Serpientes y Escaleras

Ayer toqué una serpiente por primera vez. No es que les tenga fobia, pero tampoco les tengo afecto. Normalmente cuando veo una (y he visto varias en mi vida) mi primer pensamiento es «Emanuel, hay que salir de aquí». Pero ayer trajeron una serpiente al trabajo.

 

No trabajo en un zoológico, por si se lo preguntaban. Trabajo en una compañía cristiana de educación a distancia. Creamos programas educacionales que se transmiten por satélite o se venden en discos, y con mi trabajo pago mis estudios en el seminario. Uno de los programas se transmite en vivo por satélite y por el Internet (pronto les tendré el link para que lo vean), y ayer en el show vino un hombre obsesionado con bichos y animales exóticos. El hombre es exterminador de día y colecciona animales de hobbie. Vaya contraste. Así que trajo todo tipo de especies al estudio, incluyendo dos serpientes.

 

A mitad del show, uno de los miembros del crew me dijo, «Mira, cuando yo te diga, quiero que le quites el nudo a esa bolsa y la abras» me dijo apuntando a una bolsa de tela color azul que se encontraba encima de una caja de plástico de la cual provenían ruidos extraños. «¿Qué hay adentro?» le pregunté. «Una serpiente» me respondió. En la torre, pensé. «Ehh… ¿quieres que yo la abra?». Me dijo que sí. «¿No es venenosa?». Me dijo que no. De todas maneras, pensé.

 

Así que minutos después recibí la señal y, demostrando mi característica valentía, abrí esa bolsa (con el corazón ligeramente acelerado), orando que la serpiente no saliera disparada y causara un pandemónium en el estudio. Pronto alguien más terminó de abrir la bolsa y sacó a José la serpiente, porque tenía la piel como una túnica de diferentes colores. Después, para la sorpresa de unos y el horror de otros, sacaron de la caja azul otra serpiente, pero esta era gigante y de color amarillo.

 

El show fue buenísimo. Al terminar, dejaron que el público se tomara fotos con ellas. Yo me acerqué titubeante y toqué a la amarilla, y gracias a Dios no se me enredó ni me trituró hasta morir una muerte lenta y dolorosa. Se sentía fría, y era interesante sentir sus músculos cuando se movía de un lado al otro, probando el aire con la lengua y mirando a su alrededor con sospecha.

 

Parece que en este trabajo voy a aprender a conquistar mis miedos. La otra vez me hicieron subir a una escalera para bajar unas luces, y no me resbalé ni me rompí la cabeza en el precipicio abajo. Aunque todo el tiempo sentí que el final de mi vida estaba cerca, no me pasó nada.

 

Lo repito, no es que tenga fobias. Pero no me gustan las alturas. Y tampoco me gustan animales que se arrastran, que tienen ojos malévolos, colmillos gigantes, y que te sacan constantemente la lengua.

 

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