Un día de esos

Eran pasadas las doce de la noche. Abrí la cajita y saqué dos píldoras, las cuales prometían no solamente ayudarme a deshacerme de mi resfriado, sino también ponerme a dormir como un oso en invierno después de haberse cenado unos cuantos salmones y tomado una Coca-Cola. Así que, después de pasarlas con la ayuda de un poco de agua, me metí debajo de la colcha y puse mi alarma a las cinco de la mañana, para tener tiempo de terminar la lectura de Teología Sistemática. Cerré los ojos--

 

--y los abrí de nuevo. Miré mi reloj. ¿Qué? ¡Las seis y media de la mañana! ¿Y la alarma…? Bueno, adiós a la lectura.

 

Normalmente me levanto una hora y media antes de clase para tener tiempo de bañarme, planchar la ropa mientras veo una predicación en la computadora (mis favoritas son las de R.C. Sproul, John Macarthur y John Piper. Aunque Mark Dever y Al Mohler acaban de ser agregados a mi lista de podcasts), y tener mi devocional. Así que una hora y media después salí de mi dormitorio rumbo a ese edificio que tanto me gusta: el seminario.

 

Entré a la clase de Sistemática algo enojado conmigo mismo por no haber terminado la lectura (un artículo por L. Gaussen acerca de la inspiración de la Biblia), pero sin nada más qué hacer al respecto, abrí mis notas y esperé ansiosamente a que comenzara la clase. Lamentablemente esas dos píldoras eran más poderosas de lo que pensé, porque no recuerdo nada de lo sucedido en esos cincuenta minutos. Solo recuerdo pensar: «Tengo algo de sueño. Voy a cerrar los ojos…».

 

Sonó la campana y salí rumbo a Griego, pestañeando mucho, tratando de despertarme. Me dolía el estómago, así que por hacer una parada en el baño, llegué tarde a clase. «Y aquí está Emanuel» dijo el maestro cuando entré. Me regresó mi examen, el cual presenté hace poco.

 

Me senté y miré la calificación: una B. Hmm… ni bien, ni mal. Lo peor es que muchos de mis errores son sencillos: una letra que falta aquí, otra que falta allá. El muchacho a mi izquierda tiene su examen doblado y entre sus piernas, cuidando de que nadie lo vea. Es por eso que decidí no preguntarle qué tal le fue. De todas maneras, su cara lo dice todo.

 

La última clase del día es la clase ministerial, en donde todos los estudiantes del instituto y del seminario llenamos un auditorio y escuchamos a diferentes predicadores hablar de todo tipo de temas. El día de hoy el tema era dirigido a los estudiantes del instituto. El decano del seminario hablaría de por qué deberían de seguir con sus estudios en el seminario. Una vez más tengo que echarle la culpa a esas dos píldoras, porque lo único que recuerdo de esa sesión provienen de los momentos en las que las risas de mis compañeros me levantaron de mi excelente siesta. (Me es un misterio cómo le hizo el decano para hacerlos reír, especialmente con el tópico de su cátedra).

 

Terminó la clase. Fui a capilla y, gracias a Dios, no me dormí. Luego a la comida, luego al trabajo.

 

Ha sido un día interesante. La moraleja: eh… no estoy seguro. Tal vez es, «no tomes píldoras para la gripa a menos que tengas un día libre».

 

La segunda moraleja sí sé cual es: aunque las cosas no salgan como lo planeamos, debemos de… mejor dejo que el Apóstol Pablo lo diga: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Filipenses 4:4).

 

No hay comentarios: