Gente buena

Estoy sentado, esperando la comida. Alrededor de mí, el lugar está lleno. No hay ni una mesa libre. Es un mercado de comida rápida en un centro comercial. La mesa junto a mí—una mesa para cuatro—se desocupa, pero pronto se sienta un muchacho de unos treinta y cinco, vestido de ejecutivo, con pantalón negro, una camisa plateada de rayas y zapatos bien lustrados.

 

«¿Dónde está mi comida?», me pregunto al mirar mi reloj. Nos dijeron que estaría lista en diez minutos, los cuales acaban de cumplirse.

 

«¿Puedo sentarme aquí?» escucho a mi izquierda. Es una señora de edad, con cabello blanco y algo encorvada que le pide permiso al joven ejecutivo de sentarse del otro lado de la mesa, en contra esquina de donde él está sentado. El muchacho dice que sí. La ancianita se sienta, pone su plato con comida frente a ella, y al tratar de colocar su vaso con agua de jamaica en la mesa, éste se cae, se derrama por la mesa y salpica el pantalón del muchacho.

 

La señora está apenada. Su cara lo demuestra. «Hay, no, por favor discúlpeme» dice mientras menea la cabeza y levanta un poco las manos. El muchacho le responde: «Señora, no se preocupe. No se preocupe». Entonces el muchacho se levanta y regresa con dos cosas en mano: servilletas, para limpiar la mesa, y un nuevo vaso con agua de jamaica que él mismo pagó.

 

«Aquí tiene, señora. Siéntese, y por favor, no se preocupe».

 

Pronto mi comida estuvo lista, y yo me retiré de allí no sin antes echar un vistazo a aquella mesa en donde el muchacho ejecutivo y la ancianita comían juntos.

 

 

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