¡Torpes!

Como cristianos, cometemos muchísimos errores. No pasa un día sin que yo haga alguna clase de tontería. Ya sea algo que diga, algún pensamiento, o algo que haga.

 

Hoy acabé de leer Gálatas en mi devocional, y ayer que leí el capítulo 3 de ese libro, me dio algo de risa (no risa burlona, sino risa de esa otra forma buena… ustedes entienden, ¿no?) la forma en que Pablo el apóstol les habla a los gálatas. El versículo uno dice: «¡Gálatas torpes! ¿Quién los ha hechizado a ustedes, ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente?» (NVI).

 

¡Vaya forma de referirse a ellos! No sé cómo me sentiría si algún misionero enviara una carta a las iglesias de mi ciudad y nos llamara a todos torpes. En esta carta, Pablo está completamente anonadado ante cómo los creyentes de esa ciudad se han apartado del evangelio por fe solamente en Cristo a un evangelio diferente (Gal. 1:6-7), uno que incluía conformidad a la ley para ser justificados.

 

Es imposible leer esta carta sin darse cuenta del profundo amor que tiene Pablo por los gálatas, y es ese amor el cual mueve a Pablo a hablarles a sus hijos en la fe de esa forma algo fuerte. Un regaño fuerte, pero merecido.

 

Toda la carta es un discurso acerca de la libertad en Cristo y la naturaleza del verdadero evangelio. Es una carta bastante desafiante, y no pude evitar pensar si yo soy víctima de lo mismo. Muchas veces creemos que lo que hacemos o no hacemos, nuestras tradiciones y convicciones personales, nuestras diferencias de opinión, nuestras posiciones teológicas, de alguna manera sorprenden a Dios y lo dejan tan impresionado con nosotros que tiene que dejarnos entrar al cielo con alfombra roja, con los apóstoles dándonos la bienvenida y un coro de ángeles cantando el aleluya.

 

¡Y claro que no! A Dios no lo impresionamos con esas cosas. Y pongo en claro que todo eso que mencione no son cosas malas--de hecho las dije porque es una lista personal--pero siempre debo tener en claro que lo único que justifica es la obra expiatoria de Cristo en la cruz. Fue en esa cruz que Cristo satisfizo la ira del Padre, y cuando la santidad de Él es puesta sobre nosotros (o imputada, para ser más teológicamente exactos) a través de la fe y el arrepentimiento, entonces podemos acceder al Padre.

 

¡Qué maravilla! ¡Qué locura! Qué cosa más increíble. Que Dios mandara a su Hijo para morir por alguien tan vil como yo, y por Su gracia ahora soy salvo y voy derecho a Su presencia. No por lo que yo he hecho, sino por lo que Él ha hecho por mí.

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