guardó, y sacó de su bolsa una pequeña cajita negra y me la dio. —No son aretes, por si te lo estás preguntando—me dijo—. Y no la puedes abrir hasta media noche, ¿eh?

—Está bien—dije sonriendo—. ¡Cuanto suspenso!

Ben, en medio de nosotros, dijo, —¿Y yo qué? ¿A mi nada?

—A ti al rato, no seas impaciente—le dije.

—¿Al rato cuando?

—Cuando sea Navidad.

—¿Pero cuándo va a ser?

—Mira—le dije, apuntando hacia la cara del reloj—. El reloj marca la hora con campanadas. Cuando suenen las doce será Navidad.

—¿Doce campanadas? ¿Falta poquito, espero?

—Ya no falta casi nada—dijo Violeta.

No hacía mucho frío, pero el aire que corría era fresco. Pocos autos circulaban las calles, y ya se escuchaban el tronar de cuetes por niños impacientes.

Finalmente, el reloj comenzó a cantar, ese canto bonito e intermitente. Nos pusimos de pié, y cuando terminó la doceava campanada, nos dimos un abrazo de oso.

—Feliz Navidad, Violeta.

—Feliz Navidad, Pinocho.

—¡Feliz Navidad a todos!—dijo Fer. Segundos después gritó, —¡Ahora sí! ¡A darnos nuestros regalos! ¡Rápido, siéntense!

Nos sentamos de nuevo en la banca. El cielo se iluminó por un solitario cohete que surcó el aire con destino—pareciera—a la luna, pero súbitamente tronó y se convirtió en diversas luces verdes y rojas. Como si esa fuera la señal de entrada, una multitud de cohetes comenzaron a iluminar la noche.

—Antes de que te de tu regalo, voy a abrir la cartita que me diste—dijo Violeta. Abrió el sobre y sacó un billete de a doscientos.

—Ganaste—le dije—. No nevó. Pero algún día, tal vez—agregué mirando al cielo.

Violeta se rió. Luego dijo, —Abre lo que te di.

Saqué la cajita, y Violeta metió la mano en su bolsa, tal vez para sacar mi regalo. Al quitarle la tapa a la cajita pude ver un billete de a doscientos pesos.

—¿Qué? ¿Por qué? Si no nevó.

Violeta estaba sonriendo. —Vamos a pensar que sí—. Y entonces levantó su mano, y en ella tenía una lata de aerosol, de la cual salió espuma blanca disparada hacia arriba. La lata decía «nieve artificial» en un costado, de esa nieve que se usa para decoraciones.

Pronto la nieve artificial comenzó a bajar, lentamente, rodeándonos por completo.

—¡Está nevando!—gritó Fer levantando las manos—. ¡Sí parece! ¡Está nevando!

No pude evitar reírme y extender las manos. Vaya que sí parecía. Por un momento, por unos cuantos minutos, al tener toda esa nieve a mi alrededor y en mis hombros, imaginé que tal vez sí, en realidad era nieve cayendo por toda la ciudad.

—Eres increíble—le dije.

Violeta sonrió. Extendió la mano y dejó que en ella reposara un poco de nieve. Luego me miró, con una enorme sonrisa, y dijo:

—Tenías razón, Pinocho. Feliz blanca Navidad.

Fin

No hay comentarios: