El Regalo de Dios a la Humanidad

Un pinito adorna la sala de mi casa, y debajo de él hay varios regalos listos para ser abiertos. Unas luces de diferentes colores adornan la fachada de nuestra casa. Hace poco vi un hermoso nacimiento en casa de un vecino.

Me gusta el pino navideño porque su forma triangular me recuerda la Santa Trinidad. Me gusta dar y recibir regalos porque me recuerdan que Dios amó tanto al mundo que «dio a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). Me gustan las luces navideñas porque me recuerdan que Cristo es la luz del mundo (Juan 8:12). Me gustan los nacimientos porque me recuerdan que el propósito de la Navidad es ese: celebrar el cumpleaños de Cristo.

El llamado “espíritu Navideño” se siente en las calles y en las plazas... ¿pero en nuestros hogares? ¿Qué de nuestra vida?

Lo que trato de decir es que, aunque tenemos recordatorios a nuestro alrededor de lo que en realidad significa la Navidad, hemos olvidado el significado. Al ver el pinito, pensamos en cuántos regalos vamos a recibir. Cuando vemos las luces, pensamos en lo bonito que se ven. Cuando vemos el nacimiento, nos maravillamos en lo bien arreglado que está.

Pero Cristo queda totalmente fuera de la celebración. Hemos olvidado al celebrado. Se nos olvidó de quién se trata la fiesta. En lugar de Cristo, hemos convertido la Navidad en compras, estrés, tráfico, bebida y comida.

Amigo, en esta Navidad, te reto a descubrir al verdadero propósito de ella: Cristo Jesús.

La Biblia, la Palabra de Dios, dice que «cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo» (Gálatas 4:4). ¡Imagína eso! Dios ya tenía bien planeado mandar a su propio Hijo al mundo.

¿Y por qué lo mandó, te preguntarás? Bien, la Biblia responde a esa pregunta también: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (I Timoteo 1:15). Al venir Cristo al mundo, Él tenía un propósito en mente: salvar a todos los pecadores.

Mira, esto que sigue es bien importante: Dios dice en su Palabra que «no hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay quien... busque a Dios... No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Romanos 3:10-12). Además dice: «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Hago hincapié en la palabra todos. Eso te incluye a ti, eso me incluye a mí. Eso incluye a todo ser humano en el planeta.

Entonces, si Cristo vino al mundo a salvar a pecadores, y todos hemos pecado... ¡Cristo vino al mundo a salvarte a ti, y salvarme a mí!

“¿Salvarme?” te preguntarás. “¡Salvarme de qué!” La Biblia es clara al respecto: todos los pecadores merecen morir en el infierno a causa de su pecado (Romanos 6:23; Apocalipsis 21:8). Si alguien te ha dicho que el infierno no existe, lee los Evangelios. Cristo habló del infierno una y otra vez. Es un lugar literal, a donde irán los pecadores.

¡Pero escucha la buena noticia! Si decides poner toda tu fe en Cristo, y crees en Él de todo corazón, y decides hacerlo el Señor de tu vida, y le pides que sea tu Salvador, entonces recibirás el regalo de Dios, la salvación. La Biblia dice que la salvación es un regalo: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe (en Cristo)» (Efesios 2:8).

¿A quién no le gustan los regalos? Mi deseo para ti en esta Navidad es este: que recibas el regalo de Dios, la salvación que es a través de Su Hijo Jesucristo, quien vino al mundo para morir por los pecados del mundo.

Tú puedes ser salvo hoy, si decides seguir a Cristo con todo tu ser, y si te conviertes en Su discípulo. ¿Qué harás esta Navidad?

Historia Navideña: Capítulo Final

Aquí está el último capítulo. Casi que no lo termino. Y ya saben que con tantas cosas en Navidad, me fue dificil tener tiempo de escribir. ¡Pero aquí está! ¡Recién salidito del horno! ¡Que les guste!


Capítulo IV


En Noche Buena nunca abro la relojería. De todas maneras nadie vendría. Así que esa mañana me levanté tarde, algo que normalmente no hago. Desayuné cereal con fruta, y me tomé un café mientras veía las noticias. Las apagué porque las únicas noticias que daban eran malas y deprimentes, de secuestros, robos, y gente sin corazón y sin escrúpulos.

Me senté a leer la novela de García Márquez que estaba leyendo, y un par de horas después me puse a envolver los regalos de Violeta y Fer.

No había mucho que hacer. Sin relojes que reparar, la vida es algo aburrida. Aún así fue refrescante tener un buen tiempo de quietud para leer, sin clientes demandantes con malas actitudes.

Inclusive me tomé la libertad de tomarme una pequeña siesta en la tarde, hasta que me despertó el teléfono. Contesté, y era Violeta. «Ya vamos para allá» me dijo. Me puse una camisa, un gorro, y metí a mi mochila los regalos y una bufanda (por su las dudas). Pronto llegaron Violeta y Fer.

Estuvimos en mi casa como por tres horas, tomando café, cenando pavo y viendo una película. A eso de las diez, salimos a caminar. Las calles estaban pobladas por niños ansiosos por tronar cohetes y abrir regalos, y por familias grandes que no cabían dentro de sus casas.

Caminamos unas cuantas cuadras rumbo a la avenida, en donde estaba el reloj: nuestro lugar favorito para pasar noches platicando. Era un reloj no muy grande, estilo el Big Ben, pero en miniatura y cuadrado. Lo suficientemente bonito como para pasar un tiempo allí, sentados en una de las bancas en la placita alrededor del reloj, con la luna encima de nosotros y las pocas estrellas que aún se ven a pesar de la contaminación.

—Esto es para ti—le dije a Violeta dándole un sobrecito blanco.

—Pero todavía no es Navidad, Pinocho—me dijo.

—Ya lo sé, ese no es tu regalo de Navidad. Pero no lo puedes abrir hasta media noche.

—Bueno—dijo ella. Lo guardó, y sacó de su bolsa una pequeña cajita negra y me la dio. —No son aretes, por si te lo estás preguntando—me dijo—. Y no la puedes abrir hasta media noche, ¿eh?

—Está bien—dije sonriendo—. ¡Cuanto suspenso!

Ben, en medio de nosotros, dijo, —¿Y yo qué? ¿A mi nada?

—A ti al rato, no seas impaciente—le dije.

—¿Al rato cuando?

—Cuando sea Navidad.

—¿Pero cuándo va a ser?

—Mira—le dije, apuntando hacia la cara del reloj—. El reloj marca la hora con campanadas. Cuando suenen las doce será Navidad.

—¿Doce campanadas? ¿Falta poquito, espero?

—Ya no falta casi nada—dijo Violeta.

No hacía mucho frío, pero el aire que corría era fresco. Pocos autos circulaban las calles, y ya se escuchaban el tronar de cuetes por niños impacientes.

Finalmente, el reloj comenzó a cantar, ese canto bonito e intermitente. Nos pusimos de pié, y cuando terminó la doceava campanada, nos dimos un abrazo de oso.

—Feliz Navidad, Violeta.

—Feliz Navidad, Pinocho.

—¡Feliz Navidad a todos!—dijo Fer. Segundos después gritó, —¡Ahora sí! ¡A darnos nuestros regalos! ¡Rápido, siéntense!

Nos sentamos de nuevo en la banca. El cielo se iluminó por un solitario cohete que surcó el aire con destino—pareciera—a la luna, pero súbitamente tronó y se convirtió en diversas luces verdes y rojas. Como si esa fuera la señal de entrada, una multitud de cohetes comenzaron a iluminar la noche.

—Antes de que te de tu regalo, voy a abrir la cartita que me diste—dijo Violeta. Abrió el sobre y sacó un billete de a doscientos.

—Ganaste—le dije—. No nevó. Pero algún día, tal vez—agregué mirando al cielo.

Violeta se rió. Luego dijo, —Abre lo que te di.

Saqué la cajita, y Violeta metió la mano en su bolsa, tal vez para sacar mi regalo. Al quitarle la tapa a la cajita pude ver un billete de a doscientos pesos.

—¿Qué? ¿Por qué? Si no nevó.

Violeta estaba sonriendo. —Vamos a pensar que sí—. Y entonces levantó su mano, y en ella tenía una lata de aerosol, de la cual salió espuma blanca disparada hacia arriba. La lata decía «nieve artificial» en un costado, de esa nieve que se usa para decoraciones.

Pronto la nieve artificial comenzó a bajar, lentamente, rodeándonos por completo.

—¡Está nevando!—gritó Fer levantando las manos—. ¡Sí parece! ¡Está nevando!

No pude evitar reírme y extender las manos. Vaya que sí parecía. Por un momento, por unos cuantos minutos, al tener toda esa nieve a mi alrededor y en mis hombros, imaginé que tal vez sí, en realidad era nieve cayendo por toda la ciudad.

—Eres increíble—le dije.

Violeta sonrió. Extendió la mano y dejó que en ella reposara un poco de nieve. Luego me miró, con una enorme sonrisa, y dijo:

—Tenías razón, Pinocho. Feliz blanca Navidad.

Fin

Historia Navideña: Capítulo III

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad


Capítulo III


Me asomé por la ventana, pero no vi más que oscuridad.

Saqué las llaves de la casa y abrí la puerta. Busqué a tientas el interruptor de la luz, y por un momento pensé que tal vez sentiría una fría mano sobre la mía, seguido por una risa maniática y los ojos desorbitados de algún loco.

Pero no. La luz reveló la sala de mi casa en perfecta quietud y normalidad, excepto por Violeta y Fernandito, sentados en el sofá, con una extraña expresión en la cara.

Súbitamente Violeta y Fernando estallaron en risas.

Yo me quedé inmóvil por unos momentos, sorprendido por el la contradicción de mi miedo hace unos cuantos segundos y las risas de ellos.

—Hay, Pinocho—dijo Violeta entre risas—, ¡qué cara más chistosa pusiste!

—¡Ahora sí que te asustamos!—dijo Fernando.

Me acerqué a ellos y me senté en el sillón, en mi favorito, con sus manchas de café y coloridos parches por todos lados. Suspiré y meneé la cabeza. —Ahora sí que me asustaron, ingratos.

Fer se rió aún más. Traía puesta una gorra roja estilo El Chavo del Ocho y unos guantes verdes. —Pero tía Violeta fue la de la ventana. Se le ocurrió a ella. Dijo que te daría más miedo.

—¿Con que sí, eh?—dije yo.

Violeta levantó una mano solemnemente. —Soy culpable—. Y se rió de nuevo.

Sacudí mi cabeza. —No tienes remedio—le dije, intentando imitarla. Ella me dice a mí esa frase bastante a menudo.

—Ya somos dos, entonces—me dijo. Luego se sentó bien en el sofá y agregó: —Tienes que ponerle rejas a esa ventana, por cierto, porque a como están las cosas en la ciudad, se va a meter un ratero un día de estos.

—Que se meta. Le va a dar lástima y capaz me deja un dinerito.

—Te preparamos café, tío Pinocho—dijo Fer—, ¿quieres?

—Sí. Huele bien.

—Yo te lo preparé—me dijo emocionado, con sus ojos grandes brillando.

—Ehh... ¿sí?—dije titubeando un poco.

—Yo le ayudé, no te preocupes—dijo Violeta.

Fer corrió a la cocineta y encendió el foco.

Violeta se recargó en el sillón. Bostezó y se estiró. Luego me miró y permaneció en silencio. —¿Cómo estás?—me dijo.

—Bien. Ya sabes. Normal. Como siempre.

—Compusiste el reloj.

—Sipirirí.

—Fer se va a quedar conmigo hasta después de Navidad, porque su papá salió de la ciudad.

—¿En plena Navidad? ¿No está de vacaciones?

—Ya sabes cómo es. Me habló hace rato rogándome que lo cuidara, y que me va a pagar doble. Aunque no me importa, ya sabes que quiero a Fer, pero un poco más de dinero no está mal.

—¿Para qué quieres más?—le dije tomando la taza de Fer, quien tenía una sonrisa más grande que su cara—. Tienes de sobra.

—Pinocho, ya sabes que no lo quiero para mí. Ahora en Navidad es buena época, hay mucha necesidad. Le hablé ya a la Señora Guerrero, le dije que le daría algo despuesito de Navidad. Dijo que lo va a usar para comprar leche, porque no ha tenido para darles a los niños últimamente.

La Sra. Guerrero, encargada de la Casa Hogar Milagros, era buena amiga de Violeta.

Le di un sorbo al café. Bastante bueno. Tenía un poco de canela, algo de miel, y un balance perfecto de azúcar y café. Me gusta el café dulce, no agrio, menos negro. Dicen que los hombres toman el café negro. Yo digo que los mensos toman el café negro, además que seguramente no pueden disfrutar de nada porque su lengua es un órgano inservible incapaz de identificar los buenos sabores de la comida.

—Entonces qué, Pinocho—dijo Violeta tomando su propia taza de café, la cual había estado humeando sobre la mesita junto al sofá, en donde yacía también mi copia de la nueva novela de García Márquez—, ¿sigue la apuesta vigente?

—Tan vigente como la crisis financiera.

—Que mal chiste, Pinocho.

—Que yo sepa la crisis financiera no es nada de qué reírse.

—Irremediable. Eres simplemente irremediable.

Fer dijo, —Tío, hace ratito checamos el pronóstico del tiempo para noche buena, y no creo que vaya a nevar. Dijeron que iba a estar frío, que tal vez llueve, pero no nieve. ¿Verdad tía?

—Sip. La verdad.

—Yo que tú mejor no, tío, porque de seguro pierdes.

—Pues no les creo a esos del pronóstico—dije yo—. ¡Siempre se equivocan!

Me levanté y me acerqué a la ventana. Miré al cielo. Gris, tornándose negro. —Van a ver. Mañana por la noche, vamos a tener una blanca navidad. Van a ver.


continuará...

Historia Navideña: Capítulo II

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

un cuento por Emanuel


Capítulo II

Soy un relojero. Es lo que más me gusta hacer, porque es lo mejor que sé hacer, y algunas veces me pregunto si es lo único que puedo hacer.

Puse la relojería hace tres años, cuando tenía veinte, y aparentemente mi habilidad como relojero se ha divulgado, porque he recibido muchos personajes bastante interesantes, los cuales ponen sus relojes a mi encargo, y más de una vez me he metido en situaciones bastante extrañas gracias a ello.

Uno de los personajes que entró una vez a mi relojería fue Violeta. Cuando la vi supe que era una muchacha con un buen corazón. No sé cómo lo supe. No tengo un sexto sentido, ni nada parecido. No veo fantasmas, tengo poderes supernaturales, nunca me ha picado un insecto radioactivo, nada de eso. Pero simplemente al verla supe que, aunque acababa de llegar en auto último modelo (un BMW color plateado), y aunque su ropa era probablemente de marca y el maquillaje que usaba sin duda era caro, tenía buen corazón.

Violeta entró esa tarde para que le arreglara un reloj. Casi no me gusta entrar en detalle acerca de los tipos de reloj que recibo, porque estoy seguro que si estás leyendo esto, no sabrás de lo que te hablo; pero que baste con decir que era un reloj muy caro.

Ella regresó al siguiente día, y le entregué su reloj ya bien arreglado. Ella regresó al siguiente día, y platicamos. También regresó el próximo día, y así por dos años.

La puerta se abrió y entró el Sr. Jiménez, con sus tres anillos y todo. Se acercó al mostrador y se frotó las manos. Por un momento pensé que era su forma de prepararse para golpearme por si acaso encontraba su reloj como una pieza de metal inservible, pero cuando exhaló un poco de aire en ellas, supe que intentaba calentarlas del frío de afuera; frío que, por cierto, se había metido sin mi permiso a mi pequeña relojería.

—Buenas tardes, joven.

—Le tengo su reloj listo, Sr. Jiménez. Está vivito y dando la hora como debe ser.

—Excelente, muchacho. Nunca dudé de tu habilidad.

Al decir eso, se me hizo que flexionó un poco su mano derecha. Seguramente mi imaginación.

Le di su reloj, él lo examinó, y miró a mi reloj de pared para cerciorarse de que daba bien la hora.

—No se preocupe, la da perfectamente bien—le dije—. Lo comparé con mis relojes—agregué mostrándole los cuatro relojes en mis dos muñecas.

El Sr. Jiménez miró mis relojes y levantó ambas cejas. —Eh, te gustan los relojes, creo.

—Mucho.

—¿Dos en cada mano?

—Sí. Y cada uno tiene su propia historia.

—Seguro que sí—dijo con la misma mirada algo perpleja, y rápidamente agregó—, ¡Gracias!

—¡Feliz Navidad! Regrese cuando lo necesite.

Medio minuto después el Sr. Tres Anillos ya estaba fuera de mi relojería y dentro de su auto con calefacción y asientos de piel diseñados para mantenerse calientitos.

Ningún cliente entró a mi relojería, y yo esperé los trece minutos restantes para cerrar mi negocio. Exactamente a las cinco de la tarde puse el seguro a la puerta y me retiré.

Mi relojería está en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal, la llamada macro plaza. Me tardo poco menos de treinta minutos en llegar a mi casa, normalmente porque camino despacio para admirar la catedral y el faro del comercio, las cuales son dos bellos pero muy diferentes edificios arquitectónicos en la macro plaza. Además de eso, me detuve para saludar a doña Graciela que regresaba de la tienda («Leche, tortillas, y frijoles, Pinocho. Con eso sobrevivo por una semana»), llegué a mi casa a las 5:27, así que esperé a que dieran las 5:28 (un número par), y entonces di un paso a la puerta y…

…Si esta fuera una historia de espionaje, la puerta estaría entre abierta. Entonces yo sacaría mi pistola, y ustedes los lectores se darían cuenta que aunque simulaba ser un relojero, en realidad yo era un espía de la INTERPOL, del M16 o algo así, con una misión súper importante que incluiría en las próximas páginas muchos disparos, autos robados y chocados, algún lugar exótico, y un final lleno de explosiones. Ah, y salvar al mundo, claro.

Lamentablemente no soy un espía, y la puerta estaba cerrada.

Pero la ventana junto a la puerta estaba abierta.

Y lamentablemente, no recordaba haberla dejado así.


continuará...

Historia Navideña: Capítulo I

Así que hoy comienza la historia navideña, dividida en mini-capítulos. Es una comedia navideña romántica, y la escribo por pura diversión (y porque estoy de vacaciones ¡y tengo tiempo de escribir!). Espero que ahora que terminan las clases, este cuento les haga sonreír un poco.

Antes de comenzar, quisiera decir que la mejor y verdadera historia navideña se encuentra en la Biblia. Allí encontramos el significado y propósito de la Navidad.

Yo creo que la diversión es una forma legítima de pasar el tiempo, y que lo que hacemos, para disfrutarlo, debe ser divertido.

Así que bueno, ya basta de prólogos.

Se abre el telón.

Esta es la tercera llamada.

Comenzamos.

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

Una historia Navideña

Por Emanuel Elizondo Orozco

I

—Mira, Pinocho, eso es completamente imposible. No puede pasar. Vivimos en Monterrey, en el mero norte de México, así que es imposible. Im-po-si-ble.

Miré a Violeta por un segundo, decidí no responder, y bajé la mirada de nuevo al reloj que estaba componiendo. Una bella pieza. Un reloj antiguo, de muñeca, de oro puro, de un tal Sr. Jiménez, quien lo había dejado a mi encargo no sin antes asegurarme que era una valuable posesión que había estado por años en su familia (me llegan muchos relojes de ese tipo), y que si algo le llegara a pasar, él se aseguraría de personalmente modificar con su puño mi expresión facial.

Bueno, tal vez exagero algo, pero estoy seguro que eso es lo que estaba pensando. Ustedes no le vieron la cara cuando me dijo: «Que no le pase nada, ¿eh, hijo?». No se preocupe, Señor, estuve a punto de contestarle, prefiero conservar mi cara, así de fea como está, sobre todo porque ya le vi esos tres gigantescos anillos en la mano derecha.

—¿Qué, ya te convencí?—me dijo Violeta.

—Nop.

—Eres imposible, Pinocho—dijo meneando un poco la cabeza y tratando de no sonreír—. Eres una de las personas más ilógicas sobre la faz de la Tierra.

—Gracias—le contesté—. Aunque no creo que conozcas mucha gente alrededor de la faz de la Tierra, porque si no, de seguro que encontrarías alguien peor que yo.

—No empieces, Pinocho, ¿eh? No empieces.

¿Ya me presenté? Creo que no. Mi nombre es Pinochet Péres Padua, pero de cariño me dicen Pinocho. No por mentiroso (eso espero, al menos), sino porque suena mejor que Pinochet. Aparentemente Pinochet fue el apellido de un hombre que vivía allá para el sur de México y que supuestamente hizo muchos estragos, y esa es la razón de mi apodo.

¿Por qué rayos me nombraron así mis papás, te preguntas? Bien, la respuesta es simple: Ni idea.

Ni idea porque no tengo ni idea quienes son mis papás.

Tomé mis lentes de aumento, los coloqué bien sobre el puente de mi nariz, y examiné bien los adentros del reloj, buscando ese engrane, esa tuerca, ese problema que impedía a ese buen señor de tres anillos en la mano poder consultar la hora y ser un hombre feliz.

—Entonces si sucede, ¿cuánto me vas a dar?—dije.

Levanté la mirada. Los ojos azules de Violeta, que se veían algo morados al reflejar su suéter de ese color, me miraban fijamente.

Regresé la mirada al reloj, por miedo de que si fijaba mi vista por mucho tiempo en los ojos de Violeta, mis mejillas se tornaran algo rosadas.

—¿Quieres apostar?—dijo Violeta riéndose un poco.

Yo me encogí de hombros.

—Cien pesos—dijo.

—¿Tan poquito?

—Doscientos.

—Hmmm…

—Doscientos cincuenta.

La miré. Extendí mi mano. —Hecho.

Ella comenzó a extender su mano, pero la detuvo antes de estrechármela. —¿Seguro?

—Nunca he estado más seguro en mi vida—dije.

—Sí, claro.

—¿Entonces?

Violeta me estrechó la mano. —Está bien. Doscientos cincuenta pesos a que no nieva en Navidad.


continuará...


El capítulo II, ¡muy pronto!

Siéntanse con libertad de dejar comentarios, por cierto.

Historia Navideña

He decidido... bueno, más bien, espero poder terminar una pequeña historia navideña para antes de Navidad, y publicarla aquí en el blog.
La comencé hoy, y será un pequeño cuento basado en los personajes de una historia que escribí hace más de cinco años para una pequeña película actuada por un amigo y unos amigos de él, titulada "Tic Tac". Espero tener el guión de esa película convertido en historia pronto.
Pero la historia que escribo ahora es algo melodramática, un poco cursi, pero hasta ahorita me he divertido escribiéndola. Todavía no decido si publicarla por pequeños capítulos aquí en el blog, o publicarla completa (en PDF) unos días antes de Navidad.
Bueno, como no puedo resistir la tentación, aquí les va la mitad de la primera página.
El título está en progreso, pero hasta ahora se llama:

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

Una historia Navideña

Por Emanuel Elizondo Orozco

I

—Mira, Pinocho, eso es completamente imposible. No puede pasar. Vivimos en Monterrey, en el mero norte de México, así que es imposible. Im-po-si-ble.

Miré a Violeta por un segundo, decidí no responder, y bajé la mirada de nuevo al reloj que estaba componiendo. Una bella pieza. Un reloj antiguo, de muñeca, de oro puro, de un tal Sr. Jiménez, quien lo había dejado a mi encargo no sin antes asegurarme que era una valuable posesión que había estado por años en su familia (me llegan muchos relojes de ese tipo), y que si algo le llegara a pasar, él se aseguraría de personalmente modificar con su puño mi expresión facial.

Bueno, tal vez exagero algo, pero estoy seguro que eso es lo que estaba pensando. Ustedes no le vieron la cara cuando me dijo: «Que no le pase nada, ¿eh, hijo?». No se preocupe, Señor, estuve a punto de contestarle, prefiero conservar mi cara, así de fea como está, sobre todo porque ya le vi esos tres gigantescos anillos en la mano derecha.

—¿Qué, ya te convencí?—me dijo Violeta.

—Nop.

—Eres imposible, Pinocho—dijo meneando un poco la cabeza y tratando de no sonreír—. Eres una de las personas más ilógicas sobre la faz de la Tierra.

continuará...
¿Les gusta? Ya sé que fue poco, pero algo es algo. Pronto, ¡el primer capítulo!

Dolor, Pecado, y el Control de Dios

Cada vez leo menos las noticias. Y eso no es normal para mí. Soy una persona a la que le gusta leer el periódico, así que no hay día que no visite la página en línea del periódico de mi ciudad, además de uno o dos sitios americanos. Me gusta leer las noticias de un punto de vista conservador y del lado liberal, y así tratar de ver bien los dos lados.


Pero resulta que cuando leo los titulares, casi me deprimo cada día. Hace dos días mi compañero de cuarto me enseñó un video de como un policía en Brazil accidentalmente mató a un hombre que trataba de huir de unos disturbio después de un juego de futbol. Según la nota que acompañaba el video, antes de morir, el joven miró al policía y le preguntó, "¿Por qué me disparaste? Yo no hice nada". Pero el policía no sabía qué responder. Había sido un accidente.


Curiosamente leí hoy una entrevista con un pastor americano bastante famoso (aunque no creo que sea muy buen expositor, personalmente; aún así lo respeto y creo que es un hombre de Dios) quien dijo que no entendía perfectamente bien el llamado "problema del dolor".


Muchos libros han sido escritos al respecto, por personajes como Lewis y muchos otros teólogos, así que no me voy a tomar el tiempo de explicar mis pensamientos al respecto, pues ellos han sido moldeados por las enseñanzas de buenos hombres de Dios mucho más inteligentes que yo, y primordialmente, por la Palabra de Dios, la cual enseña bastante acerca del amor de Dios, el pecado, la soberanía de Dios y la libertad del hombre.

Hoy, en el desayuno, platiqué con una amiga al respecto. Me preguntó, «Pero ¿por qué le pasan cosas malas a gente buena». «Bueno» le respondí. «La verdad es que no hay nadie bueno. Todos nacemos en pecado. Así que la verdad es que cosas malas le pasan a gente muy muy mala que es un poquito mejor que otras, pero mala de todas formas». Y aunque ese comentario no responde la pregunta por completo, es, creo yo, un buen lugar donde empezar.


Pero cuando llega la noche y estoy por dormir, elevando mis últimas oraciones del día, con toda la información en mi cabeza, y sintiéndome de todas formas algo triste y con dolor en el corazón por la condición de la humanidad y por mi propia condición, lo único que puedo hacer es confiar en que Dios es Dios, y que Él sabe lo que está haciendo, y que aunque yo no puedo comprenderlo todo, Él sí. Y es con ese pensamiento que puedo dormir tranquilo.

Estaré en casa para la Navidad

La Navidad se acerca cada vez más. Las calles se han llenado de luces; las canciones navideñas se oyen en las tiendas, restaurantes y supermercados; la gente comienza a poner sus pinitos en sus casas, y el frío de la noche, aunque incómodo a veces, trae gratos recuerdos de ésta época en que recordamos el nacimiento de Jesucristo.

 

Yo, por mi parte, estoy por terminar mi primer semestre en el seminario. Esta semana que entra comienzan mis exámenes finales. Estoy cansado y algo nervioso, pero listo para terminar y regresar a casa por dos semanas. Sólo dos semanas, sí, porque tengo que regresar a trabajar aquí.

 

El día de ayer fui con mi hermana y unas amigas a cantar villancicos a un asilo, y fue bonito poder compartir nuestras voces y el mensaje de Cristo con las personas del asilo, quienes nos escucharon con mucha alegría y lágrimas en los ojos.

 

La semana pasada se juntaron unas cinco mil personas aquí en la Universidad a cantar, y en la nota más alta de "Santa la Noche", se prendieron las luces y el pinito navideño. Hace unos cuantos días vino el mundialmente famoso guitarrista Christopher Parkening y el cantante Jubilant Sykes, quienes dieron un concierto navideño.

 

Me encanta la Navidad. Ya estoy listo para regresar a casa. Ya comienzo a oler los tamales, el pavo, el menudo; ya comienzo a anhelar ver a mi familia, a mis primos, tíos, tías y abuelos.

 

Me encanta la Navidad.

Libros por leer

Como lo he dicho anteriormente, debido a la alta cantidad de tareas, exámenes, etc., no he podido leer mucho este semestre a parte de mis libros de texto y lecturas requeridas. Aún así, he adquirido varios libros (algunos los he comprado, pero la mayoría me los han regalado o los he adquirido gratis a través de promociones, regalos, y así) que espero poder leer. Algunos no tengo interés de leerlos, y simplemente van a ocupar espacio en mi librero hasta que tenga que meterlos a una caja para dar espacio a libros más importantes.

 

Pero bueno, esta es una lista de libros que tengo y quiero leer en el futuro, pero por ahora están de pié muy tranquilitos en mis libreros. La mayoría los tengo en inglés, así que voy a darles una traducción al español no-oficial.

 

  • John MacArthur: Historia de dos Hijos (su nuevo libro, el cual conseguí al 70% de descuento); El Asesinato de Jesucristo; ¿Por qué un camino?; Un Llamado al Balance.
  • John Piper: La Supremacía de Cristo en la Predicación; Pecados Espectaculares (en progreso).
  • El Evangelio y el Evangelismo Personal por Mark Dever.
  • Cien Años de Soledad por Gabriel García Márquez. (en progreso)
  • Adán por Ted Dekker.
  • Monstruo por Frank Peretti.
  • La Isla Misteriosa por Julio Verne.
  • Oliver Twist por Charles Dickens (en progreso).

 

Pues bien, los demás no los voy a leer porque no tengo tiempo. De por sí no sé cuando voy a leer estos, pero creo que valen la pena. Tal vez una o dos de las novelas va a tener que ser tachada, pero aún no lo sé.

 

Cuando termine uno de ellos—y eso puede ser hasta Enero—trataré de publicar una crítica del libro.

 

Por cierto, si alguien tiene alguna recomendación de algún buen libro, ya sea ficción o no ficción, devocional o teológico, "cristiano" o "secular", por favor me dicen.

Ya lo necesitaba

Hoy regresé a clases después de unos cuantos días de vacaciones por el Día de Acción de Gracias. Creo que es un excelente día festivo que se celebra por acá. Tenemos tanto de qué dar gracias. Pero este post no es acerca de eso.

 

Después de tres meses de clases, este pasado fin de semana me tomé la libertad de leer unos cuantos capítulos de Oliver Twist, novela de Charles Dickens. ¡Vaya que lo disfruté! No es que no me guste leer libros de Teología Sistemática, o artículos acerca de la inspiración de la Biblia, o repasar una y otra vez vocablos griegos, pero sinceramente hay pocas cosas que me traen más placer que sentarme en un buen sillón--con una taza de café lo suficientemente cerca para disfrutar no solamente de su sabor, sino también de su aroma--a leer una buena novela.

 

Cada vez que pienso en libros como 20,000 Leguas de Viaje Submarino, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, Miguel Strogoff, Cinco Semanas en Globo (soy un fan de Julio Verne… ¿se nota?), Jurassic Park, Life Expectancy, Las Aventuras de Sherlock Holmes, Dejados Atrás, Esta Patente Oscuridad, Las Tumbas de Anac, etc., etc., recuerdo esos momentos en mi cama o silla en la que pasé horas fascinado por esos personajes, historias y mundos, totalmente absorto en un mar de palabras que me traían diversión increíble. Si no te gusta leer, lo que acabo de decir debe ser no solamente extraño, sino una completa locura.

 

Si a alguien no le gusta leer, es porque no ha leído un buen libro. Esa es mi filosofía. En cuanto a mí, me encantan las buenas historias. Me encantan los buenos libros. Esos libros que merecen una ovación de pié cuando uno los termina (y son pocos los que han merecido ese privilegio, debo admitirlo).

 

Obviamente no he terminado Oliver Twist. Llegué hasta el capítulo 12. Pero mi meta es terminarlo en las vacaciones navideñas. Desde hace mucho que he querido leer un libro de Dickens, porque para mi vergüenza, solamente he leído Un Cuento de Navidad, y eso fue hace unos seis años.

 

No sé que planes tengas para tus vacaciones navideñas, pero tal vez ya deberías de estar pensando en qué libros vas a leer. Yo he estado pensando en ello desde principios de semestre.