Novela terminada... más o menos

Estoy contento porque ya terminé el segundo borrador de mi novela corta que se titula, «El Reino de los Elfos». Es una novela de fantasía y aventura para niños. La terminé hace casi un año, pero la fui editando poco a poco. Creo que ya quedó al menos decente, excepto por los errores de gramática que nunca parecen desaparecer, y estoy seguro que aún tengo errores de otros tipos, lo cual es normal en una novela que no ha sido revisada por un editor profesional.

 

Si alguien está interesado(a) en leerla, mándenme un mensaje y con gusto se las envío por email. No es nada increíble, no es un Pulitzer o Nobel, pero hey, al menos divierte un poco. (O eso espero).

 

Se me hizo interesante leer una nota hoy en el periódico que hablaba de John Grisham, el famoso y millonario novelista Americano que escribe thrillers legales. El artículo, titulado: «John Grisham no tiene ilusiones acerca de sus escritos», decía que el año pasado Grisham ganó nueve millones de dólares en ventas, y estoy seguro que con su nuevo libro, titulado «The Appeal», ganará otros millones más. Actualmente su libro es el número uno best seller en la lista del New York Times, y es el número dos en la lista de Amazon.

 

Pero lo más interesante del artículo fue la siguiente frase hecha por Grisham: "Te aseguro que no me tomo en serio lo suficiente para pensar que estoy escribiendo ficción literaria y cosas que serán recordadas en 50 años. No voy a estar aquí en 50 años; no me importa si me recuerdan o no. Es puro entretenimiento." Y después dijo que lo que intenta es escribir "ficción popular de alta calidad."

 

Me pareció interesante leer los pensamientos de uno de los autores más exitosos de hoy en día.

 

¿Cón el pié izquierdo?

El día de ayer decidí que, antes de ir al trabajo, me tomaría media hora en la mañana para disfrutar de un café y leer un poco. Así que hice los planes necesarios. Primero, me cercioré del horario del Café de la universidad. Lo chequé: «Abierto-7:30 am». Jeje. Peerfeectoo.

Puse mi despertador a las 6:30 de la madrugada, y efectivamente, me despertó a esa hora. Debatí por cinco minutos la locura que estaba por hacer. Podía cerrar los ojos y disfrutar de media hora más de sueño... no. ¡No! Me levanté, me bañé, me cambié, preparé mi mochila, y salí a mi encomienda.

Temperatura: unos cinco grados centígrados. Un cafecito no me caería nada mal (aparte, uno necesita la cafeína). Llegué al Café y caminé al mostrador.

Algunos de ustedes saben que mi experiencia en cuanto al café es bastante limitada. Osea, dicho de otra forma, no sé nada de café (con decir que la semana pasada aprendí a hacer café instantáneo usando una cafetera... ¡qué vergüenza!). Haberme levantado media hora más temprano de lo normal ameritaba tomar algo más que un simple y sencillo café. Gastaría uno o dos dólares más que lo de costumbre. Miré el menú pegado a la pared, por encima del mostrador, y seguramente mi cara reflejaba total confusión. La variedad era impresionante.

Expressos: Lattes, Capuchino, Breves, Americano, Expresso; Frozen: Coffee, Mocha, Chan; Specialty: Chai Tea, Machiato, Cafe Mocha, Steamer... la lista parecía ser interminable.

«Pero qué rayos», pensé. «¿Y cómo se supone que un ser humano puede saber qué quieren decir todas esas cosas? ¿Cual es la diferencia? ¿Habrá alguna? Tal vez todo es lo mismo y el precio varía para hacernos tontos a todos los clientes. Hmm...»

Terminé por hacer dos o tres preguntas claves a la muchacha detrás de la caja, y finalmente me decidí por un Capuchino porque he escuchado ese nombre antes. Me compré una galleta con chispas de chocolate, y me senté en una esquina, con mi Capuchino en mano, listo para disfrutar de una mañana de tranquilidad.

Abrí mi libro, y con una media sonrisa dibujada en mis labios le di un buen sorbo al café. Cuando el líquido pasó por mi garganta, estuve a punto de gritar. No solamente porque sentí que acababa de pasar lava ardiente, sino porque el sabor era horroroso. Por poco y escupo esa pócima, ese brebaje preparado con el único fin de destruir mis cuerdas vocales para siempre-- pero resistí el impulso. Me levanté, entré al baño, y tomé agua fría de la llave. Creo que salió humo de mi garganta.

Salí, tomé dos paquetes de azúcar, y los vertí sobre ese líquido color café que estaba dentro de mi taza. Meneé con fuerza para contrarrestar el amargo sabor, y después de soplarle como si fuera una sopa instantánea, me llevé la taza a la boca, con manos temblorosas, listo para quemar mi garganta por segunda ocasión.

Gulp. Hey, nada mal. Ya con azucarcito es mejor. Perfecto. Ahora sí, a leer. Justo en eso se abre la puerta y entran dos señores, vestidos en jeans y camisas cuadriculadas, y uno de ellos cargando una escalera de aluminio color rojo.

"¡Buenos días!" grita. "Venimos a reparar las luces. Pero primero necesitamos que las apaguen para que no nos de un shock de electricidad o algo." Las luces se apagan. Por fortuna hay una especie de lámpara que me da suficiente luz para diferenciar las letras de mi libro.

Seguí tomando de mi café, tratando de ignorar la divertida y amena plática de los dos señores, hasta que finalmente se van después de reparar una luz. ("¡La primera tarea completada del día!" grita el sr. Escalera Roja antes de irse).

Ahora, yo no sé cómo preparan el Capuchino. Lo único que sé es que para cuando llevaba la mitad, sentía que todo mi cuerpo temblaba un poco. Mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza después de haber sido asustada. "¿Podré dormir en la noche?" me dije a mi mismo. "¡Y apenas son las 6:45!"

Vaya forma de comenzar el día. "Tal vez me levanté con el pié izquierdo". Pero luego pensé en lo absurdo de ese pensamiento. ¿Y si yo fuera zurdo? Ese comentario lo encontraba bastante discriminatorio.

Entonces decidí que no, no iba a dejar que circunstancias ajenas a mí afectaran mi comportamiento por el resto del día. No importa con qué pié me levante. No importa si un café quema mi garganta y destruye mi sentido del gusto para siempre (o al menos por el resto del día). No importa si dos señores arruinan la tranquilidad de mi mañana. Eso no importa.

Así que, cinco minutos antes de las ocho (suficiente tiempo para correr a mi trabajo), me levanté, le di las gracias a la muchacha por prepararme el brebaje ese (creo que lo dije de otra manera más correcta), y salí a la fresca mañana, dispuesto a conquistar el día.