Momentos de Película

Hay momentos en la vida en las que uno se da cuenta de lo hermoso que es vivir. Hablo de experiencias emocionantes, difíciles, traumáticas, o una mezcla de todo, de las que nos gusta platicar después con los amigos. Me gusta referirme a estos momentos como «momentos de película» (la frase no la inventé yo, obviamente), gracias a cómo Hollywood nos ha presentado esas situaciones. Por ejemplo, la bomba que se desactiva cuando faltan 00:00:01, el héroe que desamarra a la hermosa muchacha antes de que el tren la divida en dos, el detective que descubre al asesino que nadie esperaba, el close up a la cara del sheriff y el bandido antes del duelo, o el típico beso á la Walt Disney al final de la película. Sí, momentos de película.

 

Bueno, hoy yo viví uno de esos. Lamentablemente son muy pocos los que pueden cumplir con el estándar tan alto que tiene Hollywood, y todavía más lamentablemente es que yo soy uno de ellos. ¡Vivo en una Universidad y estudio en un Seminario, después de todo!

 

Como quiera, esto fue lo que pasó. Entre a la clase de Griego y rápidamente me di cuenta de que todos tenían en la mente lo mismo que yo: el alfabeto griego. Hoy era la primera prueba de la clase, y simplemente teníamos que escribir el alfabeto entero… en menos de un minuto.

 

Me senté, algo confiado en las dos horas y media que había pasado estudiando ese alfabeto (fue más difícil de lo que pensé memorizármelo, debo decir), cuando el muchacho sentado junto a mí, originario de la India, me dijo: «No sé si puedo. Un  minuto es muy poco». «No te preocupes» le respondí mientras yo me empezaba a preocupar. En un minuto. Sesenta segundos. ¿Veinticinco letras entre sesenta? Casi dos segundos y medio por letra.

 

Entra el maestro. Reparte las hojas. Timbra la campana. Mira su reloj y nos dice: «¿Listos? Pongan su lápiz en una posición confortable. Y…. ¡ahora!».

 

Alfa, beta, gamma, delta, epsilon… ¿qué sigue? ¡rayos!... ah, zeta, eta, theta…

 

Mi lápiz se mueve casi a la misma velocidad que mi cerebro. Osea, no muy rápido, pero tampoco lento. Termino el alfabeto y parece quedarme tiempo, así que cuento las letras--

 

¿Veinticuatro? ¡No! ¡Me falta una! «Quedan cinco segundos» dice el maestro, su voz a penas y audible para no distraer a nadie.

 

Este es el momento de película.

 

Mi cerebro me dice algo que no me gusta: ni de chiste encuentras la letra que te falta en cinco segundos, en cuatro…

 

Comienzo a recitar el alfabeto lo más rápido que puedo, y entonces lo veo, o más bien, no la veo: me falta omicron. La letra más fácil de escribir, pues es una simple «o». En el pequeño espacio entre xi y pi escribo la «o», y justo cuando la punta de mi lapicero se desprende de la hoja, «¡Tiempo!».

 

Yo por poco levanto mis brazos y pido a todos tres hurras por Emanuel, quien otra vez ha salvado el día… bueno, solamente un punto en la prueba, pero hey, algo es algo.

 

Así que allí está, ese fue mi momento de película del día de hoy. ¿Decepcionado? Bueno, ni hablar. El día que me persigan los Nazis o que salve a una muchacha hermosa, prometo contarles.

 

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