¿Qué qué?

Algunos me han preguntado qué quise decir con el post «Cinco Siete Cinco», escrito el 27 de Septiembre del 07. Bueno, es una forma de poesía japonesa que consiste en usar tres versos los cuales siguen el siguiente patrón: la primera línea tiene cinco sílabas, la segunda siete, y la tercera cinco de nuevo. El poema no rima, más bien se enfoca en una imagen. Eso es lo que intenté hacer con mi post. Si me salió o no me salió, no lo sé. Eso lo decide el lector. Léanlo de nuevo, y me encantaría saber su opinión al respecto.

Hermosa Tecnología

El Dr. J mira con intensidad la pantalla de la computadora frente a él. Su ceño se frunce lentamente, sus blancas cejas se acercan la una a la otra, juntándose cada vez más hasta casi formar una línea horizontal. El puente de su nariz aguileña se arruga un poco, y sus labios se arquean ligeramente hacia abajo. Yo, sentado en mi banco, sé perfectamente la situación. La computadora no está funcionando de nuevo, pienso.

 

La clase de Teorías de la Comunicación es una de las más difíciles de mi carrera. El Dr. J es un maestro excelente; tiene muchos años enseñando diferentes materias de comunicación, así que es un profesor muy reconocido en el cámpus.

 

Debo decir que es algo excéntrico. De complexión delgada, con lentes grandes y un cabello blanco perfectamente bien peinado. Sus pantalones están sujetos no con un cinto, sino con tirantes de piel. Siempre viste de traje, normalmente gris y cuadriculado, con zapatos cafés y algo viejos. Pero lo que lo distingue de todos los demás maestros de la universidad es que no usa corbata... usa moño. Y se enorgullece de ello.

 

No sé si el Dr. J odia la tecnología, o la tecnología a él, el asunto es que con regularidad tengo que aguantarme la risa en clase porque por alguna razón, casi siempre hay dificultades técnicas ya sea con la laptop o el retroproyector.

 

Por lo general la primera reacción del Profesor es fruncir el ceño. Da unos cuantos clicks más, mira hacia la pantalla en la pared, mira al retroproyector que se rehúsa a mandar la imagen, y regresa su mirada a la computadora. Click, click, click. Nada. Menea la cabeza en frustración y comienza a murmurar. «Estás jugando conmigo, ¿no? No puede ser, esto es increíble...».

 

Al final levanta de nuevo las manos y dice: "¡No lo puedo creer! ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Quién me la desconfiguró otra ves?". Es allí cuando uno de nosotros levanta la mano, hace una sugerencia, y dos minutos después algo mágico sucede y todo el equipo cobra vida.

 

Y así, después de que el Dr. J nos echa una mirada que refleja una mezcla de frustración, diversión y vergüenza (probablemente nota las sonrisas de todos nosotros), comienza a dar la clase.

¡Oh, pero lo sentimos mucho!

Chéquense nada más esta carta que le mandaron a Louis Zukofsky cuando una editora en China le rechazó su novela:

Gran y honorable Sr,

Leímos cuidadosamente su manuscrito

con deleite inmensurable. Y

nos apremia jurar por nuestros ancestros

que jamás hemos leído un trabajo

que iguale su maestría.

De publicar su libro,

nunca podríamos suponer que seremos

capaces de publicar libros del estándar

como el de ud.

No podemos imaginar que

ni en los próximos diez mil años

llegaremos a publicar

uno que lo iguale.

Así que por lo tanto debemos rehusar

su trabajo que brilla como el cielo

y pedirle mil veces

que nos perdone esta falta

que sólo nos afecta a nosotros.

—Los Editores

Vaya. Pero ¡aún hay esperanza!

Conferencia para Escritores

Nos estacionamos algo lejos de la puerta. Al salir del auto, me estiré fuerte y bostecé. El viaje había durado poco menos de una hora. Mi reloj marcaba las 8:55; cinco minutos antes de que comenzara la conferencia para escritores. Estaba algo emocionado pues jamás en mi vida había asistido a una conferencia, y aparentemente las conferencistas eran buenas; al menos, una de ellas ha publicado veinte novelas y ganado varios premios.

Y yo, un escritor amateur listo para escribir el próximo éxito de ventas. Eh, sí, claro.

Entramos y nos recibieron las secretarias. Dos señoras con cabello blanco y lentes con mucho aumento. «Qué bien», pensé. Tal vez esta era una de esas conferencias en las asisten gente ya grande de edad cuya última voluntad es escribir un libro. Una de las secretarias, con amplia sonrisa, me entregó el gaffette con mi nombre y me dijo en inglés: «Bienvenido Señor Elizardo». Hmmm... Decidí que lo mejor era no corregirla. Después de todo, los Americanos tienden a decir mi apellido mal. Le di las gracias y, junto con las otras tres muchachas de la universidad que venían conmigo, entramos a la primera conferencia.

Al sentarme le eché un vistazo a mi gaffette: «Emanuel Elizardo». Oh, grandioso. Después miré a mi alrededor: 30 personas. Dos muchachos--incluyéndome a mí. Muchas cabelleras blancas y lentes de aumento semi-telescópico. Varias barbas negras y largas, estilo Santa Claus en sus cuarentas. En la que me metí.

La escritora, de apellido Dow, impartió varias conferencias acerca de cómo escribir una novela y todo lo que ello implica: diálogo, acción, conflicto, suspenso, personajes, publicación, auto publicación, etc.

Excelentes conferencias. Es verdad que el lugar estaba lleno de autores amateurs como yo, y aunque todos excepto unos cuantos de nosotros ya estaban en la tercera o cuarta edad, hey, nunca es tarde para empezar, ¿no? Mejor tarde que nunca, eso siempre digo yo.

Regresé al campus de la universidad satisfecho y con varias páginas llenas de notas. Eso, y un deseo de seguir escribiendo.

Juanito el Pirata

Había una vez un niño, su nombre era Juanito.

Era algo feo, extraño y chaparrito.

Su familia era grande: papá, mamá y diez hijos,

Vivian, por consecuencia, en una casa de tres pisos.

No era una casa bonita, sino todo lo contrario,

Era horripilante (la peor de todo el barrio).

Esa tarde...

Al cumplir con sus deberes, Juanito decidió

Salir a jugar afuera, así que se alistó.

Bajó las escaleras silbando una canción

Que hablaba de piratas, aventura y emoción.

De barcos en mares distantes, de tormentas e islas perdidas,

De muerte, bebida y juego y otras acciones desmedidas.

Juanito salio saltando, contento de estar afuera,

Al salir gritó su mamá: «¡No te bajes de la acera!».

Es verdad que el pobre niño de la acera no se alejó,

(Aunque le rogó a su mamá, ella no lo dejó).

Pero pronto...

La acera se convirtió en el mar, una caja en un barco,

Un palo fue su espada, y una rama, su arco.

El tiempo transcurrió rápido, y pronto oscureció.

Juanito, algo cansado, a su casa se metió.

«Fue un día de aventuras», pensó Juanito satisfecho.

«Mañana saldré de nuevo. Eso ¡es un hecho!».

Juanito cerró sus ojos y así comenzó a soñar

Que era un famoso artista con el papel estelar.

Fin

No es fácil

La clase de Taller Literario es una de mis favoritas. No solamente la maestra es una novelista reconocida, sino también tiene el don de enseñanza.

 

La semana pasada nos encargó escribir, en menos de trescientas palabras, una escena de conflicto. Así que me senté frente a mi computadora y escribí mi obra maestra. Al terminarla, mis compañeros de cuarto la leyeron y corrigieron (pues la escribí en inglés), y una semana después la entregué.

 

Cuando por fin la maestra nos regresó nuestras composiciones, yo rápidamente guardé las dos páginas de papel en mi mochila para después analizar bien los comentarios de la profesora tranquilamente.

 

Me compré un café (algo que cada vez se hace más común en mi vida cotidiana),  caminé a los dormitorios y entré a mi cuarto. Sentado frente a mi escritorio, saqué el cuento.

 

Al principio pensé que tal vez la maestra no solo había revisado el escrito, sino que también lo había hechizado, porque para mi sorpresa, estaba sangrando.

 

Después de parpadear dos o tres veces y acercar el papel a mi nariz me di cuenta que no era sangre, sino tinta roja, la cual había sido usada para formar oraciones en los márgenes, entre líneas y hasta entre las palabras de mi cuento.

 

Pensé que la maestra probablemente no tenía mucho dinero en su cuenta bancaria porque había decidido usar mi papel para escribir un cuento suyo. Un cuento bastante desorganizado, a mi parecer. Decidí leer su cuento para ver si era tan bueno como el mío. Me bastó leer el primer párrafo para darme cuenta de la triste realidad, eso que mi cerebro había estado tratando de bloquear conscientemente.

 

Sus comentarios no fueron duros, pero sí extensos. Sugirió quitar oraciones y reorganizar palabras. Cuestionó las motivaciones detrás de las acciones de mis personajes y el por qué de los diálogos. «Si tu personaje detesta que lo molesten, ¿por qué le dice a su esposa que no le importa que ella cante mientras él intenta leer?». «Interrumpir diálogos es bueno, pero no te emociones».

 

Los siguientes diez minutos después de leer los comentarios están llenos de sentimientos los cuales no son nuevos para mí. Me pregunto si en realidad soy bueno en esto. No, soy el peor escritor sobre la faz de la Tierra. Peor que Snoopy. No tengo el intelecto suficiente para escribir una novela sofisticada, como Hemingway o Fitzgerald. ¡No tengo talento! ¡No hay esperanza! Mejor me dedico a hacer algo más, algo más sencillo, algo que pueda hacer bien y por lo cual gane dinero suficiente para vivir. Como vender tacos en la esquina, o tal vez lanzar fuego por la boca en un crucero.

 

Entonces entra a escena una segunda mezcla de sentimientos. Tal vez es orgullo, honor, o lo que sea. Pero miro ese papel y pienso que no me voy a dejar derrotar. Vuelvo a leer esos comentarios, y muy detenidamente. Algo una nota o dos en un pedazo de papel. Muevo el mouse de la computadora, abro ese documento, y escribo debajo del título: «Primera Revisión».